Sucedió en Las Vegas, durante un brunch dominical. Un fucking brunch dominical. Estábamos en Las Vegas, así que había que tomar un brunch dominical, que es una horterada indigesta. Pero, si no estás dispuesto a vivir horteradas indigestas, no vayas a Las Vegas. El bufé incluía cangrejos de Alaska, fresas y champán (y fuera, la temperatura era de 45 grados, estuve pagando el capricho del brunch todo el día). Además de todo tipo de guarrerías: donuts, huevos de mil formas, más donuts, gofres, tortitas, más donuts, bacon, salchichas, más donuts, etc. Pero la gracia consistía en tomarlo todo con champán.

Los camareros eran latinos, pero como Cris y yo somos altos, pasamos por americanos normalitos o por europeos de no muy al sur y nos dirigimos a ellos en inglés, pensaban que no hablábamos español. Nos sentaron junto a una familia negra numerosísima en miembros y en michelines. Nosotros pensábamos que estábamos siendo tan decadentes y glotones como un cónsul en las Galias, pero nuestra mesa parecía la de un gurú nepalí al lado de la suya. No paraban de zampar. No les cabían más platos, y todos los traían llenos de cosas que yo creo que ni estaban en el bufé. Se comían hasta la moqueta. Compartíamos camarero, un señor centroamericano con bigote, y como hablábamos muy bajito para que no se enterara de que éramos españoles, se sentía libre para expresarse. Se creía que nadie le entendía, y mientras recogía los platos o traía más tanques de café, iba murmurando: «Puelcos de mielda, así revienten, les van a explotar las arterias, panzones de la chingada, come, come un poquito más, negrito, verás como no llegas a los treinta, puelcos, más que puelcos, usen los cubiertos al menos, que dan asco, y límpiense la cara». Todo eso lo murmuraba como si cantara, sin dejar de sonreír y de apostillar en inglés: «Yes, madam; of course, sir; enjoy, guys; have a wonderful day».

Nuestra posición era única. Infiltrados en ambos mundos. Casi no hablábamos, para que el hombre no se cortara al ver que alguien le entendía. Al salir, Cris y yo coincidimos en que habíamos presenciado la esencia del fenómeno migratorio: los señores no perciben el odio y el resentimiento, no son conscientes de la profunda amargura del expatriado. Le suponen feliz y agradecido de poder trabajar. Eso, en el mejor de los casos.

Que las migraciones no son una estrofa de Macaco lo descubrimos ahora que nos empieza a tocar ser emigrantes. Cuando eran ellos quienes venían, la cosa era una fiesta. Multicultural. Diversa. Tolerante. Ahora que somos nosotros los que nos vamos, ya no suena Macaco, sino el Réquiem de Mozart. Y nos decimos: pues sí, la mezcla de acentos, idiomas y tonos de piel es cojonuda y divertida, pero es más divertida cuando son otros los que animan tu ciudad y no eres tú el que se va a animar la ciudad de otros. Cuando los exóticos son los demás y tú el cliente del restaurante exótico. Desde el lado del camarero de ese restaurante, que apenas entiende las comandas que le dan en un idioma que se esfuerza por dominar, las canciones de Macaco no suenan tan buenrolleras.

Los que nos quedamos y empezamos a cansarnos de leer y escuchar despedidas (temiendo que quizá la próxima sea la nuestra, porque no sabemos cuánto tiempo más nos durará el curro, cuándo se agotará la suerte y tendremos que ir a buscarla allí donde sólo queríamos ir de vacaciones de Semana Santa) también descubrimos que las migraciones son muy tristes para los países que se vacían. Nos damos cuenta de que nuestra ciudad es más aburrida, que los más listos y los más interesantes se están pirando y sólo nos quedamos los feos y los idiotas.

La última carta de despedida la leí la semana pasada en el blog de Isabel Cebrián. Se pira a Oslo, a currar en una tienda. Isabel es una buena profesional, joven, esforzada y que sabe hacer bien las cosas en varios idiomas. Si yo necesitara o pudiera contratar a un periodista, la contrataría. Si tuviera un negocio o un cargo con capacidad de contratación, la habría contratado hace mucho tiempo. Y si alguien en algún medio de comunicación me pidiera nombres para ocupar un puesto, la recomendaría sin pensármelo un segundo. En otro tiempo y en otro país, la recomendación de alguien como yo, con cierta proyección y relativo nombre en según qué ámbitos, tendría algún valor. Hoy no vale nada. Mi opinión sobre las dotes profesionales de Isabel no le importa a nadie. Si escribiese una encendida carta de recomendación, nadie la leería. Ni siquiera le serviría para que le saliera una entrevista. Porque ya no hay entrevistas. Porque, si queda alguien en algún despacho que pueda recibir una carta así, la usará como papel higiénico.

En este país, la gente como Isabel y la gente como yo sobramos. Isabel se va ahora. A currar en una tienda. De dependienta de lujo políglota: un empresario de Oslo ha descubierto que puede contratar a jóvenes brillantes españoles para que le vendan camisas con una excelente dicción en varios idiomas. Yo me quedo, pero no sé hasta cuándo. Ahora que conduzco y me encanta conducir, como en los anuncios de BMW, puede que utilice mis ahorros para comprar una licencia de taxi en Shanghai. No hablo un mal inglés, seguro que me defiendo con el chino más o menos pronto y puedo dar una amena charla sobre literatura y cultura occidental a los ejecutivos mientras les llevo a la sauna o al prostíbulo. Me ganaría buenas propinas.

Los primeros en irse son los más listos. No porque su inteligencia les incite a marcharse, sino porque un país de mierda que se va a la ruina prescinde de la inteligencia rápidamente. ¿Para qué la quiere, si se va al carajo? Primero, los países que sí valoran ese talento se lo quedan a golpe de chequera cuando la crisis empieza a asomar la patita. Cuando la crisis arrecia, esos mismos países se llevan el resto del talento, pero comprado a precio de saldo, con cierta condescendencia. Y, al final, cuando todo se hunde, contratan a los listos que aún malvivían para vender camisas o para conducir taxis. Y eso, con suerte.

Ahora, los Macaco de Oslo escribirán canciones sobre la multiculturalidad y el buen rollo. El Pedro Guerra de Oslo montará una gala Contamíname y hablará de lo mucho que le inspira el flamenco y la comida étnica española. Hermanaos con los españoles, los españoles son vuestros iguales, han venido a enriquecernos. Y un español, doctor en algo y con siete libros publicados, escuchará la arenga desde la cocina del restaurante donde se celebra la gala, mientras vacía el lavaplatos, se caga en la puta madre que parió al multiculturalismo y piensa: «Puelcos de mierda, así revienten.»

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