Creo que uno de los factores fundamentales que han hecho de mí un lector yonqui es que mis padres nunca se esforzaron mucho por orientarme o “graduarme” las lecturas según la edad. En mi casa no había una gran biblioteca, pero había libros. Incluso algunos buenos libros. Lo más destacado del boom latinoamericano (incluyendo una Rayuela color crema que ahora está en mi biblioteca, junto con otros volúmenes que me he ido cobrando como adelanto de la herencia), cuentos de Borges, clásicos del siglo XIX, lo fundamental de la narrativa española más obvia de los años sesenta, setenta y ochenta (de los Delibes y Celas a Juan José Millás, pasando por Juan Marsé o algo de los Goytisolo) y un puñado de bestsellers comprados cuando mi madre era socia del Círculo de Lectores (El nombre de la rosa, Flores en el ático, La casa de los espíritus…). No era, desde luego, la sala de lectura de un príncipe ruso blanco, pero había muchos más libros de los que veía en las casas de mis amigos del cole y del barrio. Los suficientes como para incitar a la exploración literaria.

Yo dejé muy pronto de leer los Barco de Vapor. Me aburrían mucho, me parecían condescendientes, y mis padres se cansaron pronto de comprármelos. No dijeron nada cuando empecé a coger libros demasiado complicados, demasiado obscenos o demasiado demasiado para mi edad. Nunca me quitaron un libro de las manos argumentando que era para mayores ni tampoco me ofrecieron una alternativa más comprensible. Me dejaban equivocarme. No sé si por desidia o por voluntad pedagógica. No importa la razón, importan los resultados. Muchas veces, no entendía de qué iban esos libros que hablaban de sentimientos, emociones y cuestiones filosóficas que estaba muy lejos de experimentar o plantearme. Me perdía en tramas demasiado difíciles para un chaval. Se me escapaban casi todas las claves. Pero había algo que me incitaba a seguir leyendo. Unas veces era la terquedad, mi incapacidad para reconocer que no me estaba enterando de una mierda, pero la mayoría de las veces seguía pasando páginas porque no podía sustraerme al embrujo de las palabras encadenadas, a la belleza que aquellas frases, puestas unas detrás de la otra, generaban en mi cabeza. Entonces, no sólo no me importaba no entender de qué iba el libro, sino que aquella incomprensión, aquel misterio esencial, se convirtió en la mayor fuente de placer.

Si te obligan a leer El Aleph con once años, probablemente matarán para siempre cualquier rastro de afición literaria. Pero, si a los once años lo coges voluntariamente y avanzas por sus páginas cada vez más extrañado y aturdido, hay muchas posibilidades de que estés asistiendo al comienzo de una pasión que sellará para siempre tu identidad. Por eso, hoy soy un lector yonqui, porque leer El Aleph con once años y no entenderlo, pero fascinarse por él, es muy parecido a drogarse: la misma alucinación, el mismo descontrol psíquico, los mismos hormigueos. Y, por supuesto, la misma pulsión adictiva: a partir de entonces, siempre querrás más, y siempre andarás buscando esas sensaciones que (¡ay!) jamás recuperarás. Porque, cuanto más lees, más entiendes, y cuanto más entiendes, menos se parece la experiencia a un chute de LSD (eso sólo lo descubres cuando pruebas el LSD y puedes comparar ambas experiencias, claro). Gozas de otras cosas, quizá con mayor provecho, aunque con mucha menor intensidad. Y si, como yo, te acabas profesionalizando en esto de la literatura, el disfrute muta para siempre, porque cada mala frase y cada defecto te arañan las córneas, a veces hasta desgarrarlas.

Pero no era eso de lo que quería hablar, sino de cómo aquella fue la primera lección de libertad que recibí en la vida. Descubrí que era absolutamente libre para leer o para no leer aquellos libros. Nadie me obligaba a leerlos, pero nadie me lo prohibía tampoco. Sólo la curiosidad era mi pie forzado. Desde entonces, he entendido la literatura como el único reducto absoluta y radicalmente libre de mi vida. Y la sigo entendiendo así como escritor.

He vuelto a pensar en ello durante la promoción de La hora violeta. No tanto en las entrevistas o en los encuentros con los lectores, sino en algunos comentarios que he visto por ahí. Muchas veces, comentarios de personas que ni han leído el libro ni tienen intención de leerlo, pero cuestionan su pertinencia. No hago caso a envidias ni me voy a poner a responder a insidiosos anónimos. Allá ellos. Sólo me fastidia tener que encontrármelos cuando me saltan las Google Alerts. No va con ellos la cosa, sino de una actitud de fondo que percibo y que resumo en un título y en un comentario de un blog.

El comentario de un bloguero literario cuestionado por un lector sobre si piensa leer y reseñar La hora violeta:

Uff. Iba a leer “La hora violeta” aprovechando que lo tenía una amiga, hasta que supe de qué iba. Ahora ya no sé, la verdad. Es que esos temas me parecen muy bien como terapía, pero no veo porqué tengo que “pagarla” yo.

El título es el de la serie que dedicó Lector Mal-herido a algunos títulos de literatura de duelo (entre los que incluyó el mío) y que enunció así:

¿Qué hago yo con tu dolor?

Tanto el comentario como el título pueden traducirse:

¿Por qué me cuentas tus penas, que son tuyas y no tengo por qué aguantarlas?

La pregunta «¿qué hago yo con tu dolor?» sólo me parece pertinente si se plantea en modo retórico y se la hace el lector a sí mismo. Si es una interpelación del lector al autor, está fuera de lugar. Y lo mismo sirve para el comentario (al margen de ese “terapía” y ese “porqué” que me desgarran las córneas). Ni yo ni ningún autor de un libro de duelo os está contando a vosotros nada ni espera absolutamente nada de vosotros (un vosotros genérico, que abarca a la humanidad entera; ya que declinamos en vocativo, declinemos a lo bestia). Escribir un libro es lo contrario a importunar a alguien con ninguna pena. A no ser que el libro sea el rojo de citas del camarada Mao Tsé-tung compiladas por el camarada Ling Piao, y un guardia rojo te obligue a memorizarlo y recitarlo mientras cavas un hoyo con las uñas. Pero ni siquiera en ese caso el que importuna es el camarada Mao o su compilador Ling, sino el guardia rojo que fuerza la lectura. Como tampoco el anónimo autor del Cantar del Mío Cid está molestando con sus rimas en consonante a un alumno de bachillerato, sino el profesor que le obliga a tragárselas.

Un anuncio de detergente tiene como función importunar. Un chiste de tu jefe que has de reírle para conservar tu trabajo tiene como función importunar. Incluso una llamada de un amigo a las cuatro de la mañana para contarte que Manolita le ha vuelto a poner los cuernos con el maromo del quinto derecha tiene como función importunar. Son agresiones de las que es difícil o imposible escapar. Pero un libro es justo lo contrario que eso.

El lector de un libro, por regla general, se ha enterado de alguna forma de qué va. Alguien se lo ha contado o lo ha visto en algún sitio o ha mirado la solapa. Con esa información (que suele ser bastante certera; y si no lo es, reclamen al informador, que les ha contado una milonga y les ha estafado), decide si lo compra o no. Comprarlo implica no sólo el molesto acto de pagarlo, sino decidir que ese dinero no se va a gastar en LSD, preservativos o calcetines a cuadros. Se han acumulado ya muchas decisiones conscientes y meditadas y el lector aún no ha salido de la librería.

Una vez en casa, tiene que encontrar porciones suficientes de algo muy valioso y escaso en la vida de toda persona: tiempo. Y no un tiempo cualquiera, sino un tiempo de calidad. Un lector medio se reserva unas horas en las que procura no ser molestado por otras personas y crea unas condiciones de luminosidad y silencio adecuadas para concentrarse en la lectura. Salvo a los monjes cartujos y a los numerosos nietos del rey, al común de los mortales nos suele costar bastante encontrar todas esas cosas. Sólo disponer de parte de ellas supone un gasto de energía e ingenio considerable, así como el despliegue de muchas estrategias y la decisión de postergar otras cosas que podría hacer en lugar de sentarse o tumbarse a leer.

Fíjense en todas las cosas que hace un lector medio antes de abrir el libro y saltarse la página de la dedicatoria. El propio acto de lectura implica un montón de cosas más: esfuerzo intelectual, capacidad de concentración, fuerza de voluntad, etc. Yo diría que alguien que se toma tantísimas molestias demuestra tener un genuino y vibrante interés por lo que contiene ese libro. Porque es el lector quien se las toma. El autor no ha entrado en su casa a punta de pistola y le ha obligado a leer su obra.

Luego, a la pregunta «¿qué hago yo con tu dolor?», un autor sólo puede responder encogiéndose de hombros. Qué sé yo, si eres tú quien se ha acercado a mí, quien se ha gastado su dinero y ha renunciado a otros sin duda fascinantes y gratos placeres para leer mis palabras. Sólo tú sabrás qué hacer con mi dolor, pues te has asomado a él libremente. Algo te importará, algo tendrás pensado hacer con él. Algo que sólo tú sabes. No te puedo ayudar a averiguarlo.

Desde esta perspectiva, ninguna escritura de ningún libro es cuestionable. Es ahí donde quería llegar. Yo, como lector, podré detestar una obra. Aborrecerla, si quieren. Podré desear el asesinato lento y doloroso de su autor. Yo mismo torturaría a unos cuantos. Pero no destruiría sus libros ni les reprocharía su escritura (el asesinato y la tortura son venganzas, no reproches, es muy distinto). Me basta con cerrarlos y no leerlos. Puedo ignorarlos. De hecho, me resulta mucho más cómodo y fácil ignorarlos que introducirlos en mis vidas. Y a ustedes también: nadie les obliga a leerme y yo no les he llamado llorando exigiendo que me escuchen. No son el hombro en el que lloro. No son, por supuesto, mi “terapía”.

La libertad que aprendí cuando me formé como lector la aplico también a la escritura: no creo que un autor tenga por qué justificar las razones de su obra. Es libre de hacerlo, pero nadie tiene derecho a exigírselo. La escritura y la lectura son actos libres. Autor y lector se encuentran en libertad plena, y cada uno de ellos establece unilateralmente los términos de esa relación. Yo jamás le preguntaría a un libro «¿por qué me cuentas esto?». La única pregunta plausible es: «¿por qué me interesa esto?». Y, muchas veces, te interesa sin saber por qué. A veces, la literatura te transmite dolores que no quisieras vivir y que, sin embargo, vives sin soltar el libro. Y no sabes por qué. O lo sabes luego. O no te importa saber por qué. No sólo sigo leyendo como aquel niño de once años que no podía abandonar el incomprensible y frustrante El Aleph, sino que he aprendido a escribir como él. ¿Por qué escribo esto? No he sabido responderme, como aún no sé por qué leo la mayoría de cosas que leo.

Pero sí que tengo clara una cosa: me jode lo mismo que me pidan explicaciones sobre mis lecturas que sobre mis escrituras. Quien las reclama no cree seriamente en la literatura como un reducto de libertad, porque las preguntas siempre contienen una dosis de impertinencia, y la impertinencia es siempre una forma de coacción. Por eso los poderosos del mundo no dejan que les pregunte nadie nada y prefieren el discurso a la entrevista, porque saben que quien les pregunta, les está cuestionando en toda la dimensión del verbo cuestionar.

Y cuestionar el poder de alguien es libre y valiente. Cuestionar la libertad de otro ser humano es justamente lo contrario. Y quizá sea ese el problema: que está muy generalizada la visión de la literatura como una expresión de poder. Que lo es como mercado y ecosistema lleno de castas y organizaciones, pero no en el nivel del texto ni en los actos esenciales de la escritura y la lectura. En ellos es genuinamente libre.

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