La idea original de este post no es mía, se la debo a Javier Rodrigo, con quien me sorprendí el otro día en un bareto de Barcelona hablando de verduras y cocinismos. Ahí estábamos, dos tíos hechos y derechos, barbados ambos, pero, en vez de compartir links de páginas web porno o jugar a compararnos la longitud de nuestros penes, como hacen todos los hombres que se precien en toda reunión masculina que se precie, debatíamos sobre lo conveniente, sano, delicioso y barato que sale comer verduras de temporada. Ambos estamos suscritos a pequeñas cooperativas de agricultura ecológica que nos sirven verdura fresca directamente cogida del huerto, sin pasar por la frutería, y comparábamos las bondades de cada una.

En esas estábamos —en plena exaltación de la paz hogareña, del chupchup de las ollas, de la textura de las cremas de puerros, de las posibilidades gastronómicas de la coliflor…—, cuando Rodrigo tuvo una de sus revelaciones: «¡Es que ser amo de casa es la verdadera liberación del hombre! Hemos estado tan pendientes de la liberación de la mujer que no nos hemos dado cuenta de que el hombre era un extraño en su propia casa. Estamos reconquistando nuestro lugar.»

Qué bueno, tío, le dije, en plan machote y dando un trago largo a mi cerveza, que no por amo de casa se es menos viril. Te voy a robar la idea para un post, pero te citaré. Ya le he citado. Aknowledgements: Javier Rodrigo, Ph. D.

Como siempre, hablaré de mi propia experiencia. Entiendo que las mujeres que han pasado generaciones y generaciones atadas a un fogón ansíen comerse el mundo y mandar en muchas oficinas y tener un montón de comidas de trabajo y quejarse porque les recortan la paga de Navidad. Pero, si hay alguien en la sala que aún no conoce ese mundo, se lo cuento yo: es una puta mierda. He estado allí, he visto cosas, he bebido litros y litros de café de máquina, he cenado sandwiches de máquina y he dicho muchas veces por teléfono: «Mamá, tengo que colgar, que hay mucho trabajo». Y era mentira, no había una mierda de trabajo que hacer, pero todos fingían que estaban muy atareados. Al menos, hasta que los jefes se fueran a una reunión.

Hay que currar para vivir, y afortunado el que tiene un laburo, que lo cuide. Pero yo, si puedo elegir, elijo mi vida hogareña. Donde me realizo de verdad es en mi cocina. Es un territorio que mi padre, mi abuelo y mi bisabuelo percibieron como zona prohibida. Quizá para las mujeres fuera una prisión falocrática, pero yo estoy encantado de que mi señora me deje reinar allí. Porque, en mi casa, la cocina es cosa mía. Yo decido qué se come, yo hago la compra, yo sé los huevos que quedan en la nevera o las botellas de aceite que hay en la despensa y me guardo el secreto de ese toque tan rico que le has puesto hoy al arroz y que no logro identificar. La cocina es mi reino y yo soy su soberano absoluto. Hasta me molesta que Cris ponga el lavavajillas, porque coloca los cacharros de forma distinta a como los pongo yo, y luego no encuentro nada, y pienso: qué se habrá creído, la tía esta, que puede venir a desordenarme MI cocina con absoluta impunidad.

Por las mañanas, me levanto pronto, abro el archivo de mi novela y, cuando llega el momento, trasteo en la cocina. Me peleo con un personaje que no me termina de convencer o con un adjetivo que no acaba de fluir y luego pelo unas zanahorias. A veces, tras pelar las zanahorias, vuelvo al texto con las ideas claras: mientras cocinaba, el problema técnico se ha desatascado, he visto la solución. Podría irme a una biblioteca o alquilarme un despachito o buscar el silencio en una habitación de la casa de mis padres que me permita la ficción de que “voy a trabajar” a un sitio que no es mi casa, pero me gusta estar junto a mi cocina, oler los guisotes, escuchar el borboteo de las ollas o el zumbido del horno y, aunque por las mañanas oficialmente estoy trabajando en mi ordenador y no tengo que preocuparme de mi hijo —pues así lo hemos acordado—, me gusta, cuando hago la pausa para el café, cogerlo en brazos, cambiarle el pañal y hacerle un par de bestialidades de animal mamífero.

¿Cómo puede gustarme todo lo que el feminismo ha considerado detestable? Lógicamente, porque lo he elegido yo, nadie me lo ha impuesto. Pero estoy convencido de que una mujer que escogiera esta misma vida que llevo yo, sufriría críticas y miradas de compasión. En un hombre, puede quedar simpático, pero a la mujer siempre le van a hacer sentir que vivir apegada a su cocina es vivir una vida de segundo orden, mucho menos interesante y relevante que la de las mujeres que vuelven al trabajo antes de que les quiten los puntos de la cesárea.

Muchos hombres estamos descubriendo que también hemos sido víctimas del sexismo, que una neolítica división de trabajos nos exilió de nuestras propias casas y de nuestros propios hijos. Nos dijeron que lo nuestro era salir a cazar: que debíamos mantener surtida de alimento a la familia, pero no podíamos cocinar ese alimento. También nos dijeron que no pintábamos nada en la crianza de la prole, que éramos completamente prescindibles hasta que las crías tuvieran edad y corpulencia suficientes para salir a cazar con nosotros. Mientras tanto, nuestra presencia era molesta. Estorbábamos. Éramos violentos, sucios y gruñones. Sobrábamos en nuestras propias casas.

Pues a mí no me da la gana que nadie sobre en mi casa. Pero la cocina es mía, ahí sí que sobran todos salvo yo.

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