Lo gritaba el sudoroso James Brown: este es un mundo de hombres. Y quizá fuera cierto en 1966, cuando It’s a Man’s World sonó en la radio por primera vez, pero ya no lo es en 2012. Al menos, no aquí, no en esta parte del mundo que habitamos y cuya cultura compartimos con un montón de gente que habla inglés. Y de eso va Breaking Bad, de un mundo que fue de hombres, pero hace tiempo que no lo es. Un mundo donde la masculinidad sólo puede expresarse como parodia o al margen de la ley y de las convenciones sociales. No estoy diciendo que vivamos en un mundo igualitario ni que el discurso feminista no tenga vigencia. No niego lo obvio: que el mundo sigue siendo machista. La paradoja es que, siendo eso cierto, este mundo ya no es masculino. La hombría está socialmente desahuciada y se vincula, en el mejor de los casos, a la grosería y la falta de higiene (en el peor, a la delincuencia y a la violencia contra la mujer). Aunque se lleven las barbas indies y las camisas de leñador de H&M: es una masculinidad paródica.

Lo diré de una vez: Breaking Bad es una obra maestra. Algo genial que nadie que quiera saber algo de la cultura de su tiempo debería perderse. Y, como tal obra maestra, sus temas son inagotables. Por enumerar algunos: la ambición al más clásico estilo shakespeariano, el bien y el mal, la paternidad, la amistad y la muerte. Todos esos asuntos se explotan y se abordan con una intensidad y una hondura difíciles de encontrar hoy en día en el cine o en la literatura. Se podría escribir una tesis de mil páginas y no agotaríamos las posibilidades de análisis de la serie desde cada uno de sus temas y enfoques. Pero yo sólo voy a escoger uno, que creo que atraviesa y contiene a todos los demás. Desde un punto de vista que muy pedantemente voy a llamar crítica antropológica, diré que no se han enterado de una mierda quienes piensen que Breaking Bad trata sobre el cáncer, la droga o el crimen. Tampoco, como algunos han aventurado, va sobre el sistema sanitario de Estados Unidos (acabáramos: reducir esta genialidad a un eructo panfletero). Breaking Bad habla, fundamentalmente, de la masculinidad.

De hecho, una crítica feminista puede encontrar sobrados indicios para acusar de machistas a sus creadores. Un vistazo al dramatis personae es suficiente para ello. Los personajes masculinos se equivocan, pierden los papeles, son inestables y descontrolan el rumbo de sus vidas, pero, al final, se mantienen firmes. Equivocados o no, no se ahogan, siempre encuentran una salida digna. Matan y mueren con aplomo. Los personajes femeninos, en cambio, son verdaderas desperate housewives, neuróticas desbordadas por la menor contrariedad, cobardes, inmaduras emocionales, histéricas a las que dan ganas de calmar con dos bofetadas, como haría un Humphrey Bogart en sus buenos años. Su hipocresía, además, es más taimada que la de los hombres. Más miserable, si se quiere, puesto que los hombres, al menos, se manchan las manos de sangre mientras ellas sólo recogen los beneficios limpiamente. Los dilemas morales de las mujeres de Breaking Bad son teóricos, mientras que los de los hombres son prácticos, por lo que, éticamente, son más difíciles de juzgar.

Podemos despachar este rasgo de la serie como una muestra de machismo atávico y quedarnos tan anchos. Y probablemente acertaríamos, pero tampoco estaríamos diciendo nada sustancial. Porque esta caracterización de los personajes responde al punto de vista del narrador, que es el protagonista, Walter White (vemos la serie a través de sus ojos, el narrador no es omnisciente; o, al menos, no lo es del todo). Y Walter White es un castrado, un resentido, un macho encerrado en un cuerpo de bailarina. Una persona que se creía destinada a ganar el campeonato de los pesos pesados y se ha tenido que conformar con ser un figurante en un ballet. El punto de vista de la serie es el suyo, y el machismo de Breaking Bad —de haberlo— es su machismo, no necesariamente el de sus autores. Si lo interpretamos así, la cosa se pone mucho más interesante y más rica en significados.

Tranquilos: no desvelo nada que no salga en el primer capítulo.

Walter White es un químico fracasado de Albuquerque, Nuevo México, que da clases en un instituto por las mañanas y es cajero de un lavacoches por las tardes —sospechamos que su prometedor futuro se agostó en algún sitio del camino, luego nos explican exactamente dónde—. Su mujer está tardanamente embarazada (un desliz de senectud, un hijo indeseado) y tiene un chaval discapacitado psíquico de diecisiete años. La imagen del fracaso. Walter White está a un paso de ser White Trash, y detesta su vida de mierda en la que se ve obligado a agachar la cabeza y acatar órdenes de tipejos a los que considera inferiores. Para colmo, su vida social se reduce única y exclusivamente a las cenas familiares con sus cuñados (la hermana de su mujer y su marido), una pareja de horteras de bolera sin hijos, más simples que un repollo y con una conversación menos interesante que una acelga.

El cuñado, Hank, es un agente de la DEA, la agencia federal antidroga, y ejerce de típico cuñado: estentóreo, palmoteaespaldas, sentencioso, metepatas y tan buena persona como socialmente inepto. Walter se siente intimidado por él. Hank es un poli duro, un madero corpulento de risotada intempestiva. Trata a Walt con condescendencia, y a Walt le revienta porque —el lenguaje no verbal lo subraya todo el rato— desprecia a su cuñado, lo considera un ser poco evolucionado, un saco de testosterona muy corto de luces.

La serie empieza con el cumpleaños de Walt. Cincuenta años. El declive de su vida, la previsible crisis. En su caso, viene acompañada por un diagnóstico: cáncer de pulmón. Se muere. Cuestión de meses. Y su familia no tiene un duro, les va a dejar en la ruina. Una tarde, su cuñado le pide que le acompañe a una redada. En plan fanfarrón, para exhibirse como el gorila de lomo plateado que cree ser, y en el asalto a un piso donde se fabricaba metanfetamina, un chaval escapa por la ventana. Walt lo reconoce: es Jesse Pinkman, un antiguo alumno suyo, un yonki pringao. Por la noche, va a buscarle y le propone algo que se le ha ocurrido durante la redada: yo (Walt) fabrico meta y tú la vendes.

Así comienza la carrera criminal de Walter White, y su metamorfosis. Porque las referencias a Kafka son constantes. Lo que le pasa a White-Samsa es que descubre su verdadera naturaleza, que rompe su crisálida capítulo a capítulo y va acomodándose en lo que siempre quiso ser y la vida le negó: un tío poderoso, alguien valiente, fuerte. Un depredador.

Las dudas morales que le asaltan conforme su viaje por el hampa se complica y se empiezan a acumular los cadáveres en los bidones de plástico no son más que pegotes de la crisálida que todavía no se han desprendido de sus alas. Conforme los va abandonando, olvida también el propósito inicial de conseguir algo de dinero para no dejar a su mujer y a sus hijos en bragas y pagar al mismo tiempo la quimioterapia. El dinero ya no importa. Importa el poder, el sabor de la sangrecilla, el placer de saberse temido y respetado, de ser el namber uan, que dirían los del cártel. Walter White, el mierdecilla seca incapaz de enseñar la tabla periódica a sus alumnos, el tipo que apenas puede follarse a su mujer ni hacer reír a su hijo ni conseguir que su cuñado le deje de mirar con lástima, se convierte en Heisenberg, el rey de la metanfetamina, enemigo público número uno de la DEA, temido a ambos lados de la frontera, una puta leyenda. Doctor Jeckyll y Mister Hyde.

Hay muchas cosas que explican la transformación de White y su paso al lado oscuro de la fuerza, pero la principal es que se siente muy macho, y en su vida legal es un castrado. Y para entenderlo bien a fondo, hay que estudiar a su némesis (no exactamente su antagonista): Hank.

Porque resulta que Hank es un macho de cartón-piedra. Su trabajo le impele a interpretar un papel que no siente como suyo. En realidad, él no es un tipo valiente. Cuando le ascienden y le mandan a la oficina de El Paso, en primera línea contra la violencia del cártel, en Ciudad Juárez, donde los jefes de la droga coleccionan cabezas de agentes de la DEA, acepta y presume de ascenso, pero la sola idea le da vértigo. Se caga en los pantalones, sufre ataques de ansiedad. Es un fanfarrón porque su rollo es ser un fanfarrón, pero no quiere estar cerca de una balacera, y hace todo lo posible por escaquearse.

Aquí, Breaking Bad coge un tópico clásico (y muy del barroco español, que para eso la serie transcurre en el antiguo Virreinato de Nueva España, tierra barroca donde las haya), el mundo como función teatral, como representación (Schopenhauer, ya casi no nos acordábamos del cabrón de Schopenhauer). Hank se ve forzado a aparentar una masculinidad con la que no se siente a gusto. O sólo la tolera cuando no acarrea consecuencias serias. Le gusta jugar a ser muy macho, pero no serlo de verdad. Sin embargo, Walt quiere ser un depredador, quiere sacar toda esa testosterona que lleva reprimiendo tantísimos años. Y puede hacerlo porque ha superado lo que Hank nunca superará: el miedo a la muerte. Ninguno de los dos está en su sitio. En realidad, ninguno de nosotros lo estamos.

Breaking Bad no inventa nada nuevo. No dice nada que no se haya dicho ya en la literatura, nada que no esté ya escrito en los libros de Homero, de Shakespeare o incluso de Cervantes. De hecho, la evolución de Walter White encaja perfectamente en el ciclo del héroe que describió Joseph Campbell (El héroe de las mil caras). Su virtud es aparentar que esas cosas se dicen por primera vez. O mejor: su virtud es apelar directamente a sus contemporáneos. A nosotros. Acierta al identificar a un montón de hombres que se sienten castrados en una sociedad que les achica y les encoge.

Sólo hay una cosa que hace perder los nervios a Walter White: que su mujer, que su hijo o que cualquiera le compadezcan. Que piensen que es vulnerable, que pueden entrar en casa unos matones de un narco rival y cargárselo. No soporta esas insinuaciones. «¡Yo no estoy en peligro, yo soy el peligro! Cuando alguien llama a una puerta, yo no estoy dentro, yo soy el que llama», le grita a su mujer en uno de los momentos cumbre.

Hay una secuencia clímax muy importante para entender la pulsión masculina. En un momento en el que White tiene dudas, un malo malote le explica —para convencerle de que siga en el negocio— que nada de lo que ha hecho es censurable, porque lo ha hecho por su familia. «A man provides», le dice. Un hombre tiene que abastecer a su familia. Incluso, dice el malote, aunque no lo respeten, aunque no lo aguanten o no lo quieran. Un hombre —insiste— se traga todo eso y se preocupa de que su familia esté segura y alimentada. Porque eso es lo que hace un hombre, termina.

A man provides. Una apelación al paleolítico, a la noche de la especie. Un hombre sale a cazar, protege a su familia, usa su fuerza para alejar a las bestias y llevar carne fresca a las crías. A man provides. Pero, ¿qué pasa cuando la sociedad convierte en inútiles las virtudes del hombre? Una sociedad donde no hace falta cazar ni pelearse con la tribu vecina, donde ni tan siquiera se puede uno ganar el pan con el sudor de su frente, porque las oficinas tienen aire acondicionado y ya nadie suda por trabajar, es una sociedad donde los hombres no sirven para nada. Ser hombre es un atavismo, una brutalidad de otros tiempos. Narcotizados y sin colmillos, los hombres languidecen en sus sofás, donde ya ni siquiera pueden eructar o emborracharse con los amigotes o reírse a carcajadas.

De eso va Breaking Bad, del gustazo que le causa a un hombre ejercer de tal, del depredador que llevamos en nuestros genes y nunca sacamos a pasear. Un último rasgo definitorio (los detalles, fíjense en los detalles de la serie, que lo son todo): cuando Walter White bebe una copa con su cuñado, en un contexto familiar, la toma con hielo. Cuando bebe solo, se la sirve sin hielo.

La familia, esa castradora.

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