No me gusta la metáfora de la corrupción. En general, detesto los símiles biológicos. Porque, aunque la corrupción política esté recogida como acepción en la mayoría de los diccionarios (es la cuarta del DRAE), se trata de una metáfora que ha devenido lugar común y, por tanto, se ha incorporado al repertorio de significados de la palabra. En realidad, es parte de una metáfora mayor, la que asimila un sistema político a un organismo biológico que puede, por tanto, pudrirse. El símil es muy imperfecto porque ignora el hecho de que los organismos biológicos sólo se pudren cuando están muertos. Por tanto, para encontrar corrupción o podredumbre en un sistema político, hay que tomar como axioma que el sistema está muerto.

Y puede que así sea, pero aceptar la metáfora con todas sus consecuencias puede ser peligroso. Por eso, yo creo que falla la metáfora, que no es correcto comparar sistemas políticos con organismos biológicos. Sobre todo, porque es una comparación muy fácil y recurrente, y las comparaciones fáciles y recurrentes casi siempre son falaces. Sirven para ocultar la complejidad en lugar de subrayarla. Y la función de una metáfora es bucear en lo complejo, no aplastarlo y hacerlo aparentemente comprensible de un vistazo. Eso ya lo hacen los refranes y los dichos populares, perfectos fabricantes de ignorancia.

Si aceptamos que el sistema se pudre porque está muerto, concluiremos fácilmente que de nada sirve cortar las partes podridas, puesto que la putrefacción es un proceso irreversible. Hoy por hoy, sólo podemos ralentizarlo con frío industrial, pero ni los más potentes congeladores logran detener la corrupción de plantas y animales muertos. Por tanto, si el sistema está muerto y tarde o temprano se va a pudrir por completo (la rapidez con que lo haga dependerá de la calidad y potencia de nuestro congelador), lo mejor será enterrarlo o incinerarlo y comprar otro vivo y joven.

La metáfora de la corrupción lleva irremediablemente a la tabula rasa. Hay que limpiar y desinfectar a fondo para eliminar todo resto de podredumbre. Y es ese proceso de limpieza y desinfección el que debería preocuparnos. Cuando nos ponemos a echar lejía por los rincones, deberíamos vigilar quién maneja el bote, no vaya a ser que, en su celo higiénico, acabe tirándonos la lejía a los ojos. Puede que los limpiadores, obsesionados por su higienismo, vean bacterias o larvas de insectos en sitios donde nunca los hubo. O que crean que sus vecinos son agentes patógenos. O sus amigos. O sus propios padres.

Uno empieza pasando un poco el plumero y acaba utilizando la cámara de gas como solución final al problema de los gérmenes.

Todos los movimientos populistas y nacionalistas surgen de metáforas biológicas. Desmontando la metáfora, se desarma toda su argumentación, porque está sostenida sobre un tópico falaz: que los países y las naciones son cuerpos vivos. Todos los movimientos populistas y nacionalistas han surgido de un ánimo higienista: estaban convencidos de que sus países se habían corrompido o habían sido corrompidos, y su acción política iba dirigida a eliminar el cuerpo podrido y limpiar a fondo para empezar de cero. Al Imperio Otomano se le empezó a llamar en el siglo XIX el enfermo de Europa, y toda su historia se reescribió en términos de agonía, muerte y putrefacción. Falange Española creía que España estaba infectada de bacterias inmundas que había que exterminar a tiros. El nacionalsocialismo es el ejemplo extremo y, hasta el momento, no superado, de la obsesión política por la pureza y la limpieza.

Yo desconfío de los puros por principio. Como dijo el inolvidable Gutman de El halcón maltés, encarnado por el homérico Sidney Greenstreet: «Desconfío de los abstemios; si no beben es porque tienen miedo a no saber lo que dicen, y si tienen miedo a no saber lo que dicen es porque tienen algo que ocultar». Cuando se repite aquello de que Karl Marx no fue marxista (y algo de verdad hay), se justifica casi siempre en que Marx no fue lo que se dice un moralista, como sí lo ha sido el marxismo como movimiento político. Marx era un polígamo, fornicador compulsivo, borrachuzo, desordenado, trasnochador y de genio imprevisible. Sus seguidores han sido monjes esforzados que seguramente no habrían aprobado las risotadas que Engels y él se echaban a las tantas de la madrugada mientras se fumaban una caja de puros (de los de tabaco, aunque quizá también se fumaron a algún puro de corazón y de alma). Yo me quedo con Marx y sus humanísimas contradicciones antes que con Lenin y sus contundentes y robóticas certezas. Los higienistas, los que combaten la corrupción, son más de Lenin que de Marx.

Se entienden y se comparten la indignación y el hartazgo. ¿Cómo no estar encendido de furia y rabia con todo lo que está pasando? ¿Cómo vamos a reprimir las ganas de salir a la calle y gritar y lo que surja? Pero yo me cuidaría de quienes prometen redención y limpieza y no aceptaría la metáfora biológica. Prefiero concebir mi mundo como un conjunto de convenciones que se pueden alterar o sustituir por otras antes que como un irreversible sistema que sólo se puede aceptar o suprimir. La porquería de hoy puede dar asco, pero la higiene del futuro puede dar miedo.

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