De vez en cuando —cada vez menos, porque a mis días les faltan muchas horas— me gusta echar una partidilla en la consola. No tengo muchos videojuegos, y casi todos son de extrema violencia, como deben ser los videojuegos. Últimamente, sin embargo, he estado un poco enganchado al Fifa, donde me dedico a ganar competiciones fantásticas con el Atlético de Madrid. Si alguien viene a casa y me sorprende jugando, se extraña muchísimo, me toca la frente por si tengo fiebre y me dice:

—Pero yo creía que a ti no te gustaba nada el fútbol.
—Y no me gusta nada.
—Entonces, ¿por qué juegas al fútbol?
—No estoy jugando al fútbol, sino a un videojuego de fútbol.
—Ya, pero si juegas al Fifa es porque te gusta el fútbol.
—Pos bueno, pos fale, pos malegro.

Mi juego favorito, en cualquier caso, es el GTA, un thriller hiperviolento de mafiosos, pandilleros y policías corruptos en (según la última versión) un Nueva York muy chungo. Sin embargo, cuando me han visto jugar a él, nunca se ha producido un diálogo de este tipo:

—Pero yo creía que a ti no te gustaba nada asesinar a prostitutas y atropellar a niños por la acera.
—Y no me gusta nada.
—Entonces, ¿por qué juegas a asesinar a prostitutas y a atropellar a niños por la acera?
—No estoy jugando al asesinar a prostitutas y a atropellar a niños por la acera, sino a un videojuego de asesinar a prostitutas y atropellar a niños por la acera.
—Ya, pero si juegas al GTA es porque te gusta asesinar a prostitutas y atropellar a niños por la acera.
—Pos bueno, pos fale, pos malegro.

Es decir, que se entiende (más o menos) que jugar a asesinar a prostitutas en un videojuego no implica necesariamente que te guste asesinarlas en la vida real, pero jugar al fútbol en un videojuego sí que implica necesariamente que te guste el fútbol en la vida real.

A mí, señores, me gustan los videojuegos. No es tan difícil de entender. ¿O sí?

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