El periodista y crítico Ricard Ruiz-Garzón ha recomendado hoy, en su columna de El Periódico de Catalunya, mi novela No habrá más enemigo a la diputada e hijísima Andrea Fabra (pincha aquí para leer el artículo), para que se la lleve de vacaciones junto a otros cuatro títulos de autores jóvenes que, en nuestra condición de tales, podemos sentirnos aludidos por su sonoro “que se jodan”. Autores que hemos surgido en medio de la crisis que tanto nos jode a unos y tan bien parece sentar a otras. Según Ricard, estos cinco libros pueden ayudar a Fabra a entender un poco mejor el mundo en el que vive. Qué va. Andrea Fabra entiende perfectamente su mundo, maneja todas sus claves, por eso es la que grita “que se jodan”. Somos nosotros, los jodidos, los que andamos perdidos y necesitados de comprensión. Pero eso ya lo sabe de sobra Ricard, por eso su recomendación va para sus jodidos lectores y la apelación a la jodedora Fabra es pura retórica.

Además de la mía, Ruiz-Garzón recomienda Lobisón, de Ginés Sánchez; Diástole, de Emilio Bueso; Assur, de Francisco Narla, y la novela gráfica Miguel. 15 años en la calle, de Miguel Fuster. Sólo conozco Diástole, y es una excelente novela.

De la mía, dice:

Añado, desde otro miedo más íntimo, el extraordinario thriller de Sergio del Molino No habrá más enemigo, en Tropo Editores; sus triángulos, sus relaciones padres-hijos y, sobre todo, su implacable mirada al mal interior me llevan a recomendártela, a ti y a los que se empeñan en culpas ajenas.

Mi «implacable mirada al mal interior», que tanto han glosado algunos críticos en sus comentarios a la obra, es una mirada muy intelectualizada, como bien saben los que me conocen y los que me tienen calado. En ella revolotea el concepto de la banalidad del mal y está aliñada con unas gotitas de Nietzsche, pero también hay mucha experiencia personal, de contacto y roce con ese mal interior, tanto en mí como en otros. Y algunas de esas experiencias, sobre las que alguna vez escribiré, se fraguaron en el feudo del padre de Andrea Fabra: Castellón. Por tanto, esta recomendación de Ricard Ruiz-Garzón cierra una especie de círculo amorfo. Por eso me ha hecho tanta ilusión (al margen de que siempre es un honor ser citado por ciertos popes del mundillo literario).

Yo conocí al padre de Andrea Fabra. Muy de refilón, apenas atisbado, pero le traté cuando trabajé en Castellón, en un periódico muy loco que tenía su redacción en el enorme local de una antigua tienda de muebles. Es cierto que intimidaba menos en persona que en las fotos. Daba mucho más miedo su séquito, siempre dispuesto a reír su chiste a carcajadas y siempre solícito al menor capricho de su amo. Lo que sí que pude conocer más o menos a fondo, y con pasmo, es su larguísima y tupida sombra. Nada se movía y nada se decidía sin su conocimiento. Castellón era una cadena de favores llena de mandaos. No era tanto lo ilegal como lo amoral: nadie respondía de sus actos, se encogían de hombros y señalaban a la autoridad superior o al señor que les había dado el puesto o que les había hecho el favor que tenían que pagar. Un sistema simple pero eficaz que borraba el libre albedrío: cuando todo el mundo es corrupto, nadie lo es.

Si la hijísima Andrea Fabra hace caso a Ricard Ruiz-Garzón y se lee mi novela, con mucho gusto se la firmaré. A ella y a su padre, que tantos buenos ratos (con risas a su costa) nos hizo pasar en los excelentes bares nocturnos de Castellón.

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