Esta tarde, a las 20.00, presento La hora violeta en el Teatro Principal de Zaragoza, acompañado de Miguel Mena, en un acto organizado por la librería Los Portadores de Sueños. La entrada es libre, como la mayoría de ustedes sabe ya, y están sobradamente invitados.

La hora violeta, como casi todo lo que escribo, viene con banda sonora. Podríamos editar un disco con las canciones que suenan en el libro. En lugar de eso, y mientras hacemos tiempo para la que va a ser una hermosa presentación (pues el amigo Mena se lo curra mucho y sabe usar su magia buena de locutor radiofónico), les pincho en este post algunas canciones importantes que aparecen en varias partes. Es la BSO de La hora violeta. Como ven, no son canciones para bailar ni para animar una fiesta. Casi todas son tonadas para degustar en soledad y llorar tranquilamente, sin reproches ni vergüenzas.

1 // Saskatoon Tonight / NQ Arbuckle

Saskatoon Tonight

(Ojo: el icono del play es un link que remite al archivo mp3 de la canción en el Myspace de NQ Arbuckle. Al pincharlo, sales del blog)

La segunda parte de La hora violeta se titula «La noche de Saskatoon», que fue, a su vez, uno de los primeros títulos que barajé y acabé desechando. NQ Arbuckle es un songwriter canadiense y la canción pertenece al álbum Let’s Just Stay Here, firmado a dúo con Carolyn Mark. NQ Arbuckle tiene una voz levemente rasgada, levemente cálida, levemente leve. Me ha acompañado tantas veces, que la ciudad de Saskatoon que retrata en esta canción, convenientemente descontextualizada, devino metáfora del deseo. Un deseo cernudiano, dolorosamente anclado en la realidad.

2 // The Streets of Laredo / Johnny Cash

Cash grabó varias versiones de esta canción a lo largo de su carrera, pero la mejor, la que suena en La hora violeta, es esta, que pertenece a The Man Comes Around, de 2002. Guitarra, voz y unos toques de piano y violín muy sutiles. Sin arreglos, sin coros, sin apenas producción. Cruda y crepuscular, con la rotísima y ancianísima voz del hombre de negro, convertido ya en leyenda de sí mismo. Es una canción popular cuyo origen se remonta al siglo XVIII en Inglaterra y que viajó en el XIX a América, donde la letra fue cambiando hasta ubicarse en un pueblo de Texas fronterizo con México y acabar protagonizada por un cowboy herido al borde de la muerte que imagina su propio entierro. Un extraño e inconsolable canto fúnebre que me hace llorar con mucha frecuencia. Si por casualidad suena en el coche, a veces tengo que buscar un sitio donde parar.

3 // Sylvia Plath / Ryan Adams

Hay mucho Ryan Adams en este libro, pero para esta sesión elijo sólo un par de canciones. Sylvia Plath me ha acompañado desde que publiqué mis primeros cuentos. Fue la banda sonora de Malas influencias. La Sylvia Plath de Ryan Adams es tan triste e inconsolable como la mía. Ambas dejan caer «cigarette ashes on her drink».

4 // Come Home / Ryan Adams

Esta canción no aparece citada en La hora violeta porque se editó después tras la muerte de Pablo, pero ha acompañado la escritura y siento que su espíritu se engarza perfectamente con la última parte del libro. Habla de volver a casa, a una casa construida piedra a piedra. La metáfora de la casa, del hogar al que volver, es una constante en la poética de Ryan Adams, y es una de las cosas que lo hacen tan especial. La mística de la música popular habla de fugas, de volar libre, de escapar a la planicie, de noches al raso. El vagabundo como ideal frente al burgués como enemigo. Sin embargo, Adams busca una casa a la que volver, siempre anda reclamando un refugio, un lugar en el mundo. Sus viajes son siempre de vuelta, nunca de ida. Por eso me llega tanto esta canción, porque La hora violeta ha sido para mí un viaje de regreso.

5 // Apágalas / Leño

El diablo le decía a Don Juan en la novela de Gonzalo Torrente Ballester que nadie puede huir de la música que sonó en su infancia y juventud. No importa lo mucho que se refine o cambie el gusto en los años adultos, cada cual encuentra la perfecta expresión a sus sentimientos más hondos en la música que mamó. Quien tuvo la suerte de nacer en una casa donde se escuchaba a Mahler, encontrará consuelo en Mahler, y quien tuvo la desgracia de nacer en una casa donde se escuchaba a Julio Iglesias, llorará cual perro pavloviano ante el más ñoño y almibarado de los boleros. Yo crecí con el rock and roll primario y guitarrero de Leño, y creo que es la única banda sonora de mi infancia que me sigue acompañando hoy. La compartía con Pablo, en transfusión generacional, y la comparto ahora con Daniel.

6 // I Wonder Who / Rory Gallagher

No puedo citar a Leño o a Rosendo sin mencionar al padre musical de Rosendo, el bluesman irlandés Rory Gallagher. En realidad, en el libro no hablo tanto de Rory Gallagher como de su puto hígado necrosado. Gallagher se mató bebiendo. Bebió whisky hasta reventar, y los trozos de su hígado podrido se insertaron en la leyenda del rock. Una leyenda de muerte, radicalmente atemporal y ajena a las modas.

7 // Feelin’ Alright / Grund Funk Railroad

Se pueden imaginar la paradoja de que una canción titulada así suene en un libro de enfermedad y duelo. Saquen sus propias conclusiones. Esta es la versión de Grund Funk Railroad. Una de las muchas que se han hecho de este tema original del grupo inglés Traffic. Me gusta la de Grund Funk por las mismas razones por las que me gusta casi toda la música que me gusta: por primaria, sucia, distorsionada, poco elegante y sin afeitar.

8 // Victor Jara’s Hands / Calexico

Hay en Barcelona un garito que se llama Caléxico. Una escena de La hora violeta transcurre en él, entre la borrachera y la desilusión al descubrir que el nombre del bar no se debe al grupo de Tucson, Arizona, que tanto me gusta. No suena Calexico en Caléxico, pero yo sí hablo de esta canción en la novela.

Cuando lean La hora violeta, si es que la leen, piensen en estas canciones y en cómo se emplastan en sus páginas.

Nos vemos esta tarde. Si ustedes quieren, claro.

invitación LA HORA VIOLETA
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