Este cartel fue cazado por mi móvil en mis últimas vacaciones en Lanzarote. Estaba en Playa Blanca, al sur de la isla, en un complejo turístico llamado Marina Rubicón, que imita, en plan pijo y un punto hortera, el urbanismo de un pueblo típico majorero. En medio de los restaurantes para guiris, hay una construcción ruinosa que, evidentemente, es anterior al puerto fulero. Algún bienintencionado conservacionista colocó junto a él este letrero para que sus cimientos no acabaran sustentando un Starbucks o una tienda de Abercrombie & Fitch. A fe que lo ha conseguido, como los ninots de las fallas que cada año se indultan y se almacenan en el Museo Fallero. Pero lo que me ha fascinado es el argumento para justificar su indulto: soy del siglo XIX.

Pues no se hable más. Hemos perdido muchas cosas del siglo XIX que deberíamos haber conservado.

La tuberculosis, por ejemplo.

La tasa de mortalidad infantil.

El analfabetismo de más del 30%.

La polio.

Los aguadores de agua no clorada.

El carlismo.

El canciller Bismarck.

Las masas que ansían respirar en libertad.

Los proletarios de todos los países, uníos.

La carbonilla del ferrocarril.

La dinastía de Saboya, con su cómica y grotesca rima, más propia de Borbones que de Saboyas, aunque los Borbones también rimen en consonante.

El paludismo y el raquitismo.

La afasia de Baudelaire.

Los médicos que todo lo curaban mandándote a tomar las aguas.

Jack el Destripador.

El refajo de Pardo Bazán.

El baño una vez al mes o por San Antón y Santa Brígida.

El castizo garrote vil para ajustarle la golilla al pescuezo más incivil.

Los calzones de don Benito Pérez Galdós.

Las tribulaciones de un chino en China.

El refajo de la reina Victoria.

Esa velada del selecto Reform Club de Londres en la que un grupo de atildados caballeros planteó a Mr. Fogg el siguiente reto: nos jugamos el teléfono de la señorita Muchomuslez y tres mayordomos invertidos a que no tienes cojones para dar la vuelta al mundo en ochenta días, tío pasmao, que eres un pasmao con levita.

La escarlatina.

Las penas de cárcel por sodomía.

Lagartijo y Frascuelo tomando la alternativa.

Las mujeres de moral relajada.

Los adictos al opio.

Las matanzas de indios del general Custer.

Los museos etnológicos con negros cingaleses disecados.

Todo lo que se perdió en Cuba.

El Congo Belga.

Las levitas.

Las señoras que arrojaban cubos de orina a la calle al grito de agua va.

Un mantón de Manila te voy a regalar.

Las fábricas con obreros de cinco años de edad.

Los testículos del caballo de Espartero.

Esas gitanillas andaluzas que con la boca te besan y con la mano te arrancan el corazón.

El cura, el maestro y el boticario.

La flora y la fauna de la barba de Joaquín Costa.

El refajo de la Regenta.

La heroica ciudad que dormía la siesta.

El crimen de la calle Fuencarral.

Los fantasmas de aquella casa al lado del cementerio.

El monte de las ánimas, que está en Soria, y eso sí que da miedo.

Asegurada de incendios.

Gas en todos los pisos (como presagio de Auschwitz que nadie vio venir).

El refajo de Isabel II.

Pichi, el chulo que castiga.

Son tantas las cosas del siglo XIX que merecen ser respetadas, que no entiendo cómo hemos dado la espalda a tan bellas tradiciones. La huelga general, por cierto, también es una cosa del siglo XIX, como casi todas las relaciones laborales.

Quizá nuestro problema es que hemos respetado demasiado el siglo XIX. Es nuestra referencia para muchos asuntos. No llevaremos levita ni escribiremos obscuridad con b, pero seguimos decimonónicos perdidos. Petimetres y pollos pera con iPad, eso somos.

Basta leer Fortunata y Jacinta para encontrar una barbaridad de paralelismos entre el Madrid de Juanito Santa Cruz de 1875 con el Madrid de 2012. De hecho, es posible que las mismas familias que mandaban en el Madrid de 1875 sigan mandando en el Madrid de 2012. Y, en cada comunidad autónoma, los caciques que manejaban los pucherazos en los burgos podridos son los tatarabuelos de los presidentes autonómicos y de diputaciones provinciales que inaugura(ba)n museos de arte contemporáneo y aeropuertos sin aviones. El mismo turnismo de Sagasta y Cánovas impera, maqueado, entre Partido Popular y PSOE, y es difícil concebir dos líderes políticos más decimonónicamente barbados que Mariano Rajoy y Alfredo Pérez Rubalcaba (dos nombres, además, profundamente galdosianos).

Que no teman los conservacionistas: ese edificio correría peligro si fuera del siglo XX o del XVIII o, incluso, de la Edad Media. Pero, en España, las cosas del siglo XIX se veneran y se conservan. Nos gusta tanto el siglo XIX que seguimos viviendo en él.

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