«(…) se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio, y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio.»

Miguel de Cervantes,
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha

Me gusta mucho la nueva serie de moda, The Following, con Kevin Bacon y James Purefoy (actor que ya nos pareció mucho en Roma, donde fue el salidorro Marco Antonio, que se la pasaba siempre en pelotas y cepillándose a toda esclava o patricia que se cruzara por el plano). Aunque el planteamiento es de lo más rancio —asesino en serie y jovencitas gritonas, oh, no—, la vuelta que sus creadores le dan al género es tan vigorosa y refrescante que uno no puede despegar los ojos de la pantalla.

No es de la serie de lo que quiero hablar, sino de algo que he pensado a propósito de la serie. Para ello, tengo que decirles que el malo malote es un profesor de literatura que asesina inspirándose en los cuentos de Edgar Allan Poe. El agente del FBI que lo trincó (porque el tipo está encerrado, a la espera de la muerte, como en El silencio de los corderos, peli de la que The Following bebe más de lo deseable) tuvo que empollarse la obra de Poe para entender sus rituales y, finalmente, cazarlo. Sólo diré eso, que se conoce en los primeros diez minutos del primer capítulo, para que no se me acuse de destrozar sorpresas. Pueden seguir leyendo sin miedo a que les desvele nada más.

En un principio, el juego metaficcional y las referencias literarias son reclamos atractivos para una audiencia sofisticada. O para halagar al espectador, que siente que se le plantea un juego sutil y culto. Y conmigo funciona: la literatura de Poe me ha acompañado desde mis primeros granos de acné, cualquier juego con ella me conmueve y atrae. Poe sigue siendo lo bastante tétrico y oscuro para envolver aún hoy una buena historia de miedo. Y sus seguidores se parecen mucho a una secta con ritos siniestros. Por ejemplo, cada 19 de enero, aniversario de nacimiento del poeta, desde hace más de cien años, alguien coloca una botella de coñac y tres rosas rojas en su tumba. Y la biografía del autor de El cuervo tiene malditismo de sobra para inspirar a toda clase de perturbados, desde su matrimonio con una adolescente con síndrome de Down, hasta esos aterradores delirios alcohólicos que acojonaban a sus amigos, pasando por su miedo paranoico a ser enterrado vivo.

Pero, por encima de lo turbio, prevalece la cultura. Poe es sofisticado, complejo, lleno de un simbolismo cuyo significado sigue debatiéndose. Su literatura es tan atractiva como densa en interpretaciones. No se puede pasar de puntillas sobre ella. Yo no puedo olvidar la primera vez que cogí los dos volúmenes de la traducción canónica de Julio Cortázar (porque Poe ha tenido traductores a la altura de su genio: la primera traducción al francés la hizo Baudelaire) y empecé a leer la historia de William Wilson. Una historia de doppelgänger, un hombre condenado a encontrarse con su doble. Recuerdo la sensación de enfrentarme a algo muy especial, un desasosiego muy perturbador, un cosquilleo que sólo los grandes despiertan en sus lectores. Cuando Poe te toca, especialmente si te toca en los impresionables años mozos, ya no te libras del frío tacto de sus dedos.

Mi amiga Agnes Daroca tiene ahora una exposición en la Universidad San Jorge sobre el cuento de La caída de la casa Usher. Para pintar las láminas, intentó pensar como los personajes de Poe, vivió dentro del cuento y paseó por las desoladas habitaciones de aquella mansión, y no le ha quedado un recuerdo bonito. El resultado han sido unas pinturas negras, escalofriantes (cuyo catálogo, aprovecho para anunciar, va a llevar un texto mío de acompañamiento a las reproducciones).

Sí, definitivamente, hay algo radicalmente turbio en Poe. Su elección como MacGuffin en una serie de asesinos en serie es más que acertada. Pero hay otra cosa que a mí, incluso, me inquieta más.

Porque he pensado en la cantidad de asesinos en serie inteligentísimos que la literatura y el cine han construido. Esos psicópatas refinados que proponen acertijos dignos de una esfinge a los detectives del FBI. Tíos listísimos que, como en The Following, basan sus rituales en obras literarias, en la cábala o en cualquier documento erudito cuyo desciframiento requiere mucho estudio. Y he empezado a sospechar que la reiteración de tanto psicópata culto no puede deberse a una simple estratagema narrativa. No es una cuestión técnica, sino un lugar común que funciona porque explota un mecanismo psicológico muy burdo. Si las historias de asesinos eruditos tienen tanto éxito es porque le están contando algo al público que el público gusta de oír. Un mensaje complaciente con ese público.

¿Qué puede ser?

Si hay una cosa que me gusta de la última novela de Edmundo Paz Soldán, Norte, es que su serial killer es un idiota que roza la subnormalidad. Como muchos otros serial killers de la vida real, que son psicópatas asociales embrutecidos por un aislamiento prolongado. La mayoría no son seductores ni sofisticados, sino degenerados de camisa sucia que viven en cabañas sin ningún libro a mano. ¿Por qué, entonces, tendemos a imaginarnos a estos personajes como refinadísimos y cultísimos?

Porque, en el fondo, sus creadores están jugando con el complejo de inferioridad de una buena parte de la población. Las pasiones obsesivas no están bien vistas en casi ninguna sociedad. Y es lógico que así sea porque, desde un punto de vista social y económico, no son funcionales: si todo el mundo se apasionara tremendamente por algo y dejase de prestar atención a otras cosas, los centros comerciales se vaciarían y nadie vería la tele. El Corte Inglés es rentable porque hay personas indolentes y distraídas que sólo quieren relajarse un ratito.

Hasta las páginas de psicología de los suplementos dominicales instan al relax, a diversificar los intereses, a dejarse llevar y otorgarse a menudo caprichos. Justo lo que no hace alguien apasionado por algo cuya pasión absorbe todas sus energías. Es lo que no hace un letraherido que devora libros, ni un cinéfilo que engulle cine abstracto, ni un medievalista fascinado con un códice, ni un físico teórico aislado junto a una pizarra llena de números y letras griegas. Las pasiones intelectuales se asocian rápidamente con la locura. El lugar común establece una relación de causa-efecto entre los tipos que alcanzan la excelencia en una actividad erudita, intelectual o artística y la demencia.

Es el mito de Fausto y, antes, el del Quijote, que de tanto leer se le secó el cerebro. Cualquier neurólogo sabe que el exceso de lectura no seca cerebro alguno, sino que lo mantiene en forma y retrasa su deterioro, pero mucha gente está convencida de que no es bueno enclaustrarse así, que no es bueno para la salud mental, e instan a sus hijos a que les dé el aire.

Los estudios sobre arte y locura, que son muchos y con muchos enfoques diferentes, siempre establecen que la locura preexiste al arte. Es decir, que nadie se vuelve loco después de leer a Poe, sino que es más fácil que alguien que ya estaba loco, al leer a Poe, manifieste su locura de forma gótica. J. D. Salinger no motivó la muerte de John Lennon. Pero es atractiva la premisa de que sí lo hizo, de que los libros son catalizadores peligrosos que pueden alterar una mente hasta llevarla al crimen. Y es atractiva por dos razones: porque justifica cómodamente la indolencia general (es preferible ser normalito, leer no es tan bueno ni recomendable como dicen) y porque estigmatiza a los apasionados, esas personas a las que nadie entiende.

Porque esta sociedad glorifica el esfuerzo utilitario. Es loable trabajar veinte horas al día si el objetivo es prosperar económicamente. La ambición es buena, se comprende como motivadora para perder en ella la salud y las pestañas si la recompensa final es un ascenso o un chalet en la montaña. Pero pasar veinte horas leyendo sin un objetivo claro no está bien. Convertir una pasión en el centro de una vida es incomprensible. Porque, incluso los ejecutivos más enganchados al curro tienen claro que su vida está fuera de ese curro, que ese curro es algo meramente instrumental, y sus verdaderas pasiones están fuera. Por eso los pubs de la City de Londres, a las cinco de la tarde, se llenan de trajeados dispuestos a beberse y a esnifarse todo lo que pillen con un ansia absurda, porque quieren recuperar el tiempo de vida que creen haber perdido en el banco. Para alguien apasionado, para un escritor o un estudioso, lo que hace y lo que es es lo mismo: no piensa que la vida empieza cuando cierra el libro o guarda el archivo de Word de la novela que está escribiendo.

Lo explica muy bien Gabriel García Márquez en una de las cartas que acaban de editar:

Si lo que estás haciendo te importa de veras, si crees en él, si estás convencido de que es una buena historia, no hay nada que te interese más en el mundo y te sientas a escribir porque es lo único que quieres hacer, aunque te esté esperando Sofía Loren.

¿Cómo se entiende eso? Que no te interese nada más en el mundo. No se entiende si no se siente. Y, lo que no se entiende, se teme. Por eso se pinta a los asesinos en serie con atributos de artista genial, porque, así, se explota un prejuicio generalizado contra Fausto. Porque Goethe (que era un gran fornicador y poco dado a pasar muchas horas en su torre de marfil) nos enseñó que, en su desesperada soledad, los escritores son muy receptivos a los embelecos de Mefistófeles.

En el fondo, el mensaje es profundamente conservador, por eso encuentra tantos oídos receptivos: a todos los que no se han esforzado nunca por nada, a todos los que dejan los libros a medias, a todos los que prefieren Aquí no hay quien viva a Shakespeare. A todos ellos, les dice: tranquilos, estáis en lo cierto, sois normales y sanos. Los perturbados son ellos. El infierno, como siempre, son los demás. Vosotros estáis bien, son ellos los infelices.

Y así se calma la inquietud que producen los que son diferentes y actúan movidos por pasiones difíciles de entender.

Pero conviene recordar que casi todos los asesinos en serie, en realidad, son lerdos que no acabaron la educación obligatoria.

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