Hay que reconocerle una cosa a este fascista: sólo ama, y sólo ha amado siempre, a las minorías. Los flacos contra los gordos, los pobres contra los ricos, los cabrones que admiten serlo, los raros contra los virtuosos que son legión, y por errática que parezca su trayectoria, posee una coherencia que consiste en haberse puesto siempre, absolutamente siempre, de su lado.

Emmanuel Carrère, 
Limónov

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En un momento de Limónov, Carrère se pregunta si su héroe mató a alguien alguna vez. Le pregunta directamente, y él responde que en la guerra disparas a bulto sin mirar dónde disparas y los cuerpos, a lo lejos, caen. Es imposible saber si caen por tus disparos o por los de al lado. Carrère sospecha que sí, que ha matado y que, además, está orgulloso. Le dio subidón, completó su experiencia de guerrero balcánico. Y sospecha también que, ante otro interlocutor, quizá se vanagloriaría de ello. Pero él es un escritor francés que escribe una biografía suya para el público francés, y Limónov sabe que el público francés es moralista. Acepta sus jeremiadas y sus bravatas fascistoides como provocación chic, pero no aceptaría a un asesino.

Eso piensa Carrère, pero yo creo que sí, que un asesinato le daría aún más morbo. Los chicos malos, cuanto peores sean, más nos gustan.

Los lectores franceses —tomándolos en conjunto como epítome de civilización burguesa— son como las niñas bien de las novelas de Marsé: para las placas de las avenidas y los bustos de las plazas, prefieren al escritor virtuoso y probo ciudadano; pero, para la lectura disfrutona de verdad, prefieren a hampones, chuloputas y malhablados. Como Céline. Como Genet. Aunque el busto de la plaza sea siempre para Victor Hugo y Alejandro Dumas. De la misma forma que las niñas bien de las novelas de Marsé acaban casándose con un abogado amigo de la familia de-toda-la-vida, pero lo que de verdad les pone cachondas es que Manolo el Pijoaparte les susurre guarradas al oído con acento andaluz mientras mete sus morenos dedos callosos por debajo de sus bragas.

Carrère no es distinto al lector francés medio (o español, europeo occidental, si quieren). De hecho, Carrère adopta en este libro el papel de buen chico apocado cuyo concepto de la aventura y el peligro es perder el último metro y tener que volver andando a casa desde un barrio con muchas tiendas árabes. Subraya su punto de vista y, a la vez, pone al lector en su sitio: contemplamos a Limónov desde la comodidad de nuestro salón, saboreando quizá un gintonic y con el termostato a 21 grados. Pero Limónov está ahí fuera: pasando frío en Rusia, haciendo flexiones en un gulag helado, durmiendo al raso en Harlem, buscando desesperado a su mujer ninfómana y alcohólica. Observamos su vida como los lectores de Julio Verne y de Alejandro Dumas contemplaban la de los héroes de sus novelas: con envidia y rencor. Limónov es un pirata de La isla del tesoro, un conde de Montecristo, un capitán de quince años, un piloto del Danubio y un mosquetero viejo sin pensión obligado a emplearse de sicario.

Pero Limónov es (ay) real. Por eso no responde a la pregunta sobre si ha matado alguna vez a alguien. Porque sabe que lo que se perdona y entiende en la ficción supone una condena en la realidad.

Limónov, para quienes aún no lo sepan, es un ruso aparentemente loco. Se hizo famosete en el underground moscovita de la era Brezhnev (sí, amigos, hubo una cultura underground y fanzinera en la URSS, yo también acabo de enterarme), emigró a Nueva York en 1974 y quiso convertirse en un nuevo Henry Miller. De hecho, la vida que llevó en el Nueva York de la Velvet y la Factory es muy parecida a la que narró Miller en Sexus, Nexus, Plexus. Sablazos, indigencia, promiscuidad, sodomía y literatura autobiográfica que ninguna editorial quiere. Hasta que un editor loco de París le compra en 1980 su primer libro. Y emigra a Francia. Y triunfa. El título: Al poeta ruso le gustan los negrazos.

Un ruso brutote que escribe a lo bestia en plena moda punk. Un ruso brutote que se ríe de los rusos exiliados de la URSS y lanza vivas a Stalin en las veladas literarias de París. Lógicamente, un tipo destinado a seducir a los lectores franceses y al mundillo intelectual. Sedujo a Carrère, que entonces era un pijo letraherido que soñaba con convertirse en el nuevo Proust y empezaba a publicar cositas.

Limónov, por supuesto, se cagaba en Proust. Y eso, a los proustianos, siempre les ha puesto cachondos. A las beatas del pueblo también les entran sofocos y risitas cuando don Anselmo se caga en la hostia consagrada y eructa en misa.

Tras unos años de éxito, Limónov pasa de moda y la gente se olvida de él. Hasta que aparece en un documental de la BBC, filmado en un rincón perdido de Yugoslavia, junto a un general serbio, pegando tiros con una ametralladora que apunta a las líneas croatas.

Las monjitas y los proustianos ya no se ríen con Limónov. Porque entienden que Limónov no era un provocador, que su fascismo no sólo era retórico. Que el tío iba en serio cuando decía que quería cargarse a media humanidad. No eran boutades para escandalizar a señores de levita y monóculo.

En realidad, lo que hacen las monjitas, los proustianos, Carrère y usted mismo es dejar de reír en público. Limónov ya no es el perejil de ninguna salsa, pero hay quien le admira aún más. O le envidia. Eso sí, en privado, como quien mira pornografía. Porque, en una vida apoltronada y abotargada, él es un superhéroe nitzscheano, un aventurero, un hombre de acción. Descarga sin control toda la testosterona que reprimen tantos y tantos hombres castrados en tantas y tantas aburridas y decadentes ciudades europeas.

A Carrère le mola Limónov. Hace esfuerzos por detestarlo, pero no puede. Porque, en el fondo, le envidia: no se ha contentado, como él, con leer y escribir literatura, sino que se ha convertido a sí mismo en literatura. El propio Limónov es la mejor obra de Limónov, su mejor novela.

No sé si Limónov es un fascista, pero sí sé que el fascismo está hecho de gente como Limónov. Limónov es D’Annunzio marchando hacia Fiume.

A mí me ha seducido Limónov. Tengo sangre en las venas, a mí también me molan los chicos malos. Para una noche, aunque sólo sea. Pero una buena noche. Bestia, guarra y demencial. Aunque a la mañana siguiente prefiero volver al calor de mi hogar y desayunar zumo de naranja recién exprimido, porque sé que los Limónov del mundo desayunarán arenques rancios y se vestirán con la misma ropa sucia del día anterior. Para eso inventaron la literatura, para que no acabemos todos como Limónov. Pero necesitamos que haya Limonovs para seguir creyendo en la literatura.

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