Partamos de la premisa de que el rock español no existe. Quizá exista un rock hecho en España que pueda alegar denominación de origen, pero no existe como movimiento estético acotable dentro del genérico internacional de rock. Lo mismo pasa con el cine español: no existe. Lo decía Fernando Fernan-Gómez en el docu de Luis Alegre y David Trueba La silla de Fernando (cito de memoria): «Llevamos muchos años empeñados en hacer cine en España y no se nos da nada bien. Ni siquiera hemos conseguido un estándar. No ya una mínima calidad o un buen nivel artístico, sino un simple estándar, un repertorio básico que marque las pautas generales. Llevamos demasiados años intentándolo y no hemos conseguido ni siquiera eso, así que tendríamos que empezar a pensar que a lo mejor no servimos para ello». Lo mismito puede decirse del rock español. ¿Dónde está el estándar?

Las que sí que se han dado en España son excepciones. Nosotros somos un país muy de excepciones. Así, en el rock, hay unos cuantos nombres que han dejado una obra situada dos pasos por delante de la brillantez y uno por detrás de la genialidad —con momentos de genialidad, incluso—, pero son demasiados pocos para justificar una corriente artística. Unos cuantos más como ellos podrían haber creado ese estándar, con su escuela y su industria adyacente, pero sus chispas son solitarias y no alcanzaron para prender incendio ninguno. A lo sumo, una o dos hogueritas. Burning fue una de esas fogatillas, y no sólo por el nombre.

La historia de Burning mola tanto que consigue que un libro tan mal escrito y tan pésimamente estructurado como Burning Madrid, de Alfred Crespo (recién salidito en 66 rpm Ediciones), se lea en una sentada y media. Hay tanta droga, tanta gañanería, tanta amistad mística y tantas canciones chulas que se puede perdonar el defectuoso envase en el que viene empaquetado este relato. Qué maravilla podría rodar un buen documentalista con este material, o qué librazo escribiría un buen escritor con estos mimbres.

Lo bonito de Burning es que es una historia de resistencia. En Estados Unidos, los grupos se separan porque les salen los billetazos por el orto y se aburren tanto que no les queda otra cosa que hacer que pelearse mientras esnifan las cenizas de sus madres. Pero, en España, los grupos se separan porque se hartan de tener la cuenta al descubierto o de comer bocatas de choped del Dia o de conducir cinco horas después de un concierto para ahorrarse el hotel (perdón, el hostal). Hay que ser muy descerebrado o muy tenaz o creer mucho en ti mismo o estar muy enganchado a la heroína —o todas las cosas a la vez— para persistir machaconamente en un negocio que te expresa todos los días una hostilidad insoportable.

Mi teoría, una vez leído el libro, es que la gente como Burning aguantaba porque no tenía ningún sitio al que volver, porque, incluso sin dinero y con hepatitis, esa vida era mucho mejor que cualquier otra vida posible. Cuando los niños de la Movida se cansaron de no vender discos, regresaron a su cuna. Siempre habría para ellos una columnita en El País, una plaza de profesor asociado o la gerencia de una Casa de la Mujer. La silla de los hijos pródigos siempre se guarda calentita. Pero unos chavales de La Elipa sin oficio ni ganas de ejercerlo sólo tenían dos opciones: triunfar o joderse. Y joderse era muy preferible a entrar de aprendiz en el taller mecánico de su primo a punto de cumplir los cuarenta o a gastarse la última liquidación de la SGAE en la entrada de un camión. Puestos a penar, que sea con una aguja en el brazo y una canción a medio componer. Puestos a fracasar, mejor hacerlo a lo grande.

Aunque la carrera de Burning no puede calificarse rotundamente de fracasada, tampoco fue exitosa (y eso que pocas bandas pueden presumir de aportar al cancionero español tantos clásicos populares como ellos). Fueron víctimas de sí mismos, de su propia incapacidad para ponerse a buenas con la vida, y ahí está su tragedia: acertaron con la música, pero se equivocaron con el negocio.

Lean el libro, que es muy entretenido y rico en anécdotas. Algunas, geniales, como las galas delirantes que compartían con Manolo Escobar, y otras, prescindibles (por ejemplo, creo que podría pasar sin enterarme de que a los heroinómanos les gusta meterse un piquito mientras cagan; y usted también podría pasar sin esa información, pero he decidido que si no la comparto se me va a pudrir dentro). Pero a mí me ha interesado especialmente la parte en que cuenta su relación con la gente de la Movida. La tesis es que molaban en la distancia. Les iba su rollo glam y, con reparos, los asimilaban en la modernidad. De hecho, implícitamente, reconocían que eran más modernos que ellos y, por supuesto, mucho más salvajes y ‘auténticos’. Pero preferían tenerlos lejos, no los consideraban una buena compañía. ¿Por qué? Pues porque eran de barrio, unos paletos de profundo acentazo madrileño-meridional (en La Elipa nací, Ventas es mi reino y para tu papá solo soy un mal sueño, cantan en Jim Dinamita). Básicamente, lo que sostienen varios testimonios del libro es que los niñatos de la Movida no soportaban que unos parvenus de La Elipa (estuviera donde estuviera aquello, que ni el metro llegaba por entonces allí) les superasen ampliamente en descaro, actitud, talento y protomariconería machista (una paradoja no tan paradójica). El único movidero que les abrió sin condiciones las puertas de su casa —y de su rico y variado alijo de drogas— fue Eduardo Haro Ibars, el dandi y drogadicto hijo de Eduardo Haro Tecglen, que era lo bastante inteligente y lo bastante hedonista como para no tener ningún tipo de prejuicio por los orígenes suburbiales de sus amigos.

Lo curioso es que, aunque los Burning vendían su imagen de barrio y su público así lo aceptaba, sus temas y su imaginario no se correspondían con su extracción social. Por mucho que se empeñen, el mundo de las canciones de Burning no es un mundo de currantes (que es lo que ellos eran), sino un mundo lumpen. Su rollo canalla —¿no huele a pedo en cuanto alguien escribe o pronuncia la palabra canalla? A mí me suena a flatulencia de Sabina— y hampón no describe absolutamente nada de la vida cotidiana de un estudiante de FP rama fontanería o del hijo de un taquillero de la Renfe.

El mundo de Burning está lleno de yonquis muertas, de nenas a las que les gusta que les den de rodillas y por detrás (sic, es literal de una canción: de rodillas y por detrás es como me gusta más), de atracadores con bardeo y recortá, de maltratadores domésticos (te voy a zurrar para que seas más divertida, dice otra canción), de chulos (no es extraño que tú estés loca por mí), de presos que se fugan del chabolo y de unas chicas del Drugstore que ya sabes como son.

El mundo de Burning es chungo, el mundo de Burning es un mundo de quinquis navajeros. Pero los quinquis navajeros no escuchaban rock and roll. Los quinquis navajeros escuchaban a Los Chichos. ¿Quién escuchaba a Burning? Pues los chicos buenos que estudiaban BUP y FP en su barrio de La Elipa y en todos los barrios de España, y también los chicos malos del Rockola y del Penta que eran hijos de Eduardo Haro Tecglen. Ese es el hallazgo estético de Burning: que recogieron un imaginario marginal socialmente inaceptable, pero, al tamizarlo a través del blues y de los Rolling Stones, lo convirtieron en un producto que resultaba intelectualmente digerible para las élites y moralmente soportable para la plebe. No era bonito que Los Chichos hablasen de robar bancos, pero sí lo era que lo hiciera Pepe Risi. Habían encontrado la clave del éxito, la fórmula perfecta para hispanzar el rock, llenándolo de un humor y de un casticismo inexportables y genuinos. ¿Por qué no se convirtió su descubrimiento en el estándar del rock español?

Probablemente, porque eran demasiado auténticos, porque se creyeron demasiado literalmente sus propias canciones y porque no midieron bien la distancia que separa la forma de vida y la profesión. Y por el jaco, claro está, porque no se pueden esperar estrategias inteligentes de dos adictos como eran Toño y Pepe Risi. Probablemente, en otro país y con otra industria, la estructura de managers y ejecutivos de discográfica hubiera sabido hacer de Burning algo sólido e inapelable a pesar de las drogas (incluso gracias a ellas), pero en otro país y con otra industria, Burning son inconcebibles. Incluso son inconcebibles en otra ciudad y en otra época que no sea el Madrid de los años setenta. Por eso digo que el rock español no existe, porque, si existiera, los grupos como Burning serían norma y no excepción. Algo tan genuino, tan profundamente localista y tan arraigado en su hic et nunc debería marcar la pauta y no ser una pequeña hoguera de brillantez y, a ratos, genialidad. Una luminaria apenas visible en un panorama de oscuridad mediocre, intensidad impostada y ripios floridos.

Porque, amigos, Burning casi siempre están bien. Rara vez disuenan. En sus peores momentos, siempre parecen, al menos, divertidos. Tienen un par de hits redondos y perfectos (Mueve tus caderas y Qué hace una chica como tú en un sitio como este) y, en unos pocos y rotundos compases, fueron geniales. Siempre haciendo equilibrios entre lo sublime y lo cursi, canciones como Corazón solitario (esas cortinas anchas de terciopelo, que hasta se les puede oler la humedad) o en Una noche sin ti (esos recuerdos de pelo largo, qué apelativo generacional, qué forma tan sencilla de sonar profundamente sentimental sin recurrir a ningún tópico) tienen propiedades sinestésicas, son canciones con aroma y tacto. Olor a serrín y cerveza derramada, a garito sucio. Tacto a botellín de Mahou, a sábana arrugada, a domingo de resaca.

Quizá lo que les pasaba a Pepe Risi y a Johnny (y antes a Toño, el cantante de la primera formación, que murió antes que Risi) era que no tenían miedo a perder, como dicen en una canción. Fue esa falta de miedo lo que les mantuvo unidos. Alguien con miedo se mete de aprendiz en el taller de su primo o paga la entrada del camión o se matricula en un grado de FP. Ellos no tenían miedo a perder. Y por eso, en realidad, no perdieron nunca. Nosotros les perdimos a ellos.

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