Dice Umbral en algunos libros (porque Umbral se repetía mucho) que la literatura no es creación, sino interpretación. Que no existen los creadores literarios, sino los intérpretes. Es decir: que no hay ninguna diferencia entre un músico solista, un actor y un escritor. Los escritores tocan también su instrumento, que es el idioma y la tradición. Lo mismo vale para los pintores y para todos los que dicen hacer arte.

Supongo que el argumento funciona también en sentido contrario: si los artistas son intérpretes, los intérpretes son artistas. Por tanto, habrá que concluir que uno de los artistas más grandes de todos los tiempos fue Elvis Presley.

fotos_ineditas_elvis_presley

El poder de Elvis es tan grande que ha seducido incluso a quienes pretendían refundar el pop cagándose en Graceland. The Clash, que niega al Rey en la canción 1977 (año de su muerte), copió el diseño de su primer disco para el London Calling.

Primer disco de Elvis Presley, en 1956

Primer disco de Elvis Presley, en 1956

London Calling, de 1979

London Calling, de 1979

Elvis es muchos Elvis (como Picasso es muchos Picassos, Goya es muchos Goyas y Shakespeare es muchos Shakespeares), pero hay uno especialmente problemático que se ha convertido en un tópico. Más que un tópico, un quiste cultural, un malentendido monstruoso que es imposible de deshacer. Es el Elvis de Las Vegas.

Es peligroso decir Elvis y Las Vegas porque son dos nombres que forman parte de un conjuro. Cuando se pronuncian, el oyente se pierde en un campo semántico de decadencia, ridículo, drogadicción, narcisismo y muerte. El tristísimo final de un niño alegre. Saltan la compasión y los mitos sobre la destrucción de la fama, la voracidad del show business y toda una serie de mandangas de folletín. Imágenes de un tipo acabado y gordo que no le alcanza el resuello. Imágenes imaginarias que nunca existieron.

Porque el último concierto de Elvis fue el 26 de junio de 1977, menos de dos meses antes de su muerte, cuando ya estaba físicamente muy deteriorado. Y cuentan que fue un recital salvaje, que su voz sonó profunda y penetrante. Quizá no brincó ni movió mucho la pelvis, pero el público no salió de allí con la sensación de que le habían estafado ni de que el Rey no estaba a la altura de su leyenda. Una leyenda, por cierto, que asegura que terminó con My Way. Cuentan que la última canción que cantó Presley antes de morir fue la versión de Sinatra de Claude François, lo que muchos han interpretado como un hermoso presagio mortuorio y una de las más elegantes despedidas de la historia. Pero es mentira: My Way fue la penúltima canción. Aquel concierto terminó mucho más preyslerianamente con Can’t Help Falling In Love With You. Y mucho más negro en su presagio: parece que Elvis le está cantando a su muerte. Sobre todo, en esa estrofa que dice: take my hand, take my whole life, too, / ‘cause I can’t help falling in love with you (coge mi mano, coge mi vida entera también, porque no puedo evitar enamorarme de ti).

La muerte le tomó la palabra unas semanas después.

La historia de Elvis en Las Vegas empezó oficialmente en 1969, aunque ya dio un concierto allí en 1965. En 1968 hizo una prueba para volver a los escenarios, un concierto de tanteo para probar su forma y perder el miedo escénico. Llevaba casi una década sin tocar en directo ante un público real. Hollywood, como él mismo confesaba, le había alejado de todo lo que le hacía sentir vivo. Se había especializado en películas ñoñas y en apariciones televisivas sin alma. Cuando se paró a pensar un poco en sí mismo, se dio cuenta de que toda la historia del pop le había pasado por encima mientras él ponía su carita afeitada en pelis que detestaba y que era incapaz de distinguir unas de otras. Se sentía y se sabía un cadáver musical. Se había perdido los sesenta, y la cultura pop que él mismo había fundado se reía de él. Por eso decidió mandarlo todo a la mierda y volver a lo que más le gustaba en el mundo: dar conciertos.

El hotel Hilton de Las Vegas le contrató para dar una serie de conciertos anuales. No fue la huida hacia adelante de un tipo acabado, sino el golpe en la mesa de alguien harto de fingir ser quien no era.

Hace unos años, se recogieron muchas de esas actuaciones en una caja de cuatro discos titulada Elvis Live In Las Vegas. El primer disco contiene íntegro el primer concierto que dio en el Hilton, en julio de 1969. Los fans, los puristas preyslerianos, han puesto a parir la producción. Consideran que la discográfica destrozó el espíritu de Elvis en directo. Esa actuación se grabó con muchos medios. El productor disponía de masters de muy buena calidad con los que podía hacer un buen trabajo. Sin embargo, el piano apenas se oye y las canciones suenan algo planas, sin la profundidad que se espera de sus arreglos orquestales. Y, para colmo, conservan un montón de impurezas: se oye la respiración jadeante de Elvis, sus tartamudeos entre canción y canción, carraspeos, sorbos al beber agua…

A mí me encanta. Creo que el resultado lo-fi es fantástico y transmite muy bien el ambiente de un concierto. Al escucharlo, casi sientes el calor acumulado y el aire cargado de humo. Detesto los discos en directo demasiado producidos. Pero lo que más me gusta de todo es que se escuchan el miedo, la inseguridad y los nervios de Elvis. Se oye a un Elvis muy tenso, que se va relajando conforme pasan las canciones, que bromea mucho con el público pero tiene un discurso errático, sin ensayar, sin imposturas.

Lo dice al principio: es la primera vez en nueve años que me subo a un escenario y estoy muy emocionado. El público está de su parte, tan emocionado como él. Es un concierto selecto, unas dos mil personas. Muy VIP. Ha habido algo más que palabras para conseguir entradas. Se sienten privilegiados por el simple hecho de estar allí, pero la humildad y el aparente apocamiento del Rey les halagan. Hay un flirteo, una estrategia de seducción bellísima entre los asistentes y Elvis.

En las primeras canciones, Elvis se da ánimos. Después de un silencio, justo antes de arrancar los acordes, se oye: come on, come on, you can do it (vamos, vamos, puedes hacerlo). Se nota que se lo dice a sí mismo, no son palabras para el micro.

Al escuchar ese disco que los puristas, tan pendientes del detalle ridículo, no aprecian, asistimos a algo grandioso: el artista que recupera el hilo de su discurso. Una fuerza de voluntad prodigiosa. Si alguien ve ahí a un hombre acabado es que está ciego o es gilipollas. Estamos asistiendo a la resurrección de alguien grande. Aquel treintañero melancólico vuelve a ser el chaval de Tupelo que cantaba para ligar. Elvis se convierte en lo que Elvis quiere ser y no lo que el mundo quiso hacer de él. Es una afirmación personal, un golpe de fuerza digno de un Miguel Ángel.

Lo dice al final, en un parlamento largo que es una especie de confesión. Resume un poco su vida y lo que significa para él volver a los escenarios, su sitio natural, el lugar del que nunca quiso irse. Habla de su etapa de Hollywood con humor y condescendencia. Se burla de sí mismo, pero en el fondo sabemos que le duele y que le cuesta mucho renacer. Los renacimientos son tan dolorosos como el primer parto. Más, incluso, porque de nuestro nacimiento no guardamos memoria.

No hay nada ridículo en el Elvis de Las Vegas y sí mucha dignidad de la que aprender.

Anuncios