Hablemos de otras cosas, que bien está que nos roben el dinero y regalen los hospitales a Sanitas para que nos muramos en la calle como perros (peor que perros, que a este paso van a tener una atención sanitaria mejor que la nuestra), pero no deberíamos consentir que nos roben también la voz y el discurso. Yo, al menos, no estoy dispuesto a dejar de escribir de lo que me gusta y como me gusta, aunque lo que me pida el cuerpo sea poner en marcha la guillotina eléctrica. Lo que para muchos es un acto de evasión o una dejación de responsabilidades sociales en esta hora grave, para mí es una afirmación necesaria. Un no pasarán en tono menor.

Hablemos de libros. Voy a dedicar unos cuantos posts a hablar de libros (además, algunos de ustedes han echado en falta recomendaciones literarias: pues se van a hartar). Empiezo por una novelita seudointelectual que se lee sola y con sumo placer: Saliendo de la estación de Atocha, de Ben Lerner. Edita Mondadori, es novedad recién salida de imprenta, con portada bien chingona (discúlpenme, pero estoy leyendo una novela mexicana desbordada de mexicanismos y la semana pasada me emborraché con dos mexicanos, y como soy medio lelo, me da por ponerme mexicanote).

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Así empieza esta novela, como se ve en la portada: el prota-narrador vive en una buhardilla de la plaza Santa Ana de Madrid y desayuna en el tejado. Es un poeta norteamericano que disfruta de una beca de un año en Madrid. Se la dieron por un proyecto que presentó sobre poetas de la guerra civil, pero enseguida descubrimos que no sólo se la soplan los poetas de la guerra civil y la guerra civil misma, sino que tampoco los ha leído ni quiere hacer nada con ellos. Lee a Lorca, eso sí, y samplea sus versos en un extraño método creativo del que saca sus propios poemas. Pero nada más. El resto del tiempo lo pasa en el Prado, fumando porros y fingiendo que entiende lo que le dicen cuando le hablan en español. Como asiente y calla, todos le consideran un ser profundo, un artista denso e inescrutable.

La novela combina un ritmo muy ágil con una vocación metaliteraria o metadiscursiva muy marcada que motea las páginas con pequeñas pepitas de pensamiento muy agradables. Como tiene que ser el pensamiento en la ficción: ideas sugerentes, suspiradas o susurradas más que enunciadas, silbadas, incluso, como si el narrador se quitara importancia intelectual. Ya están los ensayistas y los catedráticos para darse coba a sí mismos con mucha sintaxis subordinada. Un buen novelista sugiere, no adoctrina; conversa con el lector, le guiña un ojo o le pasa el porro, nunca se agarra al atril y le sermonea. Porque un novelista escribe para un lector individual, de tú a tú, mientras que un catedrático de metafísica escribe para un auditorio. Un novelista quiere seducirnos, emborracharnos para abusar de nosotros, mientras que el señor catedrático quiere inocularnos una verdad, que nuestra mente se tiña con la suya. Por eso es mucho más grato y sienta mucho mejor el pensamiento que viene en cómodas dosis novelísticas.

Saliendo de la estación de Atocha empieza con una visita al museo del Prado y una reflexión sobre los vigilantes de los cuadros. Lo que comienza siendo una ocurrencia, crece frase tras frase hasta convertirse en una tesis sobre la sacralización del arte y la impostura de una sociedad que dice ensalzar lo que en la práctica ningunea. Los mayores expertos en los cuadros son los vigilantes del museo, dice Ben Lerner. A ellos habría que preguntarles, ellos son la fuente de conocimiento más fiable.

El tono de comedia domina todo el libro, aunque haya un fondo levemente trágico (si la tragedia puede alguna vez ser leve). Lerner habla de la impostura intelectual, de cómo las convenciones sociales nos han embotado los sentidos hasta el punto de no saber distinguir el arte del ruido. Confundimos lo sofisticado con lo afectado, y lo complejo con lo esnob. Y, así, un montón de supuestos artistas vacuos y mediocres logran ser escuchados como profundos visionarios cuando en realidad no dicen nada o lo dicen tan mal que sólo deberían ser motivo de burla.

Todo ello, con la dificultad de entender y hacerse entender en una lengua extranjera. La condición de extranjero del narrador le coloca en una situación de privilegio para detectar las imposturas y para aprovecharse de ellas también (haciéndose pasar por alguien más sofisticado y profundo de lo que en realidad es, porque sus pensamientos, en su limitado castellano, suenan más misteriosos y sugerentes que cuando los dice en inglés). Los problemas de traducción se convierten en una metáfora del farisaísmo cultural en el que vivimos.

Aunque ese es el eje conceptual del libro, me interesa también mucho un axioma que se plantea hacia el final: que el arte no puede existir sin intuición. El narrador no está nada seguro de que sus poemas valgan el papel en que los escribe, pero al final le hacen entender (más o menos) que son buenos, que su arte es poderoso e interesante, que merece ser leído. Y es precisamente la inconsciencia lo que los hace valiosos, mientras que los poetas y artistillas fatuos que hemos visto en otras páginas son ridículos y prescindibles por su exceso de autoconsciencia.

Pero esto es el jugo del libro, lo que yo saco al exprimirlo un poco. No se asusten, que no muerde con sus dientes metaliterarios. Lo he dicho al principio y lo repito aquí: se lee en medio suspiro, es una prosa fluida, grata y, en ocasiones, incluso saltarina. Con muchísimo humor, equívocos e ironía. Y, además, se nota que el autor tiene caladísimos a los españoles. Hay un ruido de fondo lleno de sabiduría, rico en referencias culturales pop ibéricas (Almodóvar, por ejemplo, a quien no se nombra pero cuyo cine está aludido e incluso levemente parodiado con un punto de mala leche). La España que retrata refuta el romanticismo taurino de Hemingway, hasta el punto de que el país y la ciudad acaban siendo anecdóticos. La historia se aguantaría igual de bien en Tokio o en Mombasa. Y precisamente por eso, el Madrid de Ben Lerner es mucho más Madrid que todos los Madrides recreados por los escritores norteamericanos. Al vaciar Madrid de los tópicos literarios de Madrid nos queda un escenario reconocible y verosímil. Auténtico, que diría un esnob. Y ambientar una novela en una ciudad extranjera sin que las páginas desprendan un tufote rancio a folclore y a exotismo de garrafón tiene mucho mérito. Aunque, en el fondo, hay una regla muy sencilla para comprobar si lo estás haciendo mal. Una regla que deberían seguir todos los escritores: si la ciudad de tu novela se parece en algo a la ciudad descrita en la Lonely Planet, la estás cagando. Bórralo todo y empieza de nuevo. No he leído la Lonely Planet de Madrid, pero estoy convencido de que el Madrid de Lerner no se parece nada al de la guía.

Y esta es mi recomendación literaria del día. Mañana o pasado, más.

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