Hoy les voy a contar una historia local que ni siquiera interesa a los locales de esta ciudad, pero debería interesar a todo el mundo, pues, si no me equivoco mucho (parafraseando a Samuel Beckett, procuro equivocarme siempre, pero cada vez un poco mejor), la moraleja de esta pequeña fábula nos dará escalofríos cuando contemplemos el paisaje arrasado de nuestro mundo del mañana.

Zaragoza, como otras ciudades, creció mucho en los últimos veinte años. En menos de tres lustros, prácticamente duplicó su extensión edificada. Si comparamos un plano de la ciudad de 1993 con otro de 2013, parece que el segundo se ha comido al primero. Lo mágico del asunto es que la población lleva estancada desde los años setenta. Apenas ha crecido un poco en treinta años, por lo que los vecinos hemos ganado en espacio vital. Vivimos más anchos, sin olernos el sobaco unos a otros. Se inauguraron tantas calles, que se acabaron los próceres, los accidentes geográficos y los hechos históricos para nombrarlas. El nomenclátor se abrió así a títulos de películas (calle Atraco a las tres o calle El Séptimo Sello) o de videojuegos (esto se intentó, pero no coló, los vecinos se mosquearon).

Muchos de los nuevos barrios de la ciudad fueron proyectos de VPO. No todos los barrios ni todas las viviendas de los barrios, pero sí una parte considerable de los mismos. El extrarradio se llenó entonces de parejas jóvenes con sueldos no muy altos, pero tampoco miserables. Crearon, por tanto, zonas homogéneas: treintañeros con hijos o a punto de tenerlos; currantes del sector servicios, funcionarios y asimilados con pocas diferencias de poder adquisitivo entre ellos. Más allá de que unos vecinos serán del Barça y otros del Madrid, los nuevos barrios pronto dejaron de ser simples dormitorios y devinieron comunidades sorprendentemente fuertes. Ayuda mucho que, entre las cosas que comparten sus moradores se encuentre la nacionalidad: hay pocos extranjeros, y los que hay, están notabilísimamente integrados en la cultura española (por eso han ganado una VPO).

Ejemplo de típica vivienda de VPO zaragozana.

Ejemplo de típica vivienda de VPO zaragozana.

Los extranjeros se han quedado en los barrios obreros tradicionales de los que proceden mayoritariamente estos jóvenes moradores de extrarradio. Unos barrios que ya no reconocen, llenos de locutorios, bazares chinos y bares de música latina. En sus nuevos barrios hay tabernas irlandesas, supermercados grandes con cajeras que llevan a sus hijos a la misma guardería que sus clientes y cafeterías que no regentan chinos.

Típico supermercado de barrio de extrarradio zaragozano.

Típico supermercado de barrio de extrarradio zaragozano.

Son ciudades-jardín del siglo XXI. La vieja utopía socialista decimonónica hecha realidad gracias a la burbuja inmobiliaria. Uno de esos barrios (el que nos ocupa), incluso tiene un nombre que recuerda a aquellos pseudofalansterios: Rosales del Canal. La vegetación, la naturaleza, el campo. La negación de la ciudad misma mediante la propia ciudad.

Pero, como todas las ciudades-jardines, quedaban lejos. Y, al principio, no había transporte público. Ni farmacias. Ni escuelas. Ni un centro de salud. Los vecinos descubrieron que les faltaban cosas muy básicas que les negaban por estar lejos del centro. Y como esos vecinos eran muy afines y desde el principio desarrollaron un sentido de la comunidad muy fuerte (desde antes incluso de mudarse, desde que coincidieron en las primeras reuniones de la cooperativa que construía los pisos), hicieron piña para pedirle al alcalde todas esas cosas. Y el alcalde, dado que eran muy insistentes, muy jóvenes y tenían mucha energía, no pudo negarse y aceleró el ritmo de construcción de cositas básicas.

Modernos medios de transporte público al servicio de los nuevos barrios.

Modernos medios de transporte público al servicio de los nuevos barrios.

Descubrieron pronto el poder de la piña y de hablar bien español. Saber rellenar una instancia ante la administración correspondiente y que alguien conociera a otro alguien que trabajaba en un periódico ayudaba mucho a su causa. En barrios históricos hechos mierda, los vecinos también se quejaban. Por ejemplo, en el viejo Gancho. Allí faltan tantas cosas como en los nuevos barrios y, encima, hay solares llenos de ratas, casas que se hunden y huelen a moho y orín, y calles sin farolas que por la noche parecen el culo de un lobo. Pero sus vecinos (¡ay!) o bien son muy viejos y no saben quejarse más que a sus nueras, o bien son extranjeros y aunque se quejan no se les entiende. O bien son muy pobres y muy delincuentes y sólo saben quejarse ante el juez de guardia que les condena regularmente (en unos juzgados que están convenientemente cerca: en un barrio pobre no habrá bibliotecas públicas, pero nunca ha de faltar nunca una buena comisaría y una buena sala de lo penal).

Sólo cuando los bobos (bourgeois bohèmes, que unos días van en bici y otros huelen bien, como en Amanece, que no es poco, pero siempre con barba y camisa a cuadros, como yo) se hicieron fuertes en áticos rehabilitados y en tiendas monísimas, empezaron a cambiar un poquito las cosas en esa zona del Casco Histórico. Porque los bobos saben rellenar instancias y no sólo tienen amigos en los periódicos, sino que, a menudo, trabajan en ellos.

El típico bobo que unos días va en bici y, otros, huele bien.

El típico bobo que unos días va en bici y, otros, huele bien.

No hay bobos en Rosales del Canal. O no se dejan ver mucho. El look del vecindario es mucho más conservador y homogéneo. Más oficinista-banquero: camisas sin cuadros por dentro del pantalón, caras afeitadas, cabellos peinados. Así que no reclaman mestizaje, sino preservar su homogeneidad. Por eso se rebelan contra cualquier cosa que la amenace.

Un típico y respetable vecino de Rosales del Canal, reaccionando ante la amenaza que se cierne sobre su barrio.

Un típico y respetable vecino de Rosales del Canal, reaccionando ante la amenaza que se cierne sobre su barrio.

Y el ayuntamiento es siempre una grave amenaza.

El ayuntamiento de Zaragoza reserva lotes de terreno en los nuevos barrios para usos sociales gestionados por entidades ajenas al consistorio. Estas presentan proyectos y piden licencias para empezar su actividad en ellos. En Rosales del Canal, la ONG Remar quiere construir un centro de atención a drogodependientes.

Y ha sido entonces cuando los vecinos, invocando a sus propios hijos (“¿y los niños, es que nadie va a pensar en los niños?”, grita la esposa del reverendo en un capítulo de Los Simpson), han puesto el grito en el cielo. No en el cielo evangelista de Remar, sino en el suyo propio, azul y hasta el momento limpio. Han abierto todos los canales de protesta y resistencia existentes —incluyendo un intento de ponerse delante de las excavadoras—, sin éxito. El Tribunal Superior de Justicia de Aragón les ha dicho que su protesta no ha lugar, que no tienen capacidad ni razón para exigir que no se construya ese centro y se levante una ludoteca municipal en su lugar (“¿y los niños, es que nadie piensa en los niños?”). El ayuntamiento ha dicho lo mismo y, según asegura el consejero de urbanismo, ha ofrecido a los vecinos hasta tres solares en el mismo barrio para construir la ludoteca que reclaman. Los tres han sido rechazados.

La protesta empezó con léxico comedido y eufemístico, pero, conforme se han ido agotando las vías, se ha ido haciendo más bronca. No quieren drogotas en su barrio. Dicen abiertamente que esto va a crear mucha inseguridad junto a un parque con columpios (“¿y los niños, etcétera?”), que es una forma muy poco sutil y poco eufemística de decir: aparta a ese andrajoso drogota de mi hijo. Y el otro día escuché un argumento que confirmó mis sospechas. Un argumento que se estaban guardando para cuando la situación fuera desesperada: dijeron que no querían que se instalase en su barrio una organización que no cree en la igualdad entre hombres y mujeres.

Como si hubiera alguna organización en España que creyera en eso, empezando por Inditex y El Corte Inglés.

Acabáramos.

Remar es una organización ligada a varias iglesias evangelistas que está presente en muchos países. En la práctica, es una especie de Cáritas protestante, y hace las mismas cosas que Cáritas o que cualquier organización misionera católica: ayuda un poco a los pobres a cambio de sermonearles un rato con dios y sus cosas. En España, hasta que llegaron los inmigrantes, la feligresía de la iglesia evangélica estaba compuesta mayoritariamente por gitanos. Y siguen siendo su núcleo duro. Quienes animan Remar son gitanos, y gitanos son los favorecidos por su ayuda. En buena medida, claro.

Una vocal de la junta de Remar toma la palabra en la última reunión.

Una vocal de la junta de Remar toma la palabra en la última reunión.

Así que, sabiendo esto, la protesta queda expresada de la siguiente manera: no queremos drogotas gitanos en nuestro barrio.

Dicho así, suena muy fea, pero cualquiera puede deducirlo de los argumentos que ellos mismos exponen.

Siguiendo con el razonamiento lógico, deducimos que no les parece mal la existencia de Remar, de los drogotas o incluso de los gitanos, siempre que esa existencia no se lleve a cabo en su barrio, junto a sus niños.

Esto, en el mundo anglosajón, es una típica protesta NIMG. Not In My Garden (no en mi jardín). Una forma de queja de blancos suburbanos que establece, sin miedo a la hipocresía, que no están en contra de las cosas feas del mundo, siempre que esas cosas feas estén fuera de su vista y no estropeen sus jardines. Yo no soy racista, pero prefiero que los negros vivan en sus barrios, donde pueden poner el rap a tope sin molestarme a mí. Es decir: todo me parece estupendo si no me incomoda y no lo veo. Que lo sufran y lo vean otros.

Es muy diferente a otras formas de protesta. Por ejemplo, en los años noventa, la Comunidad de Madrid planteó la construcción de una gran incineradora de basuras en la localidad de Valdemingómez. Los vecinos de los pueblos de alrededor, encabezados por los de Rivas-Vaciamadrid, emprendieron una campaña muy insistente de protestas contra el proyecto. Pero contra ese y contra el modelo de gestión de residuos. No pedían que se llevaran la incineradora siete pueblos más lejos para que a ellos no les llegara el olor, sino que planteaban alternativas, que nadie tuviera que sufrir ese tipo de infraestructuras. ¿Ven la diferencia entre no quererlo en tu jardín y no quererlo en el de nadie del mundo? ¿Ven la diferencia entre el egoísmo y el activismo genuino y solidario?

(Nota al margen: el símil con la basura es deliberado, pues los vecinos de Rosales del Canal que se expresan en esos términos hacia la infraestructura que no quieren en su barrio tratan a los drogodependientes como si fueran residuos sólidos urbanos, los infrahumanizan)

Porque las urbanizaciones habitadas por militantes NIMG son ciudades-jardín, falansterios (socialistas o no), reductos casi monacales construidos contra la hostilidad del mundo. Utopías urbanísticas que no pueden ser contaminadas por la corrupción mundana.

Si esto no les ha parecido suficientemente polémico, esperen a la segunda parte de este texto, la que mola de verdad, en la que haremos un viaje a la Alemania de finales del siglo XIX y principios del XX para descubrir en qué terminaron los precedentes de las protestas NIMG. Cuando, por ejemplo, los obreros bien sindicados, socialistas y sanotes de Berlín, decidieron que no querían que en su barrio hubiera una sinagoga por la que entrasen y saliesen judíos siniestros con largas barbas que asustaban a sus niños.

¿Saben cómo acabó esa historia? Yo sí, y se parece mucho a la nit de foc de las fallas, con muchas mascletàs. Aunque a nadie le pareció bonito el final.

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