—Hiciste mal en venir acá, el exilio se justifica nada más que cuando en tu país has agotado toda posibilidad de acción.
—Pero hay que tener de aquello para dejar todo y empezar de nuevo.
—¿Qué? ¿Cojones?
—Sí.
—Decilo entonces. Algunas mujeres ni se animan a decir las cosas por su nombre y se creen liberadas.

Manuel Puig
Pubis angelical

Disculpen las intermitencias y las ausencias. Acabo de entregar las pruebas de La hora violeta y estoy hasta las cejas en una nueva novela. En ella, Manuel Puig es referencia, leitmotiv y puede que móvil para un crimen. En cualquier caso, mis neuronas y mis dedos no dan para mucho más. Comprendan, pues, mis intermitencias y mis ausencias.

No esperen a leerme a mí, lean a Puig. Especialmente, ahora que tanto se celebra a los carcamales del boom en su nosequé aniversario: lean a un autor latinoamericano genuinamente transgresor, cosmopolita e inclasificable. Una de esas raras voces que parecen no venir de ningún sitio y que no dejan eco (es decir, que no se anclan en ninguna tradición y tampoco crean escuela, se agotan en sí mismas). Una maravilla. Y uno de los mejores tituladores de la narrativa en castellano: Boquitas pintadas, El beso de la mujer araña, Maldición eterna a quien lea estás páginas, Cae la noche tropical… Son títulos como para quedarse a vivir en ellos.

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