«Los militares mantienen el ánimo firme y sereno, sin atender a absurdas provocaciones, y cumplen calladamente.»

Pedro Morenés
Ministro español de Defensa

«¡Muera la inteligencia!»
José Millán-Astray, general español, fundador del Tercio de Extranjeros y de Radio Nacional de España

«Cuando más rudo era el fuego
y la pelea más fiera,
defendiendo su bandera
el legionario avanzó.
Y sin temer al empuje
del enemigo exaltado,
supo morir como un bravo
y la enseña rescató.»

Fidel Prado, «Soy el novio de la muerte»

Señor ministro:

Soy uno de los varios millones de españoles que escucharon sin creer lo que escuchaban su discurso de la última pascua militar en el que aludía a las provocaciones que ha sufrido el ejército español y, ante las cuales, sus miembros han permanecido firmes y serenos. Al margen de que eso de permanecer firme no debe de suponer mérito alguno para un militar cuya rutina laboral consiste en ponerse firme buena parte del día, no entendí (y creo que hablo en nombre de muchos conciudadanos) a qué provocaciones se refería ni por qué era digno de elogio que el ejército no respondiera a ellas.

Tuve que leer la crónica de La Razón para enterarme (por deducción del redactor de la crónica, porque usted no dio esas pistas) de qué provocaciones eran esas:

No lo dijo directamente, pero en la mente de todos estaban las críticas por los vuelos militares o las denuncias llevadas hasta Europa ante las supuestas amenazas de una intervención militar en Cataluña. Por no hablar de las constantes ofensas hacia esta institución y los últimos abucheos que sufrió el teniente general don José Manuel Muñoz, la más alta autoridad militar en la comunidad catalana, en la toma de posesión de Artur Mas.

Subrayo «en la mente de todos» porque en la mía, desde luego, no lo estaba. Como el gabinete de prensa de su ministerio no ha desmentido estas afirmaciones, entiendo que el redactor de La Razón estaba en lo cierto e interpretaba correctamente las alusiones veladas y encabronadas que usted soltó en tan solemne cónclave.

Si es así, el motivo de mi escrito es darle las gracias. Con lágrimas en los ojos. En mi nombre y en el de mi familia, incluido mi hijo de cinco meses. Gracias por no matarnos. Gracias por ni siquiera detenernos. Gracias por no someternos a un consejo de guerra. Gracias por no encerrarnos en un calabozo. Gracias. De verdad. Muchas gracias por su magnanimidad. La de usted y la del ejército que manda. Qué gente tan caballerosa y atenta, qué afabilidad tan asombrosa la suya, que se mantienen serenos y firmes ante unos abucheos. En vez de sacar la pistola y liarse a tiros con los alborotadores, como haría cualquier hombre cuerdo y de bien, y en lugar de sacar la acorazada Brunete y bombardear hasta los cimientos la pérfida Barcelona, ustedes se mantienen firmes y serenos.

Gracias, de verdad. Ya sé que ustedes tienen las armas y los cojones suficientes para acabar en media tarde con unos piojosos que se atreven a abuchear a todo un general del ejército, pero no lo hacen, y no haciéndolo, demuestran su gallardía ibérica.

No me puedo imaginar la presión insoportable que sufre el ejército. Abucheos y ofensas a la institución. Madre mía, qué horror. Y ustedes, sin quejarse. No como todos esos españoles a los que han echado a la calle por una miseria. No como esas viejas con pensiones no contributivas a las que les cobran las medicinas y los traslados en ambulancia. No como los inmigrantes enfermos sin tarjeta sanitaria a quienes estamos dispuestos a dejar morir como perros en la calle (o peor, que los perros mueren atendidos por un veterinario). No como esos niños cuyos padres no pueden pagarles el comedor escolar. Ustedes sí que sufren. Y, encima, no se quejan. No como todos esos alborotadores y quejicas sin cuento que no tienen otra cosa que hacer que abuchear a todo un general de los ejércitos.

Somos conscientes también de que su paciencia tendrá un límite, y que, si siguen las provocaciones, a alguno de esos caballeros se le va a ir la mano. Lo sabemos, y lo disculpamos de antemano. Porque nos lo habremos merecido. Ya se sabe que los españoles en general, y los catalanes muy en particular, necesitan que alguien les dé un par de hostias de vez en cuando. Somos como niños hiperactivos que no dejan dormir la siesta a sus padres. Nos vienen bien los límites. De mayores, lo apreciamos, no como esos niños educados bajo la pedagogía leninista del 68, que hoy andan abucheando a los militares. Si les hubieran dado un buen manojo de hostias en su día, ahora no estaríamos como estamos. Somos conscientes y suplicamos clemencia.

Así que, aunque ahora mismo le doy las gracias por contenerse, también se las doy anticipadamente para cuando se les suelte el gatillo y nos den nuestro merecido. Castíguennos, ustedes que sin duda saben lo que es mejor para nosotros. Que no les tiemble el pulso o volveremos a las andadas, a decir lo que pensamos incluso con abucheos.

Atentamente,

Un ciudadano acojonado.

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