El fracaso de la literatura va mucho más allá de coyunturas comerciales. El fracaso de la literatura no tiene que ver con las miserias contingentes del mercado que la explota. El fracaso de la literatura es ontológico e irremediable.

La literatura fracasa en el instante mismo en que se propone ser literatura. Cuando se plantea explorar paisajes que nunca va a poder cartografiar. A pelo, sin brújula ni carta de marear. Por mucho que avance, por mucha maleza que corte con el machete y por muchos pasos montañosos que cruce, el escritor asume desde el principio un doble e inapelable fracaso. El primero, que jamás va a abarcar esa región, que terminará el libro o la obra entera sin saber si aquello es una isla o tierra firme, con la sensación de haber caminado en círculo y con muchas más preguntas de las que se hacía cuando empezó a escribir. El segundo fracaso es exógeno, pero tan frustrante y cruel como el fracaso interior. Al volver a casa, el escritor comprobará que el lugar común que quería derrumbar con su exploración no sólo no se ha agrietado ni un poco, sino que se ha recimentado, reforzado y es unos metros más grande.

Piensen en el suicidio, por ejemplo.

¿Saben cuántos poetas, novelistas y filósofos lo han pensado y explorado? ¿Saben la cantidad de mentes aventureras, brillantes y tenaces que han intentado comprender por qué la gente se mata? Hablo sólo de literatura, sin contar todos los trabajos científicos que han estudiado el fenómeno desde decenas de disciplinas. Hablo de lo que me incumbe, de la aproximación literaria a un misterio terrible y complejo.

Porque la única conclusión que tanta literatura ha generado es que se trata de un misterio terrible y complejo, que se hace más misterioso, más terrible y más complejo conforme se explora más profundamente.

Pero da lo mismo, porque ahora, después de décadas de tabú, los medios nos dicen semana sí y semana no que un señor o una señora se han ahorcado cuando iban a ser desahuciados. Bien es cierto que suelen cuidarse de alegar temporalidad y no causalidad. Dicen cuando iban a ser desahuciados y no porque iban a ser desahuciados, pero es obvio para cualquier lector o espectador que ese cuando quiere decir en verdad porque. La conexión causal no está explícitamente marcada en la oración, aunque todo el mundo la sobreentiende.

¿Están seguros? ¿Comprenden tan bien la mente de un suicida? Pues enhorabuena, su conocimiento de la condición humana es muy superior al de muchas personas sensibles y de gran inteligencia que han dedicado años de su vida a intentar comprender algo que, finalmente, no han comprendido en absoluto. La masa enfurecida y la muy reflexiva prensa española, al parecer, ha entendido en los 140 caracteres de un tuit lo que la literatura lleva veinte siglos indagando.

Un suicidio nunca se reduce a una causa. De hecho, reconstruir la secuencia causal desde el cadáver hasta el detonante de la decisión es casi siempre imposible. Incluso en los casos en que el suicida deja una nota. Incluso cuando el suicida trata de explicarse. Esos casos pueden ser todavía más confusos, porque el propio suicida a menudo es el menos capacitado para argumentar las razones de su propio suicidio.

Les remitiría al joven Werther, que nunca está de más volver a Goethe. Sabía mucho de las cosas humanas, el Johann Wolfgang. Pero prefiero hablar de un libro más reciente de un escritor de cuya humanidad no puedo dudar, pues la he sentido en un bar junto a la mía, agarrada la suya a un vaso de Jack Daniel’s, y la mía, a uno de Jim Beam. Ninguno de los dos pensábamos en suicidarnos, pero ambos hemos escrito sobre el suicidio. Él, mucho más por extenso y con muchísimo más acierto que yo. Lo mío no fue más que un jueguecito literario en un cuento largo. Lo suyo va en serio.

Álvaro Colomer no ha escrito un libro sobre el suicidio, sino toda una trilogía. Yo sólo he leído la tercera novela, la más famosa de las tres, Los bosques de Upsala, cuya lectura recomiendo vivamente.

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La leí por primera vez cuando salió, en 2009. Yo acababa de publicar mi primer (y, hasta la fecha, único) libro de relatos, y el principal de ellos y que daba título a la colección era una fantasía narrativa en torno a los últimos días de Sylvia Plath en Londres. Alguien, no recuerdo quien, me habló muy bien de este libro, como otro ejemplo de aproximación literaria al tema del suicidio. Lo cogí con desgana y, aunque recuerdo que me gustó y me dejó una buena sensación, su lectura se me perdió entre otras muchas. El año 2009 fue un año excepcionalmente intenso y agotador para mí (publiqué dos libros mientras trabajaba un quintal de horas diarias en un periódico y, además, tuve un hijo sin dejar de leer mis dos o tres libritos semanales ni escribir mis homilías en este blog; aún no sé cómo lo hice todo sin bilocarme), y muchas de las cosas que leí entonces se han quedado en una especie de limbo mental.

Recordaba, sin embargo, que no había logrado enamorarme de la prosa. Claro que por entonces yo no había leído aún a Bernhard y no podía entender bien parte de las intenciones poéticas de Colomer. Porque este libro es hijo de Thomas Bernhard. Lo sé ahora, después de releerlo y disfrutarlo.

El libro es tan claustrofóbico, tan austero en sus planteamientos, tan corto en su dramatis personae y tan preciso en su despliegue narrativo que parece, efectivamente, austriaco. Porque los españoles no hablamos de suicidarnos. Son los austriacos y los de aquellos países tan turbios y tan nazis y tan alcohólicos quienes se suicidan y escriben de ello. Porque allí no pueden hacer otra cosa, con tanta nieve y tanto pueblo tirolés. En Austria, o te suicidas o escribes sobre el suicidio. O escribes sobre el suicidio y luego te suicidas. Pero en Barcelona, no. ¿Cómo vas a escribir de suicidios con tanto artista callejero y tanta guiri enseñando cacho en la Rambla? ¿Cómo vas a querer suicidarte con esos anuncios de Estrella Damm y ese pa amb tomaquet que resucita al suicida austriaco más vehemente?

Pero Álvaro Colomer es de Barcelona. Su novela transcurre (suponemos, no se nombra explícitamente) en Barcelona (una Barcelona sin rumba catalana ni sol mediterráneo), pero todo suena a austriaco. Porque el suicidio suena a austriaco.

El narrador protagonista de Los bosques de Upsala monologa en un estilo retórico (una voz distante y creo que deliberadamente antinatural, que no busca acompasarse a un habla verosímil) sus angustias y temores como marido de una mujer depresiva con tendencias suicidas. El suicidio de los demás ha marcado su infancia y su vida. El tabú, el miedo, la incomprensión y la acusación muda y sorda de la sociedad entera. Con una concatenación de pensamientos y acciones, en unos poquísimos escenarios (el piso en forma de cruz donde viven, la sala de urgencias, el bar de abajo, un buzón), Colomer nos arrastra al pozo de los amigos de los suicidas, al estado alucinado y tétrico en el que viven quienes conviven con el suicidio, quienes se sienten obligados a buscarle un porqué. Hasta llegar a la página 204. Leo en ella:

«Cientos de personas se quitan la vida bajo las ruedas del metro, desde las alturas de sus balcones, en los lavabos de sus hogares, entre las ramas de los bosques y en tantos sitios más, mientras otras se atiborran de antidepresivos, ansiolíticos y demás psicóticos. Pero nadie dice una sola palabra al respecto. Nadie quiere enfrentarse a esa realidad y mi esposa sufre porque no tiene con quién compartir sus pensamientos funestos.»

Todo se reduce a un problema de silencio, de incomunicación. O no. Qué sé yo. Qué sabe nadie.

Lo único cierto es que el número de suicidios en España es de unos tres mil anuales, y que lleva mucho tiempo estable. Entre ocho y nueve suicidios al día. Hoy mismo, ocho o nueve personas se han suicidado. Alguna de ellas, en su ciudad, puede que en su barrio. Y usted ni se enterará. Otra cosa es cierta: se suicidaba tanta gente antes de 2007 como después. La crisis no ha disparado el número de suicidios en España. Por tanto, es arriesgado plantear la penuria económica como causa determinante.

Si quieren reducir un fenómeno complejísimo y aterrador a una frase demagógica de política de baja estofa, quédense en Twitter. Si quieren explorar y tratar de entender, aun sabiendo que lo más probable es que no entiendan nada, lean Los bosques de Upsala y sigan por otros libros. Que no les engañe la incomprensión y el vértigo que sentirán después de leer y pensar mucho: los verdaderos ignorantes son los que creen saberlo todo en 140 caracteres.

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