Cuando más condenado y muerto parecía el periodismo de reportaje, el éxito de audiencia del programa Salvados debería enseñar a los supertacañones de los medios que el formato aún aguanta bien, está vigente y plantea las preguntas adecuadas que el periodismo renunció a plantear hace tiempo. Como decía una amiga hace poco en Twitter: Salvados es el nuevo Informe Semanal, y eso es muy triste.

Lo es porque Salvados no es nada del otro pulitzer. Es televisión de corto alcance inspirada en el reporterismo postgonzo que Louis Theroux factura en la BBC (confieso que no trago mucho a Theroux, famoso por sus reportajes sobre Estados Unidos en los que destila una superioridad moral british y eurocéntrica, como si se empeñara en confirmar todos los tópicos de este lado del charco que dicen que los americanos son unos zampabollos ignorantes y filonazis: como si no hubiera zampabollos ignorantes y filonazis en nuestro propio barrio). Pero es precisamente la modestia de su formato y su estilo directo lo que ha facilitado su éxito. Si el teatro moderno se reinventó cuando rompió la cuarta pared, la televisión necesitaba desde hace mucho tiempo romper su propia cuarta pared: las convenciones del plató, los corsés formales y la asepsia de los presentadores.

Pero si Salvados le ha sacado los colores a un periodismo agonizante no es sólo por su frescura o el colegueo empático de Jordi Évole, sino porque ha encontrado la forma de reventar lo que los pedantes teóricos de la comunicación llamaban los gatekeepers (guardianes de las puertas). Quiero decir, que ha resuelto el principal problema al que se enfrenta un reportero: que una fuente autorizada y relevante te cuente cosas chulas con una cámara y un micrófono encendidos.

Porque a eso se reduce el periodismo: a que la persona indicada te cuente las cosas que necesitamos saber. Y eso es muy complicado, porque esas personas, generalmente, tienen gabinetes de prensa cuya función es que no te cuenten nada interesante y te cuelen todas las cosas no interesantes que les interesan a ellos. Políticos, empresarios, sindicalistas, policías, jueces, abogados… Todos son muy locuaces off the record, pero se vuelven planos, banales y condescendientes cuando le das al rec.

En Salvados han resuelto este problema de una forma muy elegante: eligen a fuentes que sí que pueden hablar porque, o bien están retiradas y ya no tienen nada que perder, o bien están en ascenso y necesitan llamar la atención y requieren la notoriedad que la tele les puede dar.

Por ejemplo, en el último episodio hablan Joaquín Leguina y Alberto Garzón, ejemplos perfectos de esto. Leguina, ex presidente autonómico, caballo viejo que ya no tiene intereses que proteger ni ambiciones que cumplir. Es una fuente perfecta, que se siente libre para hablar de lo que le pregunten y, además, le gusta salir. A los has been (cruel denominación anglosajona que reciben estos personajes, los que han sido) les encanta que les llamen, que se acuerden de ellos, que les recuerden que un día mandaron mucho y cortaron la pana.

En el otro extremo está Alberto Garzón, diputado de 27 años, el más joven del Congreso. Talento político en alza, valor emergente, joven promesa. Necesita diferenciarse de la carcundia y darse a conocer. Podemos esperar de él declaraciones que se salgan del argumentario del gabinete de comunicación. Quiere que se le perciba como honesto y nuevo, que quede claro que él no es como los demás.

Ambos tipos de fuentes son perfectos para conseguir declaraciones de titular, pero son recursos engañosos, porque no conseguirían el mismo grado de sinceridad y desparpajo de un presidente del gobierno o de un ministro en activo. En Salvados desfilan ex presidentes, ex ministros y ex de todo. Gente que habla con las espaldas cubiertas, sabedora de que el agua pasada no mueve molinos.

De vez en cuando también salen kamikazes, personajes en lucha a quienes no les importa dar la batalla con su nombre y sus apellidos. Pero el grueso de los programas, si se fijan bien, están hechos con has been. Ya he perdido la cuenta de las veces que ha salido hablando Iñaki Gabilondo (mentira: dos, que yo recuerde, pero es que me da la impresión de que Iñaki Gabilondo está en todas partes).

Y está bien, no deja de ser elegante, pero el abuso de este recurso puede hacer caer al programa en la impostura. Convendría que, de vez en cuando, saliera alguien que no fuera ni el más viejo del lugar ni el más joven. Pero, claro, eso lo llevan intentando mucho tiempo los periodistas, y sólo unos pocos lo consiguen.

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