En la ciudad que habito (aunque a veces no la reconozca en la visión que dan otros de ella), hay un rinconcito de la radio que se merece un monumento. Historia viva de la ciudad. Hace años era un programa con entidad propia, pero ahora es tan sólo una sección en la desconexión zaragozana del matinal de la Cadena Ser. Tan sólo media horita de goce intelectual a medio camino entre el realismo sucio de Cheever y una lección de antopología de Claude Lévi-Strauss.

Estudio de guardia, señoras y señores. Con Juanjo Hernández al micrófono (a quien no conozco personalmente, pero sí conozco como morador de esta ciudad, porque todos los zaragocicas conocemos a Juanjo Hernández y su voz de transistor de posguerra).

Los Burning cantaban, muy sobradetes, aquello de «sin vivir en Madrid, no lo entenderás». Pues eso: sin vivir en Zaragoza, no lo entenderás. Estudio de guardia es intraducible e inaprensible.

El mecanismo es sencillísimo: los oyentes llaman para quejarse de algo, casi siempre al ayuntamiento, y Juanjo escucha y promete trasladar la queja al negociado correspondiente. En pocos días, resuelve el problema: nos ha dicho el concejal de tal ramo que van a cambiar las bombillas o a arreglar el bordillo o la tontada que sea. Los zaragozanos que llaman a Estudio de guardia tienen mucha fe en Juanjo. Juanjo responde. Juanjo sabe apretar las tuercas a los poderosos. Pero, sobre todo, Juanjo transmite calma. No se altera por más barbaridades e incorrecciones lingüísticas que le lleguen del otro lado de la línea. Aunque no se entienda una sílaba de lo que el oyente dice, él siempre sabe traducir fielmente al castellano normativo la jerga zaragozana-viejuna. Son dos dones que la Virgen del Pilar le ha concedido: la paciencia y la capacidad de comprensión de lenguas arcanas que ya sólo se hablan en los barrios de Las Fuentes y las Delicias.

Yo escucho Estudio de guardia mientras cocino, y hay días en que a punto he estado de seccionarme un dedo con el cuchillo ante una llamada más intempestiva de los normal. De la risa que me da. Porque, tras esa apariencia de espacio de servicio público de vocación municipalista, se esconde uno de los mejores programas de humor de la radio española. Es como escuchar una versión aragonesa de La hora chanante.

La clave humorística está en el contraste, muy montypythoniano, entre el habla brutal y —digamos amablemente— campechana de la audiencia y la dicción correctísima y amabilísima de Juanjo Hernández. Como Sanchos ante un Quijote que nunca pierde la compostura, hay días en que el programa es una sucesión de exabruptos de señoras y señores muy maleducados y, en ocasiones, con menos luces que un algarrobo, que dialogan con un locutor de maneras exquisitas que nunca desafina ni pierde el tono.

Que sí, que también llama gente razonable con planteamientos razonables, pero esos no son divertidos. Si todas las llamadas fueran así, yo no lo escucharía.

Me encantan las señoras que llaman muy a menudo (o eso se creen ellas, cuando en realidad han llamado dos veces en su vida) y tratan a Juanjo con mucha más familiaridad de la habitual. Algunas empiezan su intervención diciendo: «Mira, Juanjo, que soy Puri, la del Actur de hace un mes. Que de lo que hablamos la otra vez, que sigue todo igual, maño, que no hay manera de que vengan a arreglarlo, que este alcalde sólo quiere llenarse los bolsillos y nos tiene olvidadicos, sólo se acuerda de nosotros cuando hay elecciones, y como ahora no hay, pues eso, que quería decirte que está todo como antes, ¿te acuerdas de cómo te dije que estaba?». Y Juanjo, sin alterarse ni un poquito, responde con la mejor de sus sonrisas sonoras: «Por supuesto que me acuerdo, querida amiga, pero, por favor, si eres tan amable, recuérdaselo a nuestros oyentes, que puede que alguno no escuchara el programa ese día».

Ejemplo de llamada a Estudio de guardia:

En esos momentos, dejo de remover el pisto para aplaudir como se merece el savoir faire de Juanjo Hernández. Yo sería incapaz de hacer su trabajo. Yo le gritaría a la señora: «¿Pero cómo coño quiere que sepa de qué estamos hablando, tía loca? Lo suyo no se soluciona llamando a la radio, sino con litio. Y en cantidad».

Hay días en que Estudio de guardia hila fabulosos y sutiles delirios. Atentos a este diálogo más o menos textual (lo cito de memoria, claro):

Oyente: Mira, Juanjo, que el otro día me crucé con un señor pirolítico de esos que van en silla de ruedas, pero no era una silla de ruedas normal, era de esas que van con motor, ¿sabes lo que te digo? Una silla…

Juanjo: Sí, una silla eléctrica.

Oyente: Exacto, una silla eléctrica.

Una silla eléctrica. Como dirían mis amigos canarios: agüita. Una ciudad donde los pirolíticos viajan en silla eléctrica. Ese es el lugar que habito.

Un amigo mío discapacitado, a punto de salir de paseo por Zaragoza en su flamante silla eléctrica. Está encantado, porque, antes de este invento, tenía que salir a pasear en su horca, acarreando todo el patíbulo. Ahora se mueve mucho mejor, más autónomo, sin tener que pedir ayuda al verdugo. Acciona él mismo los conmutadores de alto voltaje.

Ante las propuestas salvajes y neonazis de algunos oyentes (qué sé yo: colgar de un pino a los grafiteros, decapitar a toda la corporación municipal por no saber sincronizar los semáforos —la sincronización de los semáforos es uno de los leitmotivs más recurrentes del programa—, bombardear con ciclón B la casa del alcalde por haber inaugurado una línea del tranvía, pedir que los funcionarios hagan horas extra lamiendo los bordillos de las aceras y comiendo las cacas de perro sin cobrar por ello, que los ciclistas sean ajusticiados con el método del garrote vil utilizando el cuadro de sus propias bicis como herramienta ajusticiadora o reclamar un auto de fe con bien de fuego para que ardan hasta el tuétano los músicos que se atrevieron a hacer una versión flamenca de una canción de Labordeta, por citar algunos de los deseos comunes del zaragozano medio), Juanjo sabe ser conciliador. Explica, con su voz operística: «Hombre, Fulano, seguro que podemos llegar a un entendimiento sin bombardear la casa del alcalde ni secuestrar y/o torturar a su familia. Que no digo yo que no respete tu opinión, faltaría más, estás en tu derecho. Pero vamos a trasladar tu queja al consistorio, a ver si se puede solucionar el problema de esa baldosa parcialmente agrietada que comentas que hay en tu calle sin necesidad de recurrir al genocidio ni a la proclamación de un Estado totalitario. Lo vamos a intentar, querido amigo».

Y todo este rollo es, simplemente, para pedir a Radio Zaragoza-Cadena Ser que, por favor, no nos dejen con una rácana media hora de Estudio de guardia, que nos sabe a poco, que nos cortan siempre en las mejores llamadas. No queremos saber las noticias locales, no queremos saber quién actúa en el Teatro Principal, nos dan igual los estrenos del cine, las últimas palabras de Luisa Fernanda Rudi o si el Real Zaragoza tiene muchos lesionados. Sólo queremos escuchar a la gente de Estudio de guardia. Nada más. Lo otro, ya lo pillamos de internet.

Piénsenlo.

Anuncios