Cuando la histeria se calme y los titulares empequeñezcan hasta extinguirse, se podrán pensar muchas cosas del accidente de Santiago.

Cosas que van más allá de la contingencia, del debate urgente o del me duele España. Cosas que van mucho más allá de la política o de la metafísica hispanista (esos gemidos unamunianos y orteguianos que nos llevan taponando de cerumen regeneracionista las orejas desde que Sagasta se despiojaba la barba). Cosas que hablan de la incomodidad de vivir. De lo mal que se nos da vivir. No es extraño que triunfen los recetarios de autoayuda: vitalmente, la mayoría de esta sociedad parece que ya no sabe ni freírse los huevos de sus propios dramas.

Decía Kant que la inteligencia se mide por la cantidad de incertidumbres que se pueden soportar. Si este señor tan alemanote y tan monacal estaba en lo cierto, vivimos en una sociedad profundamente idiota, puesto que la cantidad de incertidumbres que puede soportar es prácticamente cero. Hemos perdido la noción de fatalidad. Quizá sea un síntoma de laicismo: la fatalidad está en el núcleo de las religiones. Pero la doctrina del carpe diem es perfectamente laica e incorpora la fatalidad.

Un accidente es una fatalidad. Tiene responsables en un plano estrictamente legal. El derecho está para buscar esas responsabilidades y compensar el daño que un accidente puede provocar, pero un accidente, por su propia naturaleza, no puede tener responsables morales. Cuando los tiene, se convierte en otra cosa, ya no puede ser un accidente. Si el acto que lo provoca no es involuntario y fortuito, es un sabotaje. O un asesinato. Y ahí no sólo entramos en otra categoría penal, sino también moral. Negamos el concepto mismo de accidente. Negamos las distracciones, los imponderables, las cagadas imprevistas. Negamos incluso el concepto de error. Necesitamos negar todas esas cosas ligadas a la fatalidad para encontrar un culpable. No un culpable para que el perito de la compañía de seguros cierre el expediente. No se trata de delimitar responsabilidades jurídicas, sino de saber quién tiene la culpa. La culpa absoluta. La culpa completa, rotunda y malvada.

De la misma forma, llamamos accidente a sucesos que en realidad no lo son. Un conductor borracho no comete un acto involuntario, puesto que pocos actos hay más voluntarios que la borrachera. Si se estampa y mata a alguien, no ha provocado un accidente, ha matado a alguien. Sin embargo, alguien que comete un error fortuito mientras maneja una máquina, sí que ha causado un accidente. Su descuido lo ha causado. El conductor borracho que mata a alguien es un asesino. El que se ha equivocado de pedal sin querer, no.

Un seguro no cubre la culpa moral. Un seguro presupone la fatalidad. Un seguro comprende que todo puede fallar, que hasta el maquinista más experto y fiable puede cagarla y que cualquier neurocirujano puede estornudar o resbalarse mientras secciona un tumor cerebral. Un seguro asume lo imprevisto y trata de compensar o de hacer un poco más llevadera la fatalidad.

Pero no nos basta con los seguros. Ni con las leyes. Buscamos venganza contra lo impredecible. Por no haber sido capaz de hacerlo predecible. Han de rodar cabezas, alguien tiene que sufrir más allá de lo que digan los jueces y los acuerdos de las pólizas de seguros. Se busca un castigo moral, una venganza. No se buscan responsabilidades, sino culpas.

Es, en el fondo, una venganza laica contra el destino. Como el moribundo que demanda a los médicos que le tratan. O como el señorito que se enfada con el criado tras una humillación social. Buscamos responsables para seguir siendo nosotros irresponsables, para no tener que aceptar nunca la incertidumbre.

O qué sé yo. Son pensamientos que necesitan una maduración. Intuiciones de hartazgo que me apetecía compartir con ustedes.

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