El gilipollas cursi en el que me he convertido se emociona con irritante facilidad. No lo puedo evitar. Cuando Bruce Springsteen tocó en junio en Madrid y me enteré de la campaña tuitera para conseguir que le dedicara una canción a Nacho, un chaval de veinte años con un tumor cerebral muy fan del Boss que iba a ir al concierto (sus padres le habían regalado tres entradas, para que fuera con su novia y un amigo), pero que falleció pocos días antes, me entró una congoja muy molesta. Y cuando se celebró el concierto —al que mi inminente paternidad me inhibió de ir, aunque estuve a punto de comprar una entrada más de una vez— y supe que Bruce no sólo había accedido a dedicarle un tema a Nacho y a sus amigos, sino que ese tema era The River, lloré como el pelele insomne que soy.

No pudo haber escogido mejor pieza de su cancionero. The River habla de un joven al que le robaron la juventud, que quiso salir del valle donde nació, pero se tuvo que enfrentar a una madurez impuesta y prematura porque dejó embarazada a su novia del insti. En la última estrofa habla de los recuerdos de su juventud frustrada que le llevan al río, aunque sabe que ese río está seco. Poco antes, dice algo sencillo y devastador:

Now all them things that seemed so important,
Well, mister, they vanished right into the air.
Now I just act like I don’t remember,
Mary acts like she don’t care.

Es decir, poco más o menos:

Ahora, todas esas cosas que parecían tan importantes
se han desvanecido en el aire.
Ahora hago como si no las recordara,
Mary finge que no le importa.

Pero los recuerdos le persiguen (le dan caza, en una traducción más literal y más bonita) y le lanzan a ese río que una vez fue promesa de fuga y de vida y que se ha convertido en el sitio donde se ahogan.

No se me ocurre un epitafio musical más hermoso para un joven a quien la muerte le ha negado la juventud. Es una forma delicadísima y tierna de rendir un homenaje sin caer en la sensiblería barata y gazmoña. La dignidad de Springsteen, su apostura escénica —esa manera tan suya de llenar el escenario, de saturar con su humanidad cada hueco— y su forma de atacar ese tema, como si realmente fuera una plegaria, tiene algo místico, la sencillez de un ritual primitivo, una de esas catarsis que sólo se pueden alcanzar entre hermanos o entre amigos.

Quizá no habría llorado tanto si el Boss hubiera escogido otra canción. Yo vivo en ella desde hace un año. Me ha acompañado y me acompaña en mi duelo como a un creyente le acompañaría una oración. La escucho a diario desde hace un año. En los días más negros, en bucle, varias veces, hasta que me da vergüenza. Tengo muchas versiones suyas en directo, pero la que más me gusta es la original del disco de 1980.

Sé que mi sensibilidad está notablemente enferma y que no se pueden comparar mis reacciones con las de una persona cuerda, pero creo que lo que transmite The River va más allá de los motivos personales que cada uno pueda esconder o sufrir. La emoción que ha conseguido condensar Springsteen en sus estrofas es universal. Sólo un hijoputa sociópata puede quedarse indiferente ante las fuerzas primigenias que remueve esta canción, que apunta directamente al núcleo de reptil de nuestro cerebro, a la parte más irracional.

The River habla de mi hijo, de todos los hijos que no pudieron salir nunca del valle, que sólo atisbaron lo que había más allá de las montañas, ese catálogo de promesas que no pudieron ver cumplidas. Pero también habla de mí, de esos recuerdos que me dan caza y que me arrojan al lecho de un río seco.

Sigo escuchando The River. Hoy, un año después de que mi hijo se esfumara como las cosas importantes de la canción. Y me sigue doliendo exactamente igual que ese día. Hoy, sin embargo, la escucho con mi hijo Daniel en brazos, y aunque su presencia dulce y recatada no elimina el dolor, sí que reduce este día a algo simplemente muy doloroso. Sin él, sería un día insoportable al que me costaría mucho sobrevivir.

En estas semanas he descubierto que The River es una especie de nana para Daniel. He probado con otras canciones, de Bruce y de otra gente, buscando armonías suaves y ritmos pausados entre voces melodiosas, pero ninguna canción funciona tan bien como The River. A la segunda estrofa, Daniel entra en un sueño muy plácido, mucho más plácido que con cualquier otro recurso narcótico de los que usamos los padres con los bebés. Incluso cuando está muy despierto y excitado y parece que nada le va a calmar, la voz y la armónica de Bruce Springsteen le sumen inmediatamente en un sueño que da mucha envidia, de completo y absoluto relax.

Me desasosiega que mi canción de duelo por su hermano se convierta en su primera nana, y a la vez me seduce y me halaga esa extraña conexión musical que ya se ha establecido entre el recuerdo de uno y la corta vida del otro.

Compartir este texto aquí es mi forma de daros las gracias a vosotros, lectores y amigos de este blog, por haberme acompañado también durante este año y por haber saludado la llegada de Daniel. Espero que ninguno de vosotros sea perseguido por recuerdos que le arrojen a ningún río seco.

El momento de la dedicatoria de Springsteen a Nacho:

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