Un escritor muy aficionado a hablar de política me comentaba hace un tiempo que le sorprendía el éxito de Cayo Lara al frente de Izquierda Unida. Ese aire de obrerote, de sindicalista clásico y esa rusticidad orgullosamente proletaria —argumentaba— no representan al votante medio de IU, que se compone de cuadros medios urbanos y funcionarios de escala salarial media (profes de instituto, médicos de atención primaria, etc. Todo muy medio, incluida la estatura). Gaspar Llamazares era un referente mucho más ajustado a la realidad sociológica del electorado. Y yo le daba la razón, pero añadiendo que precisamente por eso, Cayo Lara era un dirigente mucho más lógico que Llamazares. Porque no nos identificamos con quienes se nos parecen, sino con quienes creemos que se nos parecen. Por eso, aunque el comunismo en España siempre ha sido urbano e intelectual, ha encumbrado a líderes que encarnaban la imagen de pueblo. Incluso de un pueblo arcaico y preindustrial.

Ni la Pasionaria ni Enrique Líster ni, por supuesto, otras figuras guerracivilistas como el Campesino, representaban al simpatizante comunista medio, que era más culto, más urbano e incluso más joven que ellos. Los comunistas eran más parecidos a Rafael Alberti, Pablo Neruda y César Vallejo, pero con quien se identificaban era con los poemas de Alberti, de Neruda y de Vallejo. Y la Pasionaria era mucho más poema que poeta.

Santiago Carrillo, el intrigante profesional, el Bismarck del comunismo español, siempre atento a pronunciar la palabra adecuada en el momento adecuado y amigo de resolver los asuntos en privado y con un puro en vez de confiar en el poder de una arenga mitinera, sólo podía funcionar en tiempos de lucha clandestina, cuando se necesitan agentes dobles y espías en las embajadas para sobrevivir. Pero, en una democracia representativa, donde la imagen pública es tan decisiva como el arte para maniobrar entre despachos, un cínico bregado no podía mantenerse al frente de una organización eminentemente idealista.

Quizá haya sido Julio Anguita el dirigente que mejor ha representado, en cuerpo y actitud, al electorado —ya poscomunista— de IU. Un profesor con aires profesorales, con camisa y barba, de convicciones firmes y habla tranquila. No puede ser casualidad que el mando de una figura así haya coincidido con el período en el que el poscomunismo y toda la new left ibérica vieron cómo se perdía la posibilidad de crear un gran partido que pudiera ser decisivo en el juego parlamentario.

Cuando los iconos son una muestra demográfica de la masa que los sigue, pierden la capacidad de representar y los movimientos se convierten fácilmente en sectas para iniciados. Para que un movimiento social pueda aglutinarse en torno a un referente, ese referente ha de ser distinto de las masas que lo siguen. Ni Jesús ni Evita eran como los judíos y los argentinos de su época, pero representaban lo que buena parte de los judíos y los argentinos de su época querían ser.

Cayo Lara es capaz de aglutinar a unos grupos tan disgregados, entre otras muchas cosas, gracias a su imagen, que remite a los días de gloria, al pueblo en armas. En su cara y en su forma de hablar evoca el romanticismo popular con el que realmente se identifican los profes de literatura que aún se emocionan cuando enseñan en su clase un poema de García Lorca.

Tampoco Mariano Rajoy ni casi ningún dirigente del PP representan el tipo humano de su elector y simpatizante medio, pero simbolizan lo que ese electorado quiere ser o quiere conservar: el orden, la seriedad, la autoridad. Los buenos criados no se identifican con otros criados, sino con sus señores. Asimismo, los profes de lite del insti no se identifican con los profes de lite del insti de al lado, sino con el Che Guevara.

(Espacio para las críticas: simplista, demagogo, reductor al absurdo, bla, bla, bla. Guárdenlas para los comentarios.)

Este mecanismo explica el éxito de muchas otras cosas de la industria cultural. Un ejemplo claro y que terminará de ofender a los militantes de IU que hasta este párrafo sólo estaban ofuscados: Jennifer Aniston y Friends.

Un simple concluirá que el éxito de esta telecomedia y el encumbramiento de una de sus protas a la categoría de novia de América se debieron a que supieron retratar muy bien a una generación de veinteañeros-treintañeros. ¡Quiá!, que diría la Fortunata de Galdós. Ni por asomo. Si así fuera, Friends habría sido un fenómeno casi de culto, restringido a esas capas de población, casi un Off Broadway. Sólo una parte ínfima de la audiencia de Friends podía sentir que sus vidas eran como las de esos chicos. El resto soñaba que sus vidas eran como las de esos chicos. Así se quería ver, respondía al estereotipo de su ideal de vida, pero no la representaba. Era su espejito de madrastra de Blancanieves.

Lo apuntaba muy bien Chuck Klosterman en su imprescindible, brutal y divertidísimo Fargo Rock City (del cual hablé aquí) cuando se preguntaba por qué razón unos paletos de Dakota del Norte, pajeros pringados y ruralísimos, se identificaban tan ferozmente con unos grupos de rock duro californiano cuyas vidas de sexo y drogadicción nada tenían que ver con las suyas de maíz y gorras de John Deere. Porque alimentaban la creencia de que se podía ser guay, de que había un modelo al que aspirar. No podían identificarse con su vecino de al lado ni con una banda de country que cantara cosas de su aldea. Por eso mismo, en España, un tipo de rock llamado rock urbano ha encontrado un éxito en el ámbito rural que sólo es paradójico en apariencia.  El juego de referencias siempre habla de ausencias y frustraciones. En el fondo, se trata de darle la razón a Carl Jung, que acertó mucho más que su colega Freud. La teoría de los arquetipos siempre funciona.

Y esto explica algo que apuntaba la lectora Ana en unos comentarios a mi anterior entrada. Se quejaba, con razón, de que las marchas mineras fueran recibidas por la izquierda con tanto alborozo mientras que nadie parecía lamentar los golpes a los funcionarios, que son más profundos y afectan a más gente. Ella misma se respondía en su acusación: los mineros son los Jennifer Aniston de la izquierda. Ellos catalizan un imaginario y remueven emociones telúricas. Evocan luchas heroicas a una masa social que creció escuchando que el abuelo fue picador. No importan su fuerza numérica ni sus razones: importa que ellos saben representar mejor el arquetipo correcto, la imagen que una parte de la izquierda todavía tiene de sí misma, a pesar de que hace mucho que dejó de parecerse a su reflejo. Una vez más, no queremos vernos tales cuales somos, sino como nos dijeron una vez que fuimos.

Y contra los arquetipos es muy difícil luchar. Quien se enfrenta a ellos corre el riesgo de quedarse hablando solo en un blog cualquiera.

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