Me he dado cuenta de que, cuanto más compleja es una ciencia, más simple es su objeto y su definición. La física teórica, quizá la disciplina más complicada, la que, en su propio desarrollo, cuestiona el concepto y los límites de la ciencia misma, busca una formulación matemática del universo. Esto es una manera fina y elegante de decir que la física teórica quiere explicarlo todo. Es una pretensión ingenua, casi infantil: los físicos teóricos son niños con pizarritas que juegan a comprenderlo absolutamente todo. Contener todo el universo en una ecuación irrefutable. Y, sin embargo, tras ese candor romántico, se esconde una de las formas de pensamiento más complejas y poderosas que se han conocido en la historia intelectual.

Por el contrario, cuanto más estúpida o inane es una ciencia, más complicada y retorcida es la formulación de su objeto y su propuesta epistémica. Cuanto más idiota o irrelevante (o incluso, inexistente) es aquello que dice estudiar, más sintaxis subordinada y retórica engolada necesita su declaración de principios. Muchas de las llamadas ciencias sociales son así. Fíjense en las ciencias de la información, que tuve el disgusto de tratar (a ratos, traté mucho más a las mesas de la cafetería) cuando tenía más pelo y menos kilos. Soy incapaz de reproducir las sandeces llenas de neologismos que muchos expertos en pasar páginas de periódico empleaban para justificar su plaza y su salario en la universidad. Eso, cuando había suerte y quien hablaba era un cínico, porque los peores son los que se creen de verdad todas esas mandangas y están convencidos de que su cháchara tiene un fundamento científico.

Ay, método científico, cuántas veces te han nombrado en vano. Muchas más que a dios, y con resultados mucho más perversos.

Me doy cuenta de que en la vida y en la literatura pasa lo mismo. Cuanto más insustancial y ridícula es una persona, más retórica usa para imponerse ante un mundo que teme (con razón) que no le va a apreciar. Y cuanto más grande y noble es una persona, menos pompa gasta. En lo literario, he visto surgir movimientos y generaciones de escritores que ni siquiera habían publicado un libro, pero tenían una portentosa doctrina estética que ríase usted del Manifiesto surrealista, de una borrachera con cerveza de trigo de los más exaltados poetas del Sturm und Drang o de una acalorada junta de accionistas del Círculo de Bloomsbury.

Hace muchos años, yo formaba parte de un grupo (un grupúsculo, apenas una célula que se soñaba terrorista) que publicaba una revista muy vehemente y que se atrevió a sacar un manifiesto subtitulado «un nuevo arte para una nueva época». Yo estaba muy convencido de que había que dar un golpe de mano (o de lo que fuera, la cuestión era dar golpes, y que sonasen fuerte en los despachos de la oligarquía cultural, qué se creían esos burgueses de mierda), hasta que alguien leyó nuestro panfleto, muy interesado, y dijo: «Es todo estupendo, pero, ¿dónde están las obras que forman este nuevo arte? ¿Dónde están las novelas, las instalaciones, las películas, las óperas?».

Ups.

Esto…

Pues…

Mire, obras, lo que se dice obras, lo que la burguesía reaccionaria entiende por obras de arte (aunque nosotros preferimos no usar esa terminología caduca y autoritaria) no tenemos. Pero ideas y discursos, los que quiera. Nosotros tenemos teoría. La teoría es el cimiento de la praxis.

Esto último lo dije ya sin convicción.

Creo que fue el día en que empecé a decirlo todo sin convicción. El día que perdí todas mis convicciones. Y empecé a escribir.

Ahora me sucede al revés: cuando me preguntan por mi poética (y me preguntan mucho por mi poética, más que por mi familia), creo que la respuesta más sensata es un encogimiento de hombros y una invitación a leer mis libros. Alguno. U hojearlo, si acaso.

Me siento mucho más tonto que antes, pero bastante menos idiota. Antes tenía un plan para dominar el mundo. Un plan de conquista detallado y sólidamente argumentado. Ahora, sólo tengo un propósito ingenuo: escribir. Es de las cosas más ingenuas que se pueden hacer en esta vida, dejando al margen la pretensión de formular una descripción matemática del cosmos. Me siento como un niño que dice que quiere ser astronauta. ¿Qué hace usted con su vida? Escribo. Es una respuesta que infantiliza, que no sirve para que te tome nadie en serio. Es como responder: mamá, quiero ser artista.

Allí lejos, en la parte seria de la vida, un montón de chicos bien con corbata formulan con aplomo sus planes profesionales y cómo esperan conseguirlos. Lo expresan con mucha subordinación y anglicismos en las entrevistas de trabajo. Siento su condescendencia y sus risas a mi espalda. A veces, incluso sus carcajadas en mi cara.

Al menos, sé que no le estoy tomando el pelo a nadie. Porque hay más yo en mis libros que en toda la retórica que los justifica o los antecede.

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