Esto apareció ayer publicado en mi homilía dominical en la edición impresa de Heraldo de Aragón (ya saben, mis ciudades pixeladas). La cuelgo aquí, además de porque creo que puede interesar a quienes me leen y no viven en estos pagos, porque no tengo el día para contenidos originales, pero tampoco quería dejar sesteante el blog, como si no hubiera nadie cuidándolo. Yo me entiendo. Son días putos para mí estos primeros de agosto.

Contra Buñuel

Se ha conmemorado esta semana el trigésimo aniversario de la muerte de Luis Buñuel y se ha hecho, como suelen hacerse estas cosas en Aragón, con lamentos. Pero no lamentos fúnebres, sino por el abandono de su legado. Que si el centro que montaron en Calanda está al borde de la quiebra. Que si el Gobierno de Aragón no hace lo bastante para promover el legado buñuelesco. Que si la televisión autonómica y la filmoteca no ponen sus películas. Que si nadie se acuerda ya de don Luis.

Somos muy de lamentar, por aquí. El lamento es sistémico en Aragón. Pero, puestos a lamentar, yo querría llorar por algo muy distinto. Lamento que no exista un discurso contra Buñuel en Aragón. No porque desee que se le ataque ni porque no me guste su cine. Simplemente, que la cultura aragonesa se escriba a favor de Buñuel y no en contra, me parece sintomático de que algo marcha terriblemente mal en esa cultura. De hecho, puede ser síntoma de que la cultura aragonesa, como tal, no existe o se encuentra en un estado de letargo catatónico del que va a ser muy costoso despertarla.

Es cierto que las películas de Buñuel ya casi no se ven. Es cierto que su herencia es difícil de rastrear en el cine contemporáneo. Son pocos, poquísimos, los cineastas actuales que se reclaman buñuelistas. Y es lógico, porque su cine ha quedado para consumo de académicos y eruditos. Pero esta ausencia de su obra no ha impedido que, en Aragón, Buñuel se haya convertido en un dios. Es el mayor referente cultural de la comunidad. Buñuel es a Aragón lo que Mozart a Salzburgo (con la salvedad de que las óperas de Mozart están más vivas que la filmografía del maestro de Calanda). Buñuel está en boca de todos. En cada callejero, en cada institución, en cada iniciativa oficial con pátina cultural. Y, con tanto peso retórico, con tanta cita de alcalde y concejal y con tanta glosa periodística es muy extraño que no haya despertado cierta antipatía entre los sectores avanzados de la cultura.

Un concejal corta la cinta inaugural de la última exposición retrospectiva dedicada al genio de Calanda.

Un concejal corta la cinta inaugural de la última exposición retrospectiva dedicada al genio de Calanda.

Porque el arte evoluciona matando a los padres y a los abuelos. Los referentes nuevos surgen de la refutación de las mitologías oficiales. Pero es precisamente la parte que se considera más progresista de la cultura aragonesa la que más reivindica y celebra a Buñuel. Don Luis ha conseguido poner de acuerdo a concejales de derechas y a videoartistas neopunk.

Buñuel está bien donde está, en los altares oficiales y en las monografías universitarias. Allí es donde se coloca a los santos laicos del arte, para que custodien e inspiren a las sociedades. Los concejales y los alcaldes hacen bien en celebrarlo. Quienes no están en su sitio son los videoartistas neopunk, pues incumplen su deber de cuestionar las verdades establecidas. Una cultura aragonesa auténtica con voluntad de alternativa y originalidad debería empezar por renegar de Buñuel. Para luego volver a él, quizá, pero después de destrozarlo y negarlo. Ninguna cultura viva y estimulante se ha levantado sobre la adoración acrítica hacia los maestros.

Quizá la muerte que debamos lamentar no sea la de Buñuel, sino la de nuestro propio arte.

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