Que la música despierta emociones muy hondas es algo sabido. Su capacidad para adherirse a (o incrustarse en) ciertos recuerdos es muy superior y más intensa que la de los aromas, los tactos o los gustos. Aunque Proust revivía el Combray de su infancia al probar las magdalenas mojadas en té (qué asco, por cierto, mojar magdalenas en té, yo soy más de leche y colacao), para la mayoría de nosotros, la música es un catalizador mucho más eficaz y definitivo. ¿Quién no tiene una canción capaz de despertar su llanto por motivos y emociones que ni él mismo alcanza a entender del todo?

Gonzalo Torrente-Ballester expresó esta convicción en su Don Juan. El demonio (aka ángel caído) se pone flaubertiano y le dice al seductor maldito que todos tenemos una música que nos acompaña y nos enseña a ver y sentir el mundo. Por desgracia, le añade, Don Juan tiene un gusto de mierda y ha de conformarse con boleros y basurillas, mientras que la educación sentimental del diablo se forjó con coros angelicales y música celestial. A cada cual, lo suyo. En el fondo, viene a decirle el satanillo de turno, da lo mismo la calidad de las partituras, lo único que cuenta es que funcionen bien, que reverberen en sentimientos poderosos.

[Aunque de Proust sólo nos acordemos al comer magdalenas, no es esa la única epifanía de En busca del tiempo perdido. El personaje de Swann se siente hechizado por una «frasecita» de un músico misterioso que un pianista toca en las veladas de Madame Verdurin: «Y en aquellos momentos el placer que le daba la música y que no iba a tardar en crear en él una auténtica necesidad, se parecía, en efecto, al que habría sentido al percibir perfumes, al entrar en contacto con un mundo para el que no estamos hechos, que nos parece sin forma, porque nuestros ojos no lo perciben, y sin significado, porque escapa a nuestra inteligencia y lo alcanzamos con un solo sentido». También para Proust, la música es la más poderosa máquina de evocar.]

En La hora violeta, mi próximo libro, suena mucha música. De hecho, antes de llamarse La hora violeta llevaba un título sacado de una canción. Y suena mucha música porque mis recuerdos y emociones de aquellos días están pegados, como átomos que forman moléculas, a un repertorio concreto de canciones. Uno de los escritores que han leído el libro me sugirió, como único pero, reducir uno de los excursos musicales que incluyo. Lo pensé, lo estudié, le di vueltas. Y, al final, no le hice caso. Lo que pienso y lo que siento sobre esas canciones amplifica y da sentido a mi dolor, no es cháchara vacua  ni falsa erudición melómana.

De hecho, si he escrito un libro sobre mi dolor es porque no sé hacer música con él.

Por desgracia, hay canciones que me transportan a pretéritos imposibles de recrear. Ojalá mis epifanías fueran soportables y me trajesen sólo ecos de besos de verano y escotes de chicas en los que me perdí. Y me jode mucho entender algunos casos extremos de emotividad musical, la asociación lacrimosa entre un recuerdo y una interpretación de un disco concreto (no cualquier versión, no una composición en potencia, sino el acto concreto de una ejecución concreta en una grabación concreta, los acordes y las notas ejecutadas de una determinada forma, con unas determinadas y únicas imperfecciones).

Hans Fantel, austriaco expatriado que fue crítico musical de The New York Times durante muchos años, tenía una relación intimísima con una grabación que no ha dejado de reeditarse: la Novena Sinfonía de Mahler interpretada por la Orquesta Filarmónica de Viena bajo la dirección de Bruno Walter el 16 de enero de 1938. Aquel concierto fue el último que dio la Filarmónica de Viena antes del Anchluss (la anexión de Austria al Tercer Reich alemán y, por tanto, la disolución del Estado austriaco), que sucedió dos meses después.

Esa grabación tiene, lógicamente, un enorme valor histórico y documental, pero, para Hans Fantel, va mucho más allá. Siendo él un adolescente, asistió a ese concierto acompañado por su padre, quien le transmitió su melomanía. Y fue el último concierto que vio con él. Cuando los nazis ocuparon Austria, el padre de Fantel, acusado de antifascista o de hostil al régimen, desapareció. En un artículo de 1989 en el que reseñaba la primera edición en CD de la pieza, el crítico de The New York Times escribía (la torpe traducción del inglés es mía):

Este disco retiene una velada que compartí con mi padre: setenta y un minutos de los dieciséis años que tuvimos juntos. Poco después, como un ‘enemigo del Reich y del Fuhrer’, mi padre también desapareció en el abismo de Hitler. Esto me hizo darme cuenta de algo sobre la naturaleza de los fonógrafos: no admiten finales. Implican perpetuidad. Algo de la vida misma atraviesa los límites normales del tiempo.

Escucho ese disco mientras escribo esto, y casi me ahoga un recuerdo que no es mío.

Esta historia, y muchas más relacionadas con la música y las emociones, se pueden leer en Listen to this (hay traducción al castellano: Escucha esto), la colección de ensayos melómanos de Alex Ross, crítico musical de The New Yorker. Un libro fantástico lleno de pasión, erudición y cariño al que no le sobra ni un solo excurso musical.

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