Leo en el comienzo de Limónov, de mi admirado Emmanuel Carrère:

«Las personas que portaban las pancartas y las velas eran los huérfanos, los viudos y las viudas, los padres que habían perdido a un hijo, algo para lo cual, al igual que en francés, no existe una palabra en ruso.»

Cuando lean la primera página de La hora violeta entenderán cómo me ha emocionado esta frase. En español tampoco existe esa palabra para nombrar a los padres que han perdido a un hijo. Y yo me pregunto: ¿habrá algún idioma lo bastante cruel como para haberla inventado? Un idioma entre cuyos hablantes sea tan común el hecho de que los padres vean morir a sus hijos que se haya considerado necesario acuñar una palabra para designarlos. ¿Dónde está ese país y qué mierda de vida viven sus ciudadanos? ¿Merece ser hablado un idioma que consiente tales palabras? Porque nombrar es aceptar. Lo que no se nombra, permanece rechazado, inconcebible, fuera de cualquier previsión.

Por lo demás, lo que llevo leído de Limónov, trés bien. Ya contaré.

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