Al igual que hay bocas de incendio en todos los portales y un teléfono de emergencias cada tantos metros en todas las autopistas, la ciudad de Zaragoza tiene repartidos unos cuantos locales, estratégicamente situados, que salvan de la muerte por resaca a todos los que arrastran los pies por las calles en la madrugada, después de que los bares echen el cierre. Son unos locales llamados El Timple, en los que, por un más que módico precio, puedes pringarte las manos, la barba y las arterias con la grasa rezumante de sus populares hamburguesas.

Yo sólo recurro al Timple como medida de emergencia, para que una resaca insoportable sea sólo una resaca horrible. Empapar lo bebido, que dicen los viejos alcohólicos. La última parada antes de llegar a casa, un salvavidas hecho de colesterol.

No sé si alguien sabe por qué tienen nombre de instrumento folk canario, pero es probable que su historia sea más antigua que la de la bimilenaria ciudad. Nadie recuerda una Zaragoza sin Timples, por lo que seguramente ya existían en tiempos iberos. No hay que dejarse engañar por su aire americano, a medio camino entre una cantina de carretera mexicana y un Burger King —si Burger King escribiera sus menús en cartulinas de colores pegadas con chinchetas all over the place— ni por las hamburguesas y perros calientes (sic, en El Timple no caben los diminutivos, no hay lugar para perritos): lo que se sirve en esos locales es puritita gastronomía zaragozana. La especialidad de la casa es inequívocamente autóctona: el campero.

Al igual que la del Timple, la de campero es otra denominación inexplicable que no guarda relación ninguna con su objeto. Diríase que algo campero es una forma vulgar de referirse a algo campestre y, por tanto, que evoca cosas de la huerta o tiene sabores que remiten a la tierra, a algo atávico y muy rural. Sin embargo, el campero es un bocadillo hecho con pan de hamburguesa (o parecido, no es exactamente ese pan) que lleva jamón de york, tomate, lechuga (iceberg) y mayonesa. Todo ello, espachurrado en una plancha de hacer gofres. El resultado es algo imposible de manipular —se sirve a una temperatura de 640 grados centígrados— y cuyos ingredientes son inapreciables, pues se han fundido en un amasijo molecular dentro de la masa de pan. Los del CERN podrían haberse ahorrado su colisionador de hadrones si conociesen el proceso de elaboración de un campero y cómo se transforma la materia, de qué manera se funden los átomos en él.

Rarezas físico-químicas al margen, la consistencia del campero es lo bastante pringosa; sus calorías, lo bastante elevadas, y su valor nutritivo, lo bastante escaso como para satisfacer al nada exigente público de las cuatro y media de la madrugada.

El Timple es, simplemente, perfecto.

El campero es un clásico de las recenas o los predesayunos de la juventud zaragozana antes de meterse en la cama. Tras una noche de decepciones, a mí me encanta terminar en la cola del Timple, sabiendo que nada allí puede decepcionarme, que estoy en el nivel cero de la decepción. Un campero o un campero con hamburguesa y un montón de servilletas de papel que no evitarán que me manche a conciencia son mi forma de poner punto y seguido a mi vida, de decirme a mí mismo que nunca más, que por dios tengo un hijo y puede que una edad —el doble de años de muchos de los clientes del Timple—, y que me como esto y ya vuelvo a lo de siempre, sobrio y con una dieta equilibrada.

Pero, antes de eso, déjenme pringarme los dedos. Déjenme recordar a qué sabía la noche, cómo eran aquellos tiempos en que mi preocupación y mi futuro no alcanzaban más allá de ese paseo a casa con el campero rezumando mayonesa por las mangas de mi camisa.

El sábado, a las cuatro de la mañana, iba yo comiéndome mi último campero con hamburguesa después de mucho tiempo desde el anterior y sabiendo que pasará mucho más tiempo hasta que me coma el siguiente. No sentía nostalgia por la noche que se me fue, sólo felicidad y una leve abrasión en la lengua.

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PD.- A mis habituales colaboraciones en Heraldo de Aragón y los canales autonómicos Aragón Televisión y Aragón Radio, se suma a partir de hoy, a las 12.50, una breve columna dialogada en ABC Punto Radio Aragón, en la que hablaré de cosas que pasan en la ciudad de Zaragoza. O de cosas que no pasan. O de cosas que pasaron, pasarán o pudieron pasar.

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