Supongamos que todo es un montaje. Supongamos que alguien se ha inventado esos papeles para hundir al gobierno. Supongamos que ningún cargo del PP ha cobrado ni un euro en negro y que el partido no ha recibido trinques de ningún empresario. Supongamos que la actuación de todos los dirigentes populares ha sido pulcra, legal y ética.

Incluso aunque así fuera. Incluso aunque un tribunal de justicia demostrara en una futura sentencia la inocencia de Rajoy y de sus colaboradores más allá de cualquier duda razonable, incluso aunque hubiera dicho la verdad en su so-called discurso de hoy, el presidente del Gobierno debería dimitir. Primero, de su cargo como presidente del Gobierno (firmando el decreto de disolución de las Cortes Generales y la convocatoria de elecciones) y, después, como presidente del Partido Popular.

Porque, aunque sea inocente, aunque no sepa nada de todo este follón, la acción política no se reduce a una cuestión legal. El viejo tópico de la mujer del César y ser honrado y parecerlo. Las sospechas que hay sobre Mariano Rajoy son demasiado graves y demasiado consistentes como para permitirle seguir gobernando. Si tuviera un resto de decencia, si le quedara una pizca de la responsabilidad de la que tanto presume tras su espesa y solemne barba decimonónica, debería hacerse a un lado. La batalla para demostrar su inocencia (si se diera el caso) debería librarla fuera de las instituciones, en su casa. Que asuma que su carrera política se ha hundido. Cada minuto que pasa en el cargo, la ya muy blandurria solidez de la democracia española se deshace un poco más, convirtiéndose en un moco autoritario y pestilente.

Es un precepto básico: no se puede gobernar un país si una buena parte de los gobernados sospechan o creen que el gobernante es un chorizo. Aunque no lo sea. Porque ha perdido toda su credibilidad y toda su legitimidad para impulsar ninguna acción legislativa o ejecutiva.

Cada minuto que Mariano Rajoy sigue siendo presidente del Gobierno, el Partido Popular se envilece un poco más y España hiede más fuerte. Tenía razón en una cosa de su discurso: este país va a ser inhabitable.

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