El único sitio donde el psicoanálisis sigue teniendo sentido es en el examen de los relatos de ficción. Especialmente, de los relatos más zafios y obvios. Como Torchwood, la serie de la BBC que ameniza mis siestas.

Déjenme ponerles en antecedentes. Torchwood es un spin off de Doctor Who, una serie que el año que viene cumplirá cincuenta en antena. Y si los ha cumplido es porque su planteamiento es más simple que la sintaxis de Cristóbal Montoro. Como muchos políticos, debe su éxito y perseverancia a una profunda idiotez estructural. Doctor Who (el Doctor a secas, en la serie) es un viajero en el tiempo y en el espacio inmortal o muy longevo. Su vehículo es una cabina de teléfonos policial antigua —por lo visto, antes había en Inglaterra unos teléfonos públicos que sólo servían para avisar a la poli, y eran como las cabinas rojas clásicas, pero azules—. El Doctor se mete en su cabina, aprieta unos botones y aparece en cualquier sitio del tiempo o del espacio. Así, cada episodio es una historieta de ciencia-ficción ambientada en una época o planeta distinto. El Doctor llega, resuelve el problema que hay en marcha, salva a todo el mundo —¡mi héroe!— y hasta la próxima semana. Este mecanismo permite la producción industrial ad nauseam. No hay trama supracapitular y el hilo que une la serie es tan tenue y ridículo que ésta no se agota nunca. No puede entrar en un callejón sin salida, no hay que prolongar artificialmente ninguna trama. La serie nace y muere en cada capítulo, y amanece igual de fresca que la primera vez.

Torchwood surgió de la insatisfacción humana, que todo lo jode. En vez de conformarse con esa máquina de hacer churros televisiva que era Doctor Who, sus creadores —esa gentuza pretenciosa de la BBC— quisieron hacer una serie compleja, con planteamientos, nudos y desenlaces, con tramas que se abren y se cierran, con personajes que evolucionan, con giros inesperados del destino y todas esas mierdas que tanto gustan a los escritores para probarse a sí mismos.

El hilo del que nace Torchwood es un personaje de Doctor Who llamado Capitán Jack Harkness, un tipo inmortal que también puede dar saltos en el tiempo (involuntarios, como si fueran eructos espacio-temporales). En rigor, el Capitán es un punto fijo en el espacio-tiempo (sic). Es decir: no es que sea inmortal, sino que no puede morir, que es distinto. Además, Jack Harkness es homosexual y muy ligón y tiene cara de superhéroe antiguo de cómics DC.

El caso es que Jack Harkness dirige Torchwood, una organización secreta que controla a los extraterrestres para aprender de su tecnología. Pero no es esa la parte de ciencia-ficción de Torchwood. Lo verdaderamente inverosímil, lo que atenta contra la buena lógica y la razón es que Torchwood tiene su sede en un subterráneo de una plaza de Cardiff. Sí, de Cardiff, capital de Gales.

Tócate las gónadas siderales: resulta que el lugar más poderoso y misterioso del mundo está en la puta ciudad de Cardiff, capital del puto país de Gales, famoso por sus cosas gaélicas y por su alta tasa de alcohol en sangre.

¿Alguien puede creerse que en Cardiff hay algo más que comida de mierda y ganas de suicidarse? A eso me refiero con que el psicoanálisis es perfecto para comprender estas series, porque Torchwood es como un lapsus linguae británico. Nos dice lo que los habitantes de aquellas islas piensan realmente de sí mismos: que no han asumido lo que son y que añoran lo que fueron.

La fantasía de Torchwood tiene que ver con el sueño imperial británico, con el recuerdo permanente de una grandeza perdida. Es un sueño sublimado. Cuando los británicos miran a su alrededor, ven un montón de obesos, ofertas de vuelos baratos a Lloret de Mar, miembros de la familia real en pelotas, fish and chips, wok and noodles, adolescentes orinando en público, happy hour, el retorno de las Spice Girls y una señora anciana con papada que se parece mucho a Paul McCartney. En una palabra: decadencia. Es el colapso de una civilización. Sin embargo, Torchwood les dice: no preocuparsen, amigos, que en algún lugar de la puta Cardiff hay algo muy importante y supersecreto. Torchwood explota el sueño de Cenicienta o de la niña gorda que cree que un día despertará pesando cuarenta kilos y sin granos.

No me digan que no es fantástico.

España debe de tener muy superada su decadencia, porque todas sus ficciones sitúan el centro del mundo en Nueva York. A nadie se le ocurriría inventarse una superorganización secreta supermegaultrapoderosa que tuviera su sede en los bajos de una charcutería de Ciudad Real. Pero es que los españoles nos sabemos tan sin remedio que, narrativamente, sólo pensamos en emigrar.

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