Señor Juan Carlos de Borbón:

Le escribo en nombre de los lectores y espectadores de grandes historias. No le negaré que su persona nos ha pasado desapercibida hasta ahora. Su interés literario como personaje, discúlpeme, no ha sido nunca superior al de una alcachofa. Más allá de un par de ocurrentes chascarrillos y tres o cuatro leyendas urbanas sobre su afición a las motos y a las domadoras de leones, se ha conducido de forma muy anodina. No creo que ningún novelista extrajera gran cosa de su biografía. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, nuestra percepción ha cambiado considerablemente, por eso me permito escribirle esta misiva, para que no perdamos todos una gran oportunidad que está a punto de irse a la real mierda.

Tenemos motivos para preocuparnos. Nos da la sensación de que usted no es del todo consciente de lo interesante que es momento que atraviesa y de qué forma puede aprovecharlo para hacer un mutis grandioso que deje un buen poso en la historia de España. Sabemos que su familia no sabe rematar las biografías. Sólo su bisabuelo, Alfonso XII, tuvo la delicadeza de morirse de tuberculosis, que era una enfermedad coqueta y romántica. Cuentan que su bisabuelo escondía sutilmente el pañuelo manchado de sangre dentro de la bota. Es un detalle de un refinamiento impropio de un Borbón. La tisis fue una gloriosa coda a una vida de amoríos públicos, depredación sexual y galopadas (a lomos de caballos blancos) por el centro de Madrid. Por eso aún le cantamos a María de las Mercedes que no se vaya de Sevilla, porque fue un tipo que entendió la dimensión epopéyica (sic) de su biografía.

Pero Alfonso XII fue una excepción a una saga de ineptos incapaces de darle una grande finale a sus vidas. Es difícil trepar por su árbol genealógico porque está llenito de ramas podridas: Alfonso XIII, Isabel II, Fernando VII, Carlos IV…

No son buenos precedentes. Cuando las cosas se ponen feas, los Borbones tienen una predisposición genética a convertir la tragedia de sus vidas en farsa. En vez de poemas épicos, inspiran coplillas y risotadas. Y usted, Juan Carlos, corre un serio peligro de que el final de su vida se reduzca a una colección de tuits chistosos. Si no lo remedia pronto, de su gloria no va a dar testimonio ni la necrológica del ABC. Se lo está poniendo muy difícil a sus futuros hagiógrafos, si es que para cuando fallezca queda alguien dispuesto a componerle una hagiografía.

Remédielo pronto. Como amante de las buenas historias, como nostálgico de la épica romántica, le conmino a que cambie de rumbo. Para ello, debería procurarse un buen guionista. Mientras tanto, debería familiarizarse con los mecanismos narrativos de la redención.

Una norma básica de las cosas de escribir historias establece que cualquier personaje alcanza la redención con un único gesto o una sola frase. No importa lo mezquino, ridículo o pérfido que haya sido en su vida: una chispa de gloria al final permite que se le entierre con la grandeza de un Gattopardo. Lea El héroe de las mil caras, de Joseph Campbell, donde se desmenuza la construcción de las mitologías. Allí encontrará ejemplos procedentes de grandes relatos y de mitos clásicos que podrán inspirar un final digno de una sinfonía de Beethoven.

Pero no quiero hacerle trabajar, que para quien no tiene la costumbre del esfuerzo puede resultarle muy fatigoso. Así que olvídese de los libros y busque un par de buenas pelis que cualquiera de sus nietos puede bajarle de internet. No le propongo nada épico, sino una comedia sencillita. El apartamento, de Billy Wilder. En ella, Baxter es un lameculos, un trepa infame, un desgraciadito condenado a la insignificancia de un despacho. Sin embargo, al final, un simple gesto le engrandece al tamaño de un héroe: cuando el jefe Sheldrake le exige la llave de su apartamento una vez más (para tirarse a la señorita Kubelik), le arroja la del baño de ejecutivos. En un instante, pierde todo (su trabajo, sus ambiciones y todo lo que le había motivado), pero conquista una dignidad al alcance sólo de los mitos.

Billy Wilder, que sabía mucho de coctelería tragicómica, usa ese recurso de forma casi sistemática en sus películas. Piense en Sunset Boulevard y en cómo se redime el grimoso Joe Gillis, que llega a prostituirse por una caja de puros y unos cuantos trajes. Le cuesta la vida, pero todos sabemos que decir y callar ciertas cosas bien merece acabar flotando boca abajo en una piscina de Hollywood. Y si usted no lo sabe, le compadezco.

Dos ejemplos de otro grande de la épica: Sam Peckinpah. Al final de Grupo Salvaje, los granujas se redimen de toda su colaboración con el general Mapache (y de haber abandonado y dejado morir a Ángel) con ese suicidio colectivo. Esa sonrisa antes del tiroteo, ese reconocimiento de que van a morir con la conciencia limpia, llevándose a un hijoputa por delante, es algo grandioso.

Aunque mi favorito peckinpahiano es el final de La Cruz de Hierro, cuando el sargento Steiner le grita al capitán Stransky «yo le enseñaré dónde crecen las cruces de hierro», justo antes de salir del parapeto y enfrentarse a una lluvia de balas enemigas que les van a acribillar. Steiner le ha lanzado un reto: sea valiente una vez en su vida, aunque sea la última. No se esconda, no le eche la culpa a otros, dé la cara y asuma las consecuencias. De eso va la invitación a conocer el sitio donde crecen las cruces de hierro, porque el capitán Stransky se ha pasado toda la peli intentando conseguir una de esas cruces sin luchar ni mancharse las manos, con maniobras políticas y cortesanas. Habré visto esa película no menos de cincuenta veces, y ni una sola he dejado de emocionarme hasta casi el llanto cuando escucho al fiero y dignísimo sargento Steiner decir aquella frase.

¿Son Billy Wilder y Sam Peckinpah referencias demasiado cinéfilas para usted? Ignoro su cultura cinematográfica, así que le ofrezco una alternativa más asequible, aunque digna. George Lucas es un gran discípulo de Joseph Campbell y escribió Star Wars basándose en los preceptos narrativos de El héroe de las mil caras. Al final de la tercera peli, El retorno del Jedi, encontramos un ejemplo bastante burdo, pero muy comprensible, de redención: cuando Darth Vader desobedece al emperador y salva a su hijo Luke Skywalker. Su decisión le cuesta la vida, pero sale del lado oscuro y recupera el amor de su retoño. Es decir: un simple gesto compensa toda la maldad anterior. Lo que venía diciéndole, vaya.

No le queda mucho tiempo para pensar ese gesto si quiere terminar con un buen golpe de efecto. Piense rápido, si es que puede. Tenga en cuenta que el gesto, aunque sea sencillo (cuanto menos retórica necesite, más eficaz y honda será su escenificación), será definitivo. Tiene que ser un gesto de consecuencias inmediatas, fatales e irremediables. Un todo o nada. Metafísicamente, ha de plantearlo como un compromiso con la derrota. Un héroe ha de llegar a la conclusión que expresó Fernando Pessoa: «Toda victoria es una grosería». Si la redención es una forma de belleza y se ejerce contra lo grosero, sólo puede alcanzarse en la derrota. No lo digo yo, lo dice Pessoa: «Lo mejor y más púrpura es abdicar». Y no estaba hablando de reyes.

Si le comento esto no es porque me mueva simpatía ninguna por su persona o por la institución que lidera. Al contrario, los sentimientos que me inspiran son más bien de signo contrario. Si me he decidido a echarle un capote no ha sido por monarquismo, sino por amor a la literatura: creo que reúne las condiciones perfectas para hacer de su historia un conmovedor relato épico. Tiene a su alcance la posibilidad de convertirse en un personaje inspirador y trágico. Algo que sólo pueden hacer quienes han tocado fondo. No le pido que actúe por la moral, sino por la estética.

(Sí, hago trampa, porque la estética es la más salvaje de las morales.)

No sé hasta qué punto le interesa a usted la literatura. Como español del montón, puedo intuir que muy poco. En todos estos años, las fotos y los telediarios nos lo han mostrado en un barco de vela, mandando callar a otros jefes de Estado, tuteando groseramente a un montón de desconocidos (si responde a esta carta abierta, le ruego que no me trate de tú, como suele hacer), posando con elefantes muertos, fardando de muletas en una clínica, gritando gol en palcos de estadios de medio mundo, preguntándole a Pedro Erquicia cuál era su cámara y tartamudeando ante las incisivas e implacables preguntas de Jesús Hermida. Y, salvo en esta última entrevista, donde se observan algunos libritos dispersos por el despacho, nunca le hemos visto con uno en la mano. Incluso diría que su forma de leer en público (su principal actividad laboral) es la de alguien que frecuenta poco la letra impresa. He conocido a varios cortesanos que elogian la cultura de su esposa y dicen que le gusta discutir sobre filosofía, pero ninguno de esos cortesanos ha dicho nada de sus gustos literarios y jamás han trascendido. En cambio, conocemos bien sus gustos en cuestiones de sastrería, vehículos a motor, embarcaciones y mujeres. No es descabellado deducir, por tanto, que no le interesa la literatura. Si así fuera, alguien se habría encargado de filtrarnos los nombres de sus autores favoritos.

Por eso creo que no va a estar interesado tampoco en rematar su biografía con el golpe redentor que pide a gritos y que un escritor o guionista con garra y oficio sabría redactarle en un par de madrugadas inspiradas. Lo suyo pinta igual de mal que lo de sus antepasados, salvo Alfonso XII, pero no le aconsejo coger una tuberculosis (enfermedad que repunta, por cierto): ya no es una dolencia tan romántica como antes y los sanatorios de los Alpes ya no están llenos de lánguidas princesas rusas (además, usted es más de princesas alemanas, por lo que sabemos). Una cosa buena puede decirse de su familia: nunca decepciona. Las biografías de sus miembros son previsibles en su degeneración y ridículo, y se apagan con parecidos bochornos.

Si cambia de opinión, le puedo recomendar a un par de amigos escritores que harían un buen trabajo con su vida, y seguro que le ofrecían un presupuesto ajustado. Yo no me siento a la altura del desafío y mis tarifas son demasiado altas para una modesta casa real como la suya.

Medite mi propuesta, no la deseche sin considerarla.

Suyo afectísimo,

Sergio del Molino

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