Las novelas rusas están hechas de miradas intensas a abismos insinuados en los que no repara nadie. Gógol, Chéjov y Turguenev (y un poco Dostoievsky, y decididamente mucho menos Tolstoi, salvo en Ana Karenina) levantan su literatura como voyeurs. Espían lo cotidiano a través de las rendijas que dejan ventanas y puertas mal cerradas y detectan el vértigo contenido en palabras y frases aparentemente inanes o circunstanciales. Fueron maestros en ese arte, lo llevaron a la perfección. Los novelistas del siglo XX lo trasladaron a un contexto literario más sofisticado y complejo. Lo arroparon con artificio técnico, pero no lo mejoraron. Si acaso, lo actualizaron.

No me quiero liar ni liarles. Sólo pretendía subrayar que el germen de toda buena novela rusa está en una frase dicha de soslayo, pero cuyo contenido, escuchado con atención, revela horrores, vergüenzas y angustias que pueden acabar ocupando mil páginas. Porque son frases que resumen o contienen alguna revelación sobre nuestra condición o nuestra forma de vivir y enfrentarnos al mundo.

El otro día presentaron en la ventosa y a menudo ingrata ciudad que habito un Espacio Bebé. Gestionado por la PAI, que lleva muchos años haciendo teatro y animación infantil y sabe de qué va esto, es un lugar donde padres y bebés de cero a tres años pueden jugar y pasar la mañana o la tarde. Todavía no he ido con Daniel, pero lo haré pronto. Por lo que he entendido, hay teatrillos, actividades, lectura de cuentos y muchos cojines, cosas blandas para que puedan gatear a sus anchas y un montón de cacharros de mil formas, tamaños y colores para que nuestros monstruitos experimenten con ellos. En la presentación, los miembros de la PAI subrayaron y dejaron muy claro que aquello no era una guardería. De hecho, es lo contrario a una guardería. Los bebés han de ir siempre acompañados por un adulto responsable, que está obligado a jugar con ellos. No se trata de sentarse en un rincón mientras entretienen a tu hijo, sino de actividades conjuntas para padres y niños. Se exige una actitud participativa por parte del progenitor (o del abuelo, o del tío, o de quien sea que acompañe al chavalín o chavalina).

Bien, me parece una aclaración necesaria. Que nadie acuda allí pensando que es un aparcadero de infantes para que el papá se pueda tomar una cerveza en el bar de enfrente mientras descansa un ratito del puto niño de los cojones (así se refieren muchos padres a sus criaturas en lo más negro de su sistema nervioso central). Lo que me entristeció fue lo que dijeron a continuación. Les escuché en el plató del programa de Aragón TV donde colaboro, y no me atreví a comentar nada después de la conexión en directo porque me pareció que no se me iba a entender bien. Lo hago aquí, después de madurar un poco estos pensamientos.

Decían los responsables de la PAI (cito de memoria): «Los papás descubrirán un montón de cosas de sus hijos, se sorprenderán de lo que pueden hacer, descubrirán sus gustos y preferencias y, a través del juego, entenderán y conocerán mejor a sus hijos».

¿Cómo?

¿Perdón?

No dudo de las bondades del Espacio Bebé y estoy convencido de que Daniel y yo seremos de sus más apasionados y asiduos fans, pero dudo muchísimo (lo dudo absolutamente) que vaya a descubrir o a sorprenderme por cosas que haga mi hijo. Porque yo ya le conozco. Yo ya juego mucho con él. Sé lo que le gusta (hasta la música que le gusta, que no toda le suena igual de bien) y lo que le aburre. Sé lo que le hace reír y lo que le asusta. Sé qué tipo de objetos llaman más su atención. Sé cómo despertar su curiosidad y cómo distraerla y orientarla hacia cosas menos peligrosas que un enchufe o una puerta entreabierta.

Lo sé porque juego mucho con él. Porque tengo la espalda destrozada de tirarme por el suelo y por la cama y por el sofá. Porque me he revolcado por todos los rincones de la casa con él y porque le elijo sus juguetes y me preocupo por comprarlos atendiendo a sus gustos, que cada vez se expresan mejor.

En una frase: le conozco porque soy su padre. Y ejerzo de tal. Por tanto, en el Espacio Bebé no voy a descubrir nada que no haya descubierto ya en el salón de mi casa.

De hecho, la perspectiva de que haya padres que necesiten de la ayuda de profesionales del ocio infantil para descubrir y conocer a sus bebés me parece, sencillamente, aterradora. Es una de esas rendijas por las que Gógol y Turguenev espiaban el mundo. Es una de esas frases que desencadenan una novela rusa sobre la paternidad y la infancia.

El discurso de la PAI iba más allá: «Hemos creado un entorno que facilite que los adultos se desinhiban, porque a los adultos nos cuesta mucho ponernos al nivel de los bebés y jugar con ellos. El Espacio Bebé está pensado para que los papás pierdan esa vergüenza.»

¿Que les cuesta desinhibirse con su bebé? Joder, ¿y qué hacen con sus hijos cuando están en casa? ¿Les tratan de usted? ¿Juegan al ajedrez y escuchan sinfonías de Schönberg? ¿Les enseñan a distinguir el cuchillo de carne del de pescado? ¿Aprenden ballet clásico?

¿Qué hacen esos padres con sus bebés? ¿No juegan con ellos? ¿No pasan cinco minutos al día tirados en el suelo? ¿No se hacen pedorretas? ¿No les muerden el culo? ¿No los tiran por el aire para recogerlos en brazos y les hacen dar volteretas? ¿No les dan besos en la boca? Porque yo casi rebaso la barrera del incesto, casi me morreo con lengua con mi hijo cuando nos da el arrebato de pasión amorosa.

Pensaba que todos los padres hacían estas cosas, pero si la gente de la PAI, que sabe mucho de bebés y de papás, insinúa que no, será que hay demasiados padres que no saben lo que es pasar una tarde de revolcones y babas.

No debería de extrañarme mucho cuando vivo en una sociedad que ha permitido la emergencia de algo tan aberrante como el coaching. Una sociedad que no sabe hacer cosas básicas que se hacen por instinto. Como follar (hay coaching sexuales), como ser un pelota en el trabajo (hay coaching para trepas empresariales), como hacer amigos o como criar a tus hijos. Habilidades naturales que nuestros abuelos daban por sabidas o intuidas y que nosotros, primates torpes que no saben escribir sin faltas de ortografía, parecemos haber olvidado. Parecemos idiotas que necesitan ayuda para las tareas más sencillas e intuitivas.

No es de extrañar, por tanto, que la literatura de masas y bestseller sea cada vez más infantil, porque se dirige a un público cada vez más alejado de la experiencia intensa y directa de la vida. ¿Cómo va a triunfar un libro exigente y profundo (una novela rusa) sobre la paternidad si sus potenciales lectores ni siquiera saben jugar con sus hijos? ¿Cómo vas a hablar de sentimientos hondos a alguien que ni siquiera ha experimentado los más básicos y primarios?

Cuando falla lo esencial, todo lo demás se desmorona. O no. Qué sé yo.

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