¿En qué momento la intuición dejó de ser una virtud para devenir insulto? Entren en cualquier tienda de Apple y no tardarán en escuchar la palabra intuitivo. El dependiente (el genius, denominación apropiada, porque seguro que su sueldo será sensiblemente más alto que el de un postdoctorado del CSIC) dirá, como colofón a la retahíla de maravillosuras del cacharro que pensamos comprar: «Y, además, es muy intuitivo».

Por si no se manejan en las sutilezas del eufemismo, les traduzco la frase al castellano de uso corriente: «Es tan sencillo de usar que hasta un chimpancé manco con graves lesiones cerebrales y más ciego que Rompetechos lo puede utilizar sin problemas (no exagero: hacemos pruebas con chimpancés a los que cortamos los brazos, trepanamos el cráneo con el canto de la tapa dura de las obras completas de Lázaro Carreter y le forzamos a mirar muy de cerca una pantalla de ordenador Amstrad de las verdes durante siete meses), así que un idiota de dedos gordos y frente prehomínida como usted no tendría que encontrar dificultad alguna en manejarlo.»

Eso es lo intuitivo de la tecnología moderna.

Dejando al margen que un cacharro no puede ser intuitivo, porque la intuición es privativa de los humanos, me da mucha pena que el adjetivo se haya convertido en sinónimo de torpe y lerdo, cuando, tradicionalmente, ser intuitivo podía tomarse siempre por un halago. Sherlock Holmes, por ejemplo, aplicaba la deducción a su intuición innata. Al ser muy intuitivo, percibía un montón de información de las personas que pasaba desapercibida a casi todo el mundo. Luego, su mente analítica operaba por deducción a partir de los datos obtenidos de manera intuitiva. Y nadie se atrevería a decir que el intuitivo Sherlock Holmes tenía carencias cognitivas.

La intuición es fundamental en todas las formas de arte. Aunque la técnica, el aprendizaje, el esfuerzo y el talento o la gracia naturales explican casi cualquier obra, hay un último reducto que escapa a los análisis académicos y a la propia razón del artista. La intuición está en el germen de muchas obras: la convicción rabiosa y radical de que esas palabras han de ir en ese orden o que los colores han de combinarse de esa forma.

La metáfora, que para mí es la más profunda forma de conocimiento, donde el lenguaje se adensa y se asoma a las mayores y más hondas posibilidades de significados, es pura intuición. Proust, maestro de maestros en la construcción de metáforas y símiles (las hacía dobles, triples y cuádruples, encadenándolas como si fuera un acróbata), sorprende casi en cada página por su capacidad para asociar de forma naturalísima imágenes muy distantes y sin relación posible entre sí, de tal forma que un reflejo o una mota de suciedad en la ventanilla de un tren puede acabar convertida en una vindicación del adulterio o de la homosexualidad o en el insoportable defecto de un amigo al que queremos mucho. Y eso, que es una de las mayores hazañas literarias e intelectuales que puede hacer un escritor, se debe a la intuición. A una intuición refinada y muy trabajada.

Porque la intuición se parece mucho a un instrumento musical. Los buenos intérpretes la cuidan, la afinan y la tocan a menudo para que esté bien atemperada. Y de la misma forma que un Glenn Gould no sabría explicar del todo la naturaleza de su arte, ni por qué ningún otro pianista ha sido capaz de transmitir lo que él ha transmitido en sus Variaciones Goldberg, pero es consciente de su don y lo cuida y abrillanta, el escritor o artista intuitivo cuida, afina y practica su intuición, aunque no la comprenda del todo.

Así que la próxima vez que alguien me venda un cacharro diciendo que es intuitivo, le diré que lo dudo mucho, que algo pensado para chimpancés mancos no puede ser intuitivo. En todo caso, será instintivo.

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