Creía que iba a llorar cuando el mensajero trajera la caja con los ejemplares, como lloré cuando mi agente aceptó la oferta que Mondadori hizo para publicar el manuscrito. Creía que abrazaría al repartidor, que me temblarían las manos al abrir la caja y que sufriría todo el repertorio emocional previsible. Pero no, me lo tomé con mucha calma. Y me extraña, porque todo lo relacionado con este libro me ha destrozado los nervios desde que las editoriales empezaron a interesarse por él.

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Cuando comencé a llenar de inconsistencias un documento de Word en un Einstein Kaffee de Berlín, mientras Cris combatía su pena paseando y yo prefería destrozar las teclas del portátil e ignorar la ciudad en la que habíamos ido a olvidarnos de todo sin dejar de recordar a cada instante, no imaginaba que ese texto acabaría encuadernado en rústica con el número 519 de Literatura Mondadori. Ni siquiera sabía que acabaría siendo un libro. Aunque la segunda tarde que me senté en el mismo sillón del mismo Einstein Kaffee y percibí una sonrisa de reconocimiento en la camarera, ya tenía claro que mi escritura no era compulsiva, que estaba haciendo algo con ella. No sabía muy bien qué, pero algo necesario, legible y comprensible por otros. Algo absolutamente fundamental para mi supervivencia.

Con las semanas y los meses, ese documento de Word se convirtió en «el libro de Pablo». Estaba guardado en una carpeta que ponía «Pablo», y tanto Cris como los amigos y mis padres y mi hermano se acostumbraron a oír hablar del «libro de Pablo». Voy a trabajar un rato en el libro de Pablo, decía después de desayunar. Está en el ordenador, trabajando en el libro de Pablo, explicaba Cris a alguien que llamaba por teléfono. Te quiero pasar una cosa, a ver qué te parece, es el libro de Pablo, le decía a mi agente. Nunca nos referíamos a él por ninguno de los dos títulos que tuvo. Incluso cuando ya era La hora violeta (el título se me apareció también fuera de casa, en una librería de Londres, los viajes siempre le sientan bien a mi escritura) seguía siendo «el libro de Pablo».

Pero era mentira. Todos sabíamos que era mentira. No era el libro de Pablo. Nunca fue el libro de Pablo. Es el libro de Sergio. Habla de mí, nunca habló de otra cosa que no fuera yo mismo. Habla tanto de mí que ya no me entiendo sin él, se ha convertido en mi forma de estar en el mundo.

Si para cualquier escritor es un privilegio y un honor firmar un contrato con una editorial grande en la que te sientas apreciado, para mí lo es elevado a la enésima. Porque no están valorando sólo mi discutible talento literario, sino la dimensión de mi dolor. Lo convertí en literatura porque no sabía qué otra cosa podía hacer con él, y si alguien se emociona leyéndolo, está refrendando mi amor por mi hijo.

Al abrir la caja con los ejemplares justificativos, he cerrado algo que abrí una tarde berlinesa en un Einstein Kaffee. Y aunque hoy sé que nunca fue «el libro de Pablo», su presencia física, sus páginas, su cubierta y su faja rosa es todo lo que he colocado en el hueco de su ausencia, lo que mejor encaja en su molde. No es su libro: en cierta forma, es él mismo. Lo que fue y lo que será siempre.

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