«Imaginemos un mundo sin instituciones. Es un mundo en el que las fronteras entre países parecen haberse disuelto, dejando un único paisaje infinito por donde la gente viaja buscando comodidades que ya no existen. Ya no hay gobiernos (…). No hay escuelas ni universidades, ni bibliotecas ni archivos, ni desde luego televisión (…). No hay trenes ni vehículos a motor, teléfonos ni telegramas, oficinas de correos, comunicación de ningún tipo excepto la que se transmite a través del boca a boca.

No hay bancos, pero esto no constituye una gran adversidad porque el dinero ya no tiene ningún valor (…). Aquí nada se produce (…). No hay comida (…). Los bienes sólo pertenecen a aquellos lo bastante robustos para aferrarse a ellos y a los que están dispuestos a defenderlos con su vida. Hombres armados deambulan por las calles, cogiendo lo que quieren y amenazando a cualquiera que se interponga en su camino. Mujeres de todas las clases y edades se prostituyen a cambio de comida y protección. No hay vergüenza. No hay moralidad. Sólo la supervivencia.»

Keith Lowe,
Continente salvaje

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No es una distopía postapocalíptica. No es una novela de Cormac McArthy. Es historia. La nuestra. Reciente. Todavía vive gente que recuerda aquello. Sucedió en Europa los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial, entre 1944 y 1949), y un historiador, Keith Lowe, lo ha estudiado a fondo, descubriendo un continente salvaje, título meramente descriptivo.

Soy seguidor de The Walking Dead (acaba de empezar la segunda parte de la tercera temporada, genial), y el fin del mundo lleno de zombies en que se basa la serie parece un patio de recreo amable al lado de la realidad que se retrata en este libro de historia. Maravilla que de aquellas ruinas y aquellos páramos llenos de cadáveres resurgiera un continente próspero, pero también impresiona la magnitud de la destrucción, que los desastres que ni siquiera los guionistas de una serie de zombies se atreven a imaginar sucedieron amplificados. Esta Europa que parece que se nos hunde otra vez. Esta Europa que tantas veces se ha devorado a sí misma y que se acusa a sí misma de ser burguesa y aburrida. Bendito aburrimiento. Cuando a los europeos nos da por divertirnos y ponernos románticos y pasionales, llegamos hasta el final. Nuestras orgías son de talla Armagedón.

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