Este domingo, la revista XL Semanal (lectura de baño preferida si no tengo a mano el Mujer Hoy) entrevistaba a Carmen Machi, y de todos ustedes es sabida la devoción que se profesa en este blog a la musa de la sección de refrigerados. Sobre todo, nos gusta su última etapa, desde que decidió asesinar al vulgar personaje que la encumbró a la fama, renegó del zafio costumbrismo de Globomedia y nos deleitó con inolvidables interpretaciones. A mí me apasiona especialmente la del anuncio en que proclama, con sensual voz y erótico ademán, que el veranito hay que disfrutarlo (sic). Esa reivindicación del carpe diem, esa forma de tocarse el vientre para expresar alivio intestinal, esa sonrisa de mujer liberada de las cargas que oprimen sus tripas y esa manera de transmitir la frondosidad y la salud de una flora intestinal bien cuidada y risueña son dignas de una Liz Taylor, si Liz Taylor hubiera anunciado yogures para cagar.

Decididamente, nos gusta escuchar a Carmen Machi a todas horas diciéndonos lo bien que se siente desde que defeca y se ventosea debidamente gracias a la increíble gama de yogures Activia. No nos cansamos de verla en plena acción evangelizadora, convenciendo a mujeres hinchadas de las bondades de descargar a diario su paquete de excrementos en los lugares habilitados para tal fin. Y en las televisiones, sabedores de que nuestra pasión por las dotes interpretativas de Machi no conoce freno, nos regalan a manos llenas esos anuncios que no podemos dejar de mirar. A todas horas, pongas la cadena que pongas, ahí está esta gran dama de la escena satisfecha de su tránsito intestinal.

Es justo decir que Carmen Machi se ha convertido en una actriz que te cagas.

Por eso he devorado la entrevista, y me ha decepcionado mucho no encontrar en ella ni una sola alusión a los yogures de Danone o a la hinchazón de vientre. Lo más cercano que he hallado ha sido este pasaje:

XL: Confiese: ¿cuál ha sido su truco para ser, antes de los 50, una de las grandes damas de la escena española?
C. M. Es que no lo sé.
XL. ¿Seguro?
C. M. ¿Qué insinúas? ¿Que me he tirado a alguien? ¡Yo no, tío! (ríe). Hubiese sido maravilloso. Me encantaría poder decirte que sí, que he llegado hasta aquí cepillándome a alguien. La gente piensa que eso es malo, pero es algo maravilloso. Imagínatelo. Llegar hasta ariba pasándote por la piedra a tu productor. Pero no. Yo creo que ya no ocurre eso.

Sí que ocurre, Carmen, pero con actrices que no presumen abiertamente de defecar a diario.

En negrita he puesto las marcas textuales que identifican el discurso de una gran dama del teatro. Sin duda, Carmen exhibe ademanes de tal. Su respuesta es todo elegancia y refinamiento, y está trenzada con ese leve donaire, ese aura de delicadeza y je-ne-sais-quoi que los estetas identificamos con el glamour, aunque algunos prefiramos, por volátil y bello, el no menos francés término charme. Tirarse a alguien, apelar al interlocutor como tío (podría haberle llamado macho, insinuando un delicioso juego de palabras con su apellido), cepillarse a alguien y pasárselo por la piedra son expresiones deliciosas. Con ellas, el dulce acto del amor se evoca de una forma tan delicada como la que aparece en los versos de Petrarca y de Ronsard. Las grandes damas son así, sutiles e ingrávidas, como pompas de jabón.

O como ventosidades de Activia.

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