Empiezo aquí mi prometida serie sobre mis librerías. Anárquica y sin periodicidad ni catálogo definido más allá de mis volubles pasiones y apetencias. Como la donna, soy una pluma al viento.

LIBRERÍA ANTÍGONA
Pedro Cerbuna, 25
50009 Zaragoza

«Cuando cambies las estanterías, avísame, que me llevaré alguna para casa». Pepito responde con sorna a lo que sabe que es una broma de un lector. En Antígona, las estanterías no se cambian. Mientras aguanten los libros. Si por él fuera, nada cambiaría allí dentro salvo los títulos a la venta. Y la mayoría de sus clientes-lectores está de acuerdo con él.

Antígona tiene aires de garaje. Tuberías a la vista y montañas de libros en aparente desorden o expuestos en un orden que sólo entienden los libreros y los más veteranos rebuscadores. En un mundo de diseño y mercadotecnia burda donde los gurús aplican las mismas técnicas para vender libros que para vender detergente, se agradecen mucho los oasis como Antígona. Hay en su feísmo y en su desactualización estética una profunda y difícil belleza. Quizá, la que emana del respeto hacia los libros y hacia sus lectores. Un respeto sentido, vívido y vivido.

Si los espacios, como muchas veces queremos los escritores, son proyecciones de las personas que los habitan, de Julia y Pepito, los amos de la casa, se puede inferir que son apasionados. Su librería emana una pasión que no es solipsista, porque contagian como una bacteria buena a través de los ácaros de los libros. Ya no quedan librerías como Antígona, que invitan a quedarte, a husmear, a descubrir, a perder una tarde entera en sus mesas y estantes.

Antígona es una librería universitaria, cuya vida no se entiende sin la universidad aledaña. Y es fácil intuir por qué España está como está al comprobar que Antígona no tiene igual en su entorno. Parecido, sí, pero no igual. Es la única librería de la calle. Recuerdo que, en mi primer paseo por Toulouse, me maravilló la cantidad de librerías del tipo de Antígona que se abrían en las calles cercanas a la universidad (a una de las universidades, la primera, cuyo campus está integrado en el casco histórico). Sólo en la retorcida Rue Sainte-Ursule hay siete u ocho antígonas. Es sintomático (aunque no sé muy bien de qué o no estoy seguro de querer decirlo) que la Universidad de Zaragoza se baste con una.

Pero da para ella, y a la universidad debemos agradecer su existencia. A ella, y a la perseverancia, pasión y buen humor de Pepito y Julia. Una perseverancia, una pasión y un buen humor que les han llevado a montar una de las secciones de poesía más impresionantes que yo haya visto, aunque hay que tener mucho ánimo para bucear en ella sin nadie que te guíe.

Pepe, benetiano él, se lo ha leído todo y se lo ha releído casi todo. Tiene un discurso vehemente y jovial, ácrata. A veces, en lugar de vender libros, parece que está preparándose para tirar una bomba en el Liceo o un ramo de flores explosivas al paso del carruaje de Alfonso XIII. Es un Herzen postmoderno, un agitador romántico. Tan romántico, que me mandará a la mierda cuando vea que le he tildado de postmoderno. En otros tiempos, la policía le vigilaría, a él y a su tienda. Hoy, él y sus discípulos son tristemente inofensivos. Hace tiempo que nadie teme a los viejos diletantes que mezclan metáforas y tacos en sus frases. A lo sumo, inspiramos lástima (porque yo me reconozco en la tribu de Pepito).

Julia, andaluza de Jaén, complementa la pasión de Pepito con una ternura cuerda y acogedora. Julia es la perfecta anfitriona, la persona que querrías encontrarte después de un largo viaje, cuando lo único que te apetece es algo caliente y un poco de conversación antes de dormir. Recomienda libros como una metralleta y es mucho menos intransigente que Pepito con la frivolidad literaria. Pero no hay que engañarse: es tan old-schooled como su pareja. Old-schooled, aunque no old-fashioned (y uso esta repelente disglosia anglófila para irritarles). Ambos son parte de un mundo ya disuelto al que unos cuantos nos agarramos con la esperanza de disolvernos también en él. Ambos siguen viviendo en un mundo donde la literatura importa y donde escribir y leer es importante.

Por eso son invisibles, ellos y todos los que compartimos sus pasiones. Por eso Antígona es, usando un odioso símil libresco juvenil, como el andén 9 y 3/4 de King’s Cross, del que sale el expreso a Hogwarts: un sitio que sólo ven los magos. Los demás, pasan por delante sin verlo.

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