Querido agente antidisturbios de la Policía Nacional:

Cuantos más años cumplo, más ingenuo soy. Cuando era más joven, entendía mejor los mecanismos del poder e interpretaba correctamente tu figura: un instrumento de la violencia estatal, un brazo ejecutor, un perro a veces guardián y a veces de presa. Cuando era más joven leía a Marx y estaba convencido de que la superestructura emanaba de la estructura y de que tu condición desclasada te dejaba completamente a merced de tus jefes. En el fondo, pensaba que eras digno de lástima, un lumpenproletario obligado por la más animal de las necesidades a vender su única fuerza de trabajo (su único talento): dar hostias como panes.

En términos marxistas e incluso en términos sociológicos clásicos, siguiendo un determinismo inmutable, no se te puede culpar de nada. Eres un resorte de un mecanismo que no controlas. Un mandao, un explotado y alienado currito más. Los mandobles que atizabas —pensaba entonces— no los arreabas exactamente tú, sino el Estado. O, mejor aún, la burguesía. Tú no eras más que una metáfora de carne, porras y pelotas de goma, la encarnación accidental de un poder. El atizador real estaba en un despacho. El enemigo no eras tú, sino quienes te sacaban a la calle.

Supongo que esta explicación te sonará bastante convincente. Tú solo cumples órdenes. Las reclamaciones, al maestro armero. Es un trabajo y, qué cojones, lo haces bien, eres profesional, tus compañeros te quieren, tus jefes te valoran y te alcanza para la hipoteca y quince días al año en Salou. Bastante te costó sacarte las oposiciones, te has ganado ese sitio. A veces, el trabajo es desagradable, pero, ¿quién no hace cosas desagradables en sus trabajos? El determinismo marxista funciona en ambos sentidos: ser un instrumento es gratificante, le quita a uno mucha presión de encima.

Pero yo hace tiempo que no leo a Marx y cada vez comprendo menos y peor el mundo en el que vivo y, como ya te he dicho al comienzo de esta carta, cada vez soy más ingenuo y simple. Lejos de sofisticarme, los años me van quitando capas y soy incapaz de pensar en términos de estructuras y superestructuras. Ahora, por ejemplo, sólo puedo pensar en mis manos, las mismas con las que te escribo esta carta. Las mismas con las que trabajo. Porque yo soy un trabajador manual, como casi todos los trabajadores. Me dedico a escribir, y escribo con mis manos. Aunque mi trabajo se considere intelectual, mis técnicas telequinéticas aún no son lo bastante fiables como para mover las teclas del ordenador con la mente, así que me considero un trabajador manual, casi físico. Mis manos sufren. Hay días que pasan muchas horas en el teclado o en el ratón del ordenador. A veces, la muñeca me duele de la postura forzada. Creerás que soy un exagerado, pero mis libros son unos productos tan manuales como los tomates que el agricultor recoge del huerto o las hostias que repartes en una carga. Concibo mis textos en la cabeza, pero los escribo con las manos.

Y luego, con estas mismas manos con las que trabajo y me gano la vida, hago otras cosas. Hoy, por ejemplo, como todos los días, he cocinado para mi familia. En realidad, para mi chica, porque a mi hijo aún le basta con el pecho de su madre. He picado verduras en la tabla, he sazonado y aliñado y majado ajo y perejil. Todo con mis manos en un gesto de amor, porque yo cocino por amor, pensando en el placer que mi comida va a provocar en quien la pruebe. Con mis manos trabajadoras también he acariciado a mi pareja y la he cogido de sus manos y otras muchas cosas que nadie sabe, aunque todos supongan.

Al final del día, con mis manos trabajadoras he desnudado a mi hijo de dos meses y medio, le he quitado el pañal y lo he bañado en el agua caliente que había preparado su madre. Mis manos han enjabonado el cuerpo frágil, agradecido, chapoteante y sonriente de mi hijo Daniel, y con mis manos lo he consolado cuando se ha puesto a llorar tras ponerle el pijama. Fíjate bien en lo que te digo, agente antidisturbios de la policía nacional: mis manos currantes, mis manos amenazadas de lesión metacarpiana, las que han escrito todos mis textos —tanto de los que me enorgullezco como de los que me avergüenzo—, han calmado el llanto de un bebé. Y con esas mismas manos, muy tranquilo, se lo he entregado a su madre para que le diera el pecho antes de acostarlo.

Me pregunto si tú tienes un hijo. Supongo que sí, que estás en edad de ser padre. Puede que incluso tengas uno de la edad del mío y que anoche, después de un día extenuante de trabajo, tu mujer te lo tendió para que lo acariciases, lo desnudases, le cambiases el pañal o lo bañases. Y con tus manos enjabonaste su cuerpo, y con tus manos lo calmaste cuando se puso a llorar. Tus manos. Esas mismas manos con las que trabajas, con las que te ganas el sustento. Esas manos que horas antes sujetaban una porra que descargabas sobre las costillas de un manifestante. ¿Eras tú el que golpeó a las señoras de cincuenta años? ¿O el que mandó a un chaval a la UCI?

Me gustaría que me contases tu secreto. ¿Cómo lo haces? ¿Cómo finges que las manos que acarician a tu hijo no son las mismas que rompen costillas en la calle? Yo no sé disociarme de esa manera, yo no distingo tanto el trabajo de la vida. Incluso en mis encargos más rutinarios, aburridos e impersonales, reconozco mis manos como mías, y sé que son las mismas que cogen a mi hijo. Y me gusta que así sea. Me siento orgulloso de mi trabajo y me encanta pensar que, si hay algo noble y bueno en él —que aún no lo sé, pero algo tendrá para que no me sienta avergonzado—, esa nobleza se quedará pegada en la punta de mis dedos, y parte de ella se desprendará sobre la piel de mi hijo. Me gusta que haya una conexión, me gusta saber que puedo enseñarle todo a mi hijo, que no le tengo que proteger de mi trabajo, porque eso sería tan monstruoso como protegerle de mí mismo. ¿Qué le cuentas o qué le contarás a tu hijo sobre tu trabajo? Cuando te saquen en el Telediario, ¿le señalarás orgulloso tu actuación? Mira, ese es papá, el que patea al perroflauta que sangra por la cabeza. Y el de al lado, el que atiza con la porra a ese señor con pintas de profesor jubilado y le acaba de romper las gafas es el tío Javi, el que te regaló las plastilinas por tu cumple. Qué orgulloso estará tu hijo. Será el más temido del patio del colegio, nadie le robará nunca el bocadillo, no sea que aparezca su padre con el escudo y el rifle de pelotas de goma.

Yo espero con ilusión el día en que mi hijo entienda en qué trabaja su padre y le enseñe a alguien un libro mío o un artículo y diga: esto lo ha escrito mi papá. Todos mis amigos trabajan en cosas de las que pueden sentirse más o menos orgullosos. En ningún caso avergonzados. Incluso los que trabajan en cosas que no les gustan. Pueden odiar su curro, pero no les da vergüenza ejercerlo. No conozco a nadie que se plantee ocultarle la realidad de su trabajo a sus hijos. Todos bañan y acarician a sus bebés con las mismas manos con las que se ganan el sueldo. ¿Y tú? ¿De verdad son tus mismas manos?

Sí, de acuerdo, vale, eres un mandao, la obediencia debida, alguien tiene que limpiar la basura de las calles y tal. Pero no creo que el trabajador que de verdad limpia la basura de las calles tenga nada de lo que avergonzarse. Porque gracias a él, la calle está limpia y las ratas no nos transmiten la rabia. Hace, de hecho, un trabajo muy importante y socialmente beneficioso. Pero el tuyo… Chico, de verdad, por más que lo pienso, no lo entiendo. Háblame de sociología y de determinismo económico, de estructuras y de superestructuras, de obediencia debida y de que un trabajo es un trabajo, pero eso me lo puedes contar a mí, que he leído a Marx y tengo el intelecto irremediablemente corrompido. ¿Crees que tu hijo lo entenderá igual?

Pues mucha suerte, y enhorabuena por ese trabajo tan bonito que tú —sí, tú, no la sociedad, no la estructura económica, no el Estado burgués, sino exclusivamente tú y tu libre voluntad— has escogido.

Atentamente,

Un candidato a que le rompas la cabeza en la próxima manifestación.

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