«No hay nada más injusto que la generalización, el no distinguir. Llevo muchos años en la vida política, hay muchísima gente en política, la inmensa mayoría, que cumplen su labor de manera digna y son honrados. Nunca aceptaré que se generalicen conductas simplemente porque es la mayor de las injusticias»

Mariano Rajoy
Presidente del Gobierno de lo que queda de España

No escribo mucho de política ni de actualidad, y tiendo a hacerlo cada vez menos porque hay tantas sentinas abiertas, tantos motivos para salir con los machetes por las calles y tanta bilis con ganas de ser vomitada, que uno no sabe ni por dónde empezar ni por qué ha de convertir su propia escritura, tan grata y libre, en el detonante de una úlcera. Pero hay días en que no me puedo reprimir y saco al marrullero tabernario que llevo dentro.

Mariano Rajoy Brey es presidente del Gobierno de un país con seis millones de parados; de un país en el que, en cuatro años, los albañiles han pasado de conducir BMW y veranear en Cancún a suicidarse cuando la policía va a embargarles el piso; de un país que ha pasado en menos de un lustro del Bulli al Banco de Alimentos; de un país cuyos bancos (los del parné) han sido saqueados por chorizos descarados y fascistoides; de un país que exprime a las viejas semiindigentes cuando van a buscar sus pastillas para la artrosis a la farmacia; de un país que indulta a torturadores y encarcela a drogadictos; de un país cuyo jefe de Estado aparece fotografiado con estafadores, políticos corruptos, yernos empalmados y elefantes muertos; de un país que legisla para que las administraciones públicas paguen primero a los bancos y, luego, si queda algo, a los médicos y a los maestros; de un país que no tiene para ambulancias pero sí para nacionalizar bancos que luego se regalarán a los amigos; de un país caciquil y bananero que pronto hará buenos al México del PRI o a la Colombia paramilitar.

Eso, por citar unas poquitas cosas al azar. Y el presidente de ese país cree que «la mayor de las injusticias» (¡la mayor de las injusticias!) es que se generalice sobre la indecencia de los políticos. Que la mayor de las injusticias es que insinuemos o digamos abiertamente que todos los políticos son unos corruptos trincones y miserables. Esa es, repito, la mayor de las injusticias para este señor.

El mundo se hunde a sus pies, en su propio partido, y a este señor sólo le preocupa que lo traten de usted y no le tuteen.

Si esto no es una invitación al tiranicidio, que venga Eurípides y juzgue.

Desde que estalló el tema de los sobres del PP, no hago más que oír que no se puede generalizar, que la mayoría de los políticos son honrados, que no se puede poner en peligro la credibilidad de las instituciones por unas cuantas manzanas podridas.

Con todos mis respetos, caballeros y damas: váyanse a tomar por el orto. Por supuesto que generalizamos. Porque si queda alguien decente en esa sentina, sólo tiene dos alternativas para salvar su decencia: o habla alto y claro o se marcha a su casa y quema la ropa antes de entrar para no contagiar a su familia. Si permanece callado en su despachito esperando a que la tormenta escampe y no le moje mientras cae, es cómplice por omisión. Usted, alcalde de pueblo del PP. Usted, militante de base del PP. Si de verdad es honesto, demuéstrelo, eche de su casa a esa gentuza, limpie bien los rincones, denuncie todo, ayude a la fiscalía. ¿Cómo puede quedarse callado y asintiendo ante los discursitos de Cospedal? Dimitan en masa, no participen en el circo. Si se quedan en sus puestos, calladitos y en orden, son tan responsables del latrocinio como el mismo ladrón.

Y lo mismo vale para los templados dirigentes del resto de partidos. Generalizo, claro que generalizo. Porque, al final, la dignidad es una cuestión individual. Son los individuos quienes, con sus acciones, han de romper la generalización.

Cada vez estoy más convencido de que la única regeneración aceptable y plausible del país tiene que basarse en una ética arendtiana. A todos nos vendría muy bien releer los libros de Hannah Arendt y pensar un poquito en el concepto de la banalidad del mal.

Se entiende bien en qué consiste esta ética analizando un caso del que se ha hablado mucho en los medios estos días: los empleados bancarios que fueron obligados o presionados por sus jefes para que colocaran acciones preferentes a jubilados analfabetos. Ha sido una estafa generalizada y continuada: miles y miles de personas han perdido sus ahorros porque el chico de su sucursal les dijo que los metieran en unos productos financieros complicadísimos con un elevado riesgo. Les engañaron vilmente. Hay casos tremendos, como las víctimas del 11-M que perdieron la indemnización que habían cobrado por la muerte de sus hijos, hermanos, cónyuges o padres. «Me habéis estafado con la sangre de mi hijo», dijo una señora en un reportaje. Una señora que, un día, recibió una carta del banco que le decía que no sólo había perdido el dinero que recibió cuando mataron a su hijo, sino que debía varios miles de euros porque esas acciones ya no valían nada.

Se han conocido las presiones y las técnicas mafiosas que emplearon los bancos para que sus trabajadores colocaran esas acciones a todo el que pasara por la puerta. Algunas cajas amenazaban abiertamente con despedir a los curritos que plantearan algún remilgo ético, se acallaba violentamente al que osaba cuestionar esa práctica o la calificaba de estafa. Le enseñaban la puerta o le hacían la vida imposible. Hay muchas formas perfectamente legales de llevar a un trabajador al borde del suicidio, y los bancos y las cajas utilizaron muchas de ellas.

La conclusión previsible ha sido la exculpación absoluta de los trabajadores bancarios que colocaron acciones preferentes a señores analfabetos a sabiendas de que esos señores, financieramente ignorantes, confiaban plenamente en sus consejos y pensaban que dejaban sus ahorros en buenas manos. Sabían perfectamente que les estaban engañando con trucos de trilero. Pero, claro, lo hacían bajo amenazas de despido, por temor a represalias. El culpable, por tanto, era el banco, su director, sus consejeros, quien quiera que estuviese al mando.

Y es cierto, pero la responsabilidad del capo no excluye la del currito. Escudarse en que uno es un mandao sin voluntad propia que se ve obligado a ejecutar órdenes injustas es éticamente inconsistente. Claro que hay otra alternativa: negarse. Trazar una línea roja y decir que no se va a hacer algo que se considera manifiestamente inmoral. Decir, alto y claro: conmigo no cuenten.

Te pueden despedir. Te pueden pasar muchas cosas, es cierto. Pero ahí es donde reside el valor. Los valientes no son quienes no temen las consecuencias ni los castigos, sino quienes están dispuestos a aceptarlos a cambio de preservar su dignidad.

Es una cuestión compleja, pero Hannah Arendt cree que una generalizada actitud acrítica y profesional (yo soy un mandao, a mí que me registren, yo sólo cumplía órdenes) fue un factor determinante para la instauración del totalitarismo en Alemania. Una sociedad que separa tajantemente lo moral de lo profesional es una sociedad fácilmente tiranizable. Una sociedad que entiende, justifica e incluso promueve la cobardía es perfecta para que la controle y la exprima una cuadrilla de mangantes.

Y seguramente habrá casos de empleados bancarios que no habrán cedido, que  habrán puesto su integridad por delante de su comodidad y que habrán sufrido las represalias y los despidos consecuentes. Pero difícilmente conoceremos sus historias. Porque no hay nada que odie más un cobarde que a un valiente. Un gesto valiente hace al cobarde más miserable, lo pone en evidencia. Así que los cobardes se alían para silenciar y desactivar cualquier gesto de valentía. El valiente se presenta como un panoli, un idiota, un imbécil que no sabe de qué va la vida. Puede que hasta su pareja y su familia lo vapuleen. Nadie entenderá su gesto, nadie estará dispuesto a sufrir solidariamente el castigo con él. ¿Cuántas personas aceptarían el despido de su pareja por negarse a cumplir una orden injusta? ¿Cuántas personas recibirían al despedido con un beso y le ayudarían a buscar otro curro o le dirían que no se preocupase, que se apañarían con su sueldo una temporada? ¿Cuántos padres se sentirían orgullosos de un hijo así y no pensarían de él que es gilipollas?

Los habrá, pero son muy pocos. Los cobardes, para seguir viviendo en su cobardía, necesitan acallar a los valientes, echar sobre ellos toda la mierda que puedan. Su cobardía maquillada de utilitarismo y de posibilismo frente a la idiotez supina con la que pintarán cualquier gesto noble y bravo.

Mientras la cobardía se promueva y se venere, este país no tiene nada que hacer. Mientras los cobardes duerman tranquilos y los valientes sean humillados, podemos seguir sentados viendo cómo se hunde todo. Hasta que, como diría Marx, no tengamos nada que perder, salvo nuestras cadenas. Pero sería muy triste tener que llegar hasta ese extremo. Confío en que saquemos la guillotina antes.

Así que, hasta que los políticos no me demuestren lo contrario, señor Rajoy, voy a seguir generalizando y considerando que, por regla general, con sus actos y con sus palabras demuestran cotidianamente que son unos malnacidos. Todos ustedes.

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