Leo, cortesía de la editorial Sexto Piso, el memoir de Francisco Goldman Di su nombre, un libro de duelo sobre la muerte de su esposa. Me está gustando mucho y le dedicaré un post uno de estos días (como el que le debo al libro de Ben Lerner). Me interesa sobre todo porque confirma mi teoría de que el dolor literario acaba adoptando formas muy parecidas en todos los casos, y de que, cuando la voz se rompe, lo hace siempre hacia la segunda persona del singular. Ahora sólo quiero detenerme en una cita marginal. Aura Estrada, la esposa fallecida de Goldman, era estudiante de literatura latinoamericana en la Universidad de Brown cuando la pareja se conoció, y en ese primer encuentro, la chica le cuenta sus miserias estudiantiles.

El profesor T_ había citado a Aura en su despacho y le había dicho que nunca iba a tener éxito como académica literaria porque le faltaba seriedad. Que era una chica frívola y rica, le dijo, cuyo propósito principal como universitaria era entretenerse.

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Lo insultante del asunto era que Aura no era rica, claro. Estudiaba gracias a la acumulación de exigentes becas completas y su madre (soltera, a efectos prácticos) era una empleada administrativa de la Universidad Autónoma de México que había cogido otros dos trabajos para ahorrar lo suficiente para pagar las matrículas de la licenciatura. Aunque el prejuicio dicte que toda chica latinoamericana que estudia literatura en una universidad de la Ivy League es una pija con ínfulas intelectuales que lee a Borges o escribe poemitas cursis en vez de ir de compras o cazar un marido rico (es, de hecho, el reverso tenebroso del esforzado chico oriental que destaca en una carrera técnica o de ciencias en el MIT), el insulto del profesor T_ era muy grave. Aunque, debido a su misma gravedad, no merecía una respuesta.

He pensado en todos los profesores T_ que me he encontrado a lo largo de la vida. La cantidad de veces que me he enfrentado al prejuicio social por dedicarme al periodismo primero y a la literatura después. Especialmente, cuando el sesgo literario ganaba y eclipsaba al sesgo periodístico. Prejuicios que no habría sufrido si hubiera escogido una carrera científica o técnica, algo serio de verdad y no un pasatiempo para diletantes.

La última vez me pasó con un mensajero. Tuve un problema con la entrega de un paquete e intercambiamos varias llamadas. Una, en tono especialmente bronco. «¿Qué te crees, Sergio —me dijo—, que todos tenemos la vida fácil que tienes tú, que todos podemos pasar las mañanas en casa?». No describiré la discusión, pero sí que le pedí que, ya que yo no había prejuzgado su vida, que no hiciera él lo mismo con la mía. Qué sabía él de la facilidad o dificultad de mi vida.

Había aplicado la lógica: le llevo paquetes con libros a las doce del mediodía y siempre está en su casa, sentadito en su ordenador. Ha de ser, por fuerza, un niño de papá o un potentado. Un marqués o grande de España, al menos.

Hace muchos años, tomando un café con un dirigente sindical al que quería sacar unas declaraciones para un reportaje, empezó a hablar de los problemas de los jóvenes. Para ponerme como ejemplo, me preguntó dónde vivía. En la Magdalena, le respondí (para los no zaragozanos: un barrio popular del casco histórico, muy degradado pero también muy atractivo para el artisteo y lo que la gente de extrarradio se imagina que es la vie bohème). «Ah, claro —musitó con desprecio, como si lo entendiera todo de repente—, eres un pijo de la Magdalena».

Pensé en mi piso compartido sin sofá ni apenas muebles porque no teníamos presupuesto para adquirirlos. Pensé en la vez que mi compañera de piso me llamó para que la ayudara a trasladar un sofá «en buenas condiciones» que había encontrado junto a un contenedor de basura (y me negué, prefería ver la tele —de segunda mano— en el suelo que en el sofá de una anciana recién muerta). Pensé en mi nevera vacía y en el frío que pasaba en aquel sitio sin calefacción. Pensé en cómo tenía que ducharme con cuidado para no inundar el baño porque considerábamos las cortinas de ducha un lujo superfluo, y sonreí asintiendo. Pensé en mi ridiculísimo sueldo de becario sin cotización a la seguridad social. Claro que sí, un pijo de la Magdalena, eso soy yo. Cualquier cosa para confirmar la superioridad working class de aquel sindicalista que, me constaba, vivía en un chalet de tres plantas de un distrito —eso sí— proletarísimo y extrarradiadísimo.

Como el mensajero, el sindicalista había aplicado su lógica: un periodista de un  medio de comunicación opresor, un enemigo de clase (en vez de un trabajador sin derechos susceptible de la protección del sindicato que dirigía), un niñito ocioso que se entretenía dándoselas de Clark Kent en un curro que, probablemente, le había buscado su popó.

Cuando anuncié que me publicaban mi primer libro, mi compañera del curro me miró con suficiencia y, en vez de darme la enhorabuena, me dijo: «Si los letraheridos leyeran más y escribieran menos, habría muchos menos libros malos en el mercado.» No ha sido la única reacción condescendiente o grosera. No ha sido la única que se ha tomado mi vocación literaria como el capricho insulso de un mentecato cursi. Y no todos los que han reaccionado así lo han hecho por envidia (luego descubres que algunos de los que te han despreciado han sido rechazados por editores que te han publicado a ti, por ejemplo). Muchos lo han hecho por convicción.

Ahora, cuando me encuentro con antiguos compis, muchos me preguntan qué hago. Escribir, respondo. Ya, pero, ¿en qué trabajas?, insisten. En escribir, respondo. Y reprimen las ganas de reírse de mí o de acariciarme el lomo con ternura como acariciarían a un perro tonto.

Con la literatura, todo se ha acentuado, como demuestra mi último encontronazo con el mensajero. La literatura es cosa de señoritos. Hay que ser muy frívolo y muy rico para perder el tiempo con semejante soplapollez que, además, por lo visto, no cuesta ningún esfuerzo. Los libros se escriben solos mientras su autor toma daiquiris en batín y mira la prensa deportiva en el ordenador y escupe tuits  en los que restriega su afortunada y muelle vida a los míseros y sufridos currantes del mundo. No me consta que nadie de mi barrio publique obras literarias, aunque sí que he conocido a unos cuantos escritores que crecieron en barrios muy parecidos al mío.

Y todos tenemos una sensación parecida de ser apátridas. Apátridas gustosos y vocacionales, pero apátridas al fin. Porque, efectivamente, la literatura es un mundo de señoritos lleno de chavales salidos de la clase obrera, si es que tal clase existe aún. Y los que venimos del barrio nunca estamos del todo a gusto entre los señoritos, porque entendemos la literatura como una forma de vida y de lectura y no sabemos epatar con ella, no la utilizamos como fuente de citas. Si hablamos mucho rato seguido, se nos empiezan a escapar palabras feas, participios terminados en -ao y anécdotas juveniles que pueden estar un paso más allá de lo sórdido y que no cuentan como boutades excéntricas socialmente aceptables. Sus anécdotas incluyen bibliotecas de los padres, veladas literarias en casas de padres y amigos de padres interesantísimos y brillantísimos, y no entienden que nuestras bibliotecas son nuestras, que no las hemos heredado, que aprendimos a comprar libros desde bien temprano, gastándonos la paga en ellos, porque los que había en casa los leímos de una sentada. Y eso, los que tuvimos suerte y crecimos en una casa con libros. Pero tampoco podemos volver al barrio, porque no sólo no nos aceptarían allí (nunca nos aceptaron, realmente, nunca les caímos bien con nuestros libros y nuestras mierdecillas intelectuales), sino que descubrimos espantados que tampoco es ese nuestro sitio, que dejó de serlo hace tiempo. 

Esto no supone trauma alguno. Está bien ser un apátrida social. Aunque te insulten y te prejuzguen de cuando en cuando. Nadie está libre del prejuicio ni del insulto, así que conviene resignarse a ellos. Lo importante es aceptarse uno mismo y reconocer nuestra condición de vivir en un no-man’s land.

Esto lo expresaba muy bien Javier Pérez Andújar (un escritor que ha hecho de estas reflexiones el material de sus novelas, ambientadas en el extrarradio charnego de Barcelona en el que se crió y del que ha acabado transterrado) en una entrevista en eldiario.es hace unos días:

Y entonces, para mí es tan importante leer tebeos como leer a Proust, es igual de significativo, ambas cosas me han marcado de manera diferente. Y socialmente, pues lo mismo, no puedo ser de los míos, porque con ellos no puedo sentirme identificado, a pesar de que soy consciente de las humillaciones de las que han sido víctimas secularmente. Pero es que, en realidad, en el microcosmos de los tuyos ves que también reproducen las estructuras de poder. Y que la tiranía de la que son esclavos está también dentro de sus casas. Y que te exigen que seas como ellos, y cuando quieres ser como ellos te segregan como te segregan los otros por no pertenecer. En realidad, tampoco le tengo mucho afecto a los míos.

¿Es una tragedia? Ya he dicho que no, que las tragedias son otra cosa. Pero, ¿jode a veces que te asimilen a los pijos? Pues sí, jode. Como jode que en el mundillo literario te hagan de menos por no venir de una casa con pedigrí intelectual. Son cosas con las que hay que vivir. Aunque, a lo mejor, al próximo mensajero que me hable de mi vida fácil, le arreo con el canto de un libro de Proust, en una síntesis perfecta de mis renegados orígenes proletarios y mis melifluas aspiraciones artísticas.

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