El viernes pasado me tocó entrevistar en la tele a dos policías escritores (o escritores policías, que uno no sabe cuál de las dos vocaciones es más decisiva, si la espada o la pluma), y ambos resumieron sus intenciones literarias diciendo que no les gustaba la novela policíaca, que no se veían reflejados en ella, y que se sentían en la obligación de escribir relatos policiales donde lo policial fuera verosímil. Por verosímil querían decir ajustado a la realidad. Lo aclaro porque yo, la verosimilitud, la entiendo de otra forma muy distinta, pero a eso iré luego.

Es decir, que aspiran a que otro policía, cuando lea el relato, diga: cierto, así son las cosas, así es mi trabajo, así funciona una comisaría, así se redacta un informe, así se desmonta una pistola, así se saca un moco un policía.

Me fascina, y así lo insinué en el plató, ese prurito de algunos profesionales por detectar elementos fantasiosos en las ficciones en que aparecen personajes de su misma profesión. En un capítulo de Los Simpson, un piloto de helicópteros se burlaba de las películas en las que salían pilotos de helicópteros. «Se nota que no han volado un helicóptero en su vida, no son creíbles», decía el piloto de dibujo animado.

Yo también sufro algo parecido: no me creo a los tíos con barba que salen en películas y novelas. Pienso: el autor no tiene ni idea de lo que es ser un tío con barba. No es creíble, ese tío no ha llevado una barba en su puta vida, seguro que ni siquiera se tiene que afeitar, que es lampiño. Los tíos con barba estamos hartos de que se nos estereotipe como si fuéramos unos simples tíos con barba. Todas las novelas nos describen como individuos con barba, como si sólo fuéramos eso, como si detrás de la barba no hubiera una persona de verdad, que sufre y goza y sangra si le pinchan.

No, Mandy Patinkin, no nos creemos tu barba, no la llevas con elocuencia, no te la crees, no sientes tu barba.

No, Mandy Patinkin, no nos creemos tu barba, no la llevas con elocuencia, no te la crees, no sientes tu barba.

Por eso me hice escritor, para que los tíos con barba se sientan al fin representados en la literatura. Para que, cuando otro lector con barba se encuentre con mis personajes con barba, piense: sí señor, así somos, este tipo ha ido más allá de la barba, nos entiende porque es uno de los nuestros. Por fin un tío con barba que parece un tío con barba de verdad.

Reduzco al absurdo para dejar clara mi tesis: leer así es lo que Umberto Eco llamaba una decodificación aberrante. Decodificación alcornoque. Realismo mal entendido. Lectura aldeana. Leer como si no se leyera. No entender nada de lo que son la literatura y el arte.

Ejemplo de novela negra magistral y modélica, creadora de escuela literaria más allá del género: los libros de Raymond Chandler. Están protagonizados por un detective privado llamado Philip Marlowe que vive y resuelve crímenes en Los Ángeles. Estos son los tres pecados venales que este tipo de lector le echarían en cara:

Pecado número uno: los detectives privados no resuelven crímenes, no tienen competencias para ello. A un Marlowe real le quitarían la licencia y le meterían en la cárcel si intentara intervenir en una investigación criminal.

Pecado número dos: Marlowe viste una gruesa gabardina con sombrero y camina por una ciudad en la que siempre está lloviendo y la gente lleva paraguas (en Los Ángeles, cuyo promedio anual de precipitaciones es la mitad que el de Sevilla y se celebra la Navidad en manga corta y en la piscina). Lo verosímil (sic) sería que Marlowe llevara camisa hawaiana o guayabera, sandalias y unas gafas Ray-ban.

Así es Philip Marlowe, detective privado.

Así es Philip Marlowe, detective privado.

Así debería ser Philip Marlowe si nos ajustáramos a la realidad.

Así debería ser Philip Marlowe si nos ajustáramos a la realidad.

Pecado número tres: ni los maderos ni los delincuentes hablan como los maderos y los delincuentes de las novelas de Marlowe. Chandler se inventó una jerga hampona y policial sin ninguna base callejera. Se inventó dialectos y sociolectos con expresiones y acentos que no se oyeron en comisaría alguna.

El mundo de Marlowe es, según los parámetros aberrantes de esos lectores, inverosímil. Sin embargo, a muchos nos resulta mucho más creíble que un docureality. Porque el mundo de Marlowe es, efectivamente, muy verosímil. Por eso atrapa, por eso ha creado escuela, por eso funciona literariamente.

Funciona tan bien que, tras el éxito de sus novelas y de las adaptaciones cinematográficas, especialmente las protagonizadas por Bogart, policías y hampones empezaron a imitar su jerga. Expresiones, giros y actitudes inventadas por Chandler para sus novelas se convirtieron en cotidianas en el «mundo real» (sic).

Otro ejemplo: Mario Puzo, El Padrino y las pelis de Coppola. La saga también fue criticada por estereotipar a los mafiosos italianos de Nueva York —y a la comunidad italoamericana en general, siempre a la que salta con los relatos mafiosos—, por crear personajes que tenían muy poco que ver con la mafia real (aunque algunas de sus frases más célebres fueron dichas por capos de verdad, y todos sus personajes están inspirados en delincuentes reales). Sin embargo, cuando se popularizó la serie, los agentes del FBI que escuchaban y seguían a los mafiosos reales de Nueva York, descubrieron que estos imitaban los modales y la forma de hablar de los Corleone. Las pelis les habían influido (y halagado).

Todos los mafiosos quisieron ser como Marlon. Incluso los no mafiosos quisimos ser como Marlon.

Todos los mafiosos quisieron ser como Marlon. Incluso los no mafiosos quisimos ser como Marlon.

Un último ejemplo. Anoche, entre toses y mocos de un maldito e inverosímil catarro, vi en un canal del cable Todos los hombres del presidente, que llevaba muchos años sin ver (sin revisitar, que diría un crítico). La peli sobre el Watergate está basada en un libro de Woodward y Bernstein y pretende transmitir autenticidad (sic). Obviamente, todo en ella está sublimado. Woodward y Bernstein se retratan intrépidos contra el sistema, y el hecho de ser una pareja les permite romper el último tabú del narcisista: la autofelación. Ellos pueden chupársela uno al otro y decirse el uno al otro lo guapos y listos que recíprocamente son.

Que me pierdo, disculpen. A lo que iba es que la peli pretende transmitir una idea muy real del trabajo periodístico, y se pierde en los detalles. La redacción del Washington Post, las mesas de trabajo e incluso las cuartillas pautadas que se utilizaban en los años setenta para mandar los artículos a componer en la linotipia. Todo está documentadísimo, cada detalle insignificante ha sido cuidado para que todos los periodistas digan: es cierto, así se trabaja en una redacción, así son las reuniones de primera plana, así se escribe en hojas pautadas, yo tenía en mi mesa una Olivetti como esa.

Mira, qué realismo: en mi redacción también había mesas y tubos fluorescentes. Cómo lo clavaron, qué bien reflejaron todo.

Mira, qué realismo: en mi redacción también había mesas y tubos fluorescentes. Y una tía que se parecía a Dustin Hoffman y eructaba como un Deep Throat. Cómo lo clavaron, qué bien reflejaron el mundo del periodismo, oiga.

Visto hoy, todo ese detallismo suena ridículo y redundante. No sirve más que para ralentizar la acción y romper el ritmo. Son mucho más interesantes —y el espectador los retiene con más fuerza— aquellos elementos fantásticos o difusos. El aparcamiento donde Woodward se cita con Deep Throat y el apartamento de Woodward (Robert Redford). Estos dos espacios, los que se escapan de la pulsión documentalista y realista (sic), permiten crear una cosmogonía y explican el interés de la película y cómo ha generado su propio universo mitológico.

El apartamento de Woodward me interesa especialmente, porque es un apartamento de un profesional soltero, lleno de papelotes, descuidado y sucio, que refleja el carácter solitario y obsesivo de su morador. Es el apartamento de un héroe, un espacio mítico donde se gesta la leyenda. No es la redacción ni las hojas pautadas ni las máquinas de escribir lo que sedujo a los jóvenes que estudiaron periodismo después de ver la peli, sino el apartamento de Woodward. Los jóvenes que estudiaron periodismo tras ver la peli no querían escribir en hojas pautadas, sino vivir en el apartamento de Woodward y tener la pose trágica, ambiciosa y febril de Robert Redford. Es decir, que persisten los elementos inverosímiles (sic), los genuinamente literarios, los que se imaginó un guionista sin preocuparse de su realismo (o preocupándose de que no se parecieran a la realidad). De hecho, tanto el aparcamiento como el apartamento se han convertido en iconos que se han replicado en el cine y en la televisión, conformando un mito canónico. El apartamento de Woodward en Todos los hombres del presidente es un antecedente del apartamento de Fox Mulder en Expediente X, por ejemplo, al igual que el personaje del Fumador es Deep Throat.

Si las novelas policíacas se parecieran al trabajo policial real, nadie querría ser detective de homicidios. Y si las pelis sobre periodistas describieran fielmente el trabajo en una redacción, nadie se matricularía en una facultad de periodismo. Uno se enamora de Bogart y de Redford, y gracias a ello se hace luego madero o periodista, para descubrir que Bogart y Redford eran solo actores. Buenísimos actores.

Y si Bogart y Redford han conseguido que un montón de chavales quisieran ser polis y plumillas, es porque los relatos que interpretaron tenían una potencia literaria enorme. Y esa potencia residía fundamentalmente en la capacidad de los escritores que los construyeron para generar universos originales al margen (e, incluso, opuestos) de las realidades a las que nominalmente se referían.

Por tanto, son relatos verosímiles. La verosimilitud es la coherencia interna de un relato, no su correspondencia con los detalles de una supuesta realidad. Por eso, tanto las novelas de Tolkien con sus elfos como los cuentos de Lovecraft con sus criaturas abisales son verosímiles. Pretender reescribir el género policial atendiendo a un mal asimilado realismo es como escribir novelas de amor contando la rutina de un matrimonio. Por supuesto que los romances no son como en Romeo y Julieta ni como en Tristán e Isolda. Por supuesto que las relaciones son imperfectas, frustrantes y, a menudo, miserables. Pero, ¿qué quieren, que Romeo y Julieta discutan por quién baja la basura o quién se levanta a acunar al niño que llora? ¿Por qué no le exigimos «verosimilitud» a Shakespeare y sí se la exigimos a Chandler?

La vida imita al arte mucho más de lo que el arte imita a la vida. En este debate sobre huevos y gallinas, la literatura —y por literatura incluyo aquí todos los relatos, cine y tele incluidos— se ha revelado más capaz de influir que de ser influida. Sirve mucho más para imponer nuevas modas y costumbres que para reflejar las existentes. Porque la literatura crea mitos, y los mitos sirven para alimentar nuestras vidas. Preferimos parecernos a un personaje que comprobar que el personaje se parece a nosotros.

No entender algo tan básico es leer con los cuartos traseros.

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