Leo en The New York Times que la última moda entre el pijerío manhatanil es comprarse un pequeño apartamento, en plan estudio o buhardillita, en el mismo edificio donde se vive (aquí, el repor del NYT). Antes, compraban el piso de al lado o los de abajo y arriba para hacerse megapisos o megadúplex, pero esto es otra historia. Lo molón es que el añadido esté unos pisos separado, que no haya posibilidad de empalme con la vivienda. Porque el objetivo es crear un refugio, un sitio donde dedicarse uno a sus cosas sin que el resto de rondadores de la casa moleste.

El primer testimonio que glosa el reportaje es el de Freddie Gershon, baranda del show business. Gershon tiene un pisito en Midtown Manhattan. Un ático dúplex con terraza. Seiscientos metros cuadrados de nada que comparte con su mujer. Pero su mujer debe de cundir mucho, porque a Gershon le ha dado por escribir y la casa (en la que cabe la mía seis veces) se le ha quedado pequeña. Así que se ha comprado un apartamentito de 92 metritos cuadrados en el cuarto piso de su mismo edificio. Las razones:

“I have reached a point in my life where I want to write,” he said. “I have a book in mind, and I wanted a sanctuary that didn’t require me to get dressed and go outside. I wanted to go to the service elevator and just go to a different floor.”

Mr. Gershon said he had tried working at home. “But then I’d hear the phones,” he said. “Or I’d get distracted by the view of the river.”

Es decir:

«He llegado a un momento de mi vida en que quiero escribir. Tengo un libro en la cabeza y quería un santuario que no me exigiera vestirme y salir a la calle. Quería coger el ascensor de servicio e ir a otro piso sin más.»

Gershon asegura que ha intentado trabajar en casa. «Pero entonces oía los teléfonos o me distraía con la vista del río.»

Que le distraía la vista del río, va y dice el tipo. Pobriño, qué conmovedor testimonio. ¿Os imagináis la tortura de intentar escribir un libro y que te distraiga todo el rato el puto skyline del Puente de Brooklyn? Es que así no se puede ni vivir, no sé cómo aguanta esta gente semejante tormento. Pero no sufráis. Por suerte, Gershon ya tiene su santuario y pronto parirá una Gran Novela Americana.

Según el NYT, muchos de los militantes de esta moda inmobiliaria de los estudios separados de la casa pero en el mismo edificio lo que quieren es eso, escribir la Gran Novela Americana. Por lo visto, lo único que los separa de la gloria literaria es una compraventa con notario. Con un estudio silencioso, una manita de pintura, una alfombra de la Capadocia, unos cojincicos y un Mac bien puesto (y quizá unos libros por aquí y acullá, en desmayado descuido), hala, a crear. Un par de tardes ahí encerrado y a ver quién no acaba siendo un David Foster Wallace.

Me encanta esta ingenuidad esnob. Es tierna. Pero me inquieta que esté mucho más extendida de lo que parece. Nadie pensaría que comprar un trozo de mármol de Carrara te convierte en Miguel Ángel, pero hay muchísima gente convencida de que tener un cuarto propio, a lo Virginia Woolf, le va a convertir en escritor. No sé qué decían los refranes de que el hábito no hace al monje.

Cuando leí el ensayo de Woolf, interpreté que ese cuarto propio era un espacio metafórico. Virginia Woolf es una escritora brillante, una tipa muy lista, y no podía suponer que sus lectores la tomarían al pie de la letra. Cuando escribió aquello de que las mujeres, para escribir, necesitan un cuarto propio alejado de la casa, estaba construyendo una metáfora y trazando una vindicación simbólica. De otra forma, aquello no sería un ensayo filosófico-literario-feminista, sino una revista de decoración sin fotos. Virgina Woolf quiere decir que las mujeres, para poder irrumpir en el arte, han de abandonar el hogar. Al menos, momentáneamente, en lo que dura el trabajo creativo. Para ser artistas, han de dejar sus roles tradicionales en suspenso y privilegiar su identidad de artistas. Cuando una mujer escribe, es una escritora, y todo lo demás queda en suspenso. Es una cuestión de autoestima y de relación con el mundo, no de distribución de los muebles. Woolf argumenta que el principal obstáculo para que las mujeres escriban ha sido que su identidad de madres-esposas no ha dejado espacio para la identidad artística. El cuarto propio es una alegoría de esa liberación creativa.

Pero, como se lee de aquellas maneras, muchísima gente se quedó en el plano inmobiliario de la imagen literaria, sin llegar a rascar nunca nada de su sustancia conceptual. Así, se ha creado una especie de culto por los “santuarios” de los escritores, como si el cuarto propio favoreciera la creación. El único cuarto propio capaz de inspirar es el metafórico. Las condiciones no hacen al escritor, el escritor siempre preexiste. Muchos grandes libros se han escrito contra toda sensatez y noción de la comodidad, empezando por el Quijote, que fue compuesto por un manco en una cárcel, «donde toda incomodidad tiene su asiento», como escribió el propio Cervantes.

Una celda, escasísima luz, papel malo, tinta infame y un brazo de menos. Esas son las condiciones en las que se escribió el puto Quijote. Su primera parte, al menos. Son muchas las obras maestras que se han escrito con frío, sin desayunar y casi sin mesa. Porque, para escribir, lo único que hace falta es escribir. Y de las circunstancias más atroces han salido páginas soberbias.

El cuarto propio es una coartada perfecta para mediocres y vagos. Excusan sus paupérrimos resultados diciendo que no disponen de ese cuarto propio, pero que, si tuvieran uno, ay, si tuvieran uno. Qué genio se ha perdido el Parnaso por carestía de habitaciones.

El cuarto propio es circunstancial y anecdótico. Quien tiene talento y algo que decir, lo dice. Quien, como el señor Gershon, tiene «un libro en la cabeza», no se espera a amueblarse el estudio para empezar a escribirlo, porque le quema y tiene que sacárselo de las meninges cuanto antes. Si de verdad siente algo parecido a la obsesión literaria, no necesitará ni ordenador.

Lo maravilloso de la literatura es que comparte ciertas características con la mala hierba: crece en las condiciones más adversas. Por mucho hormigón que se eche y por mucho que se corte, siempre crece. No importa lo tenaz que sea el hortelano: la mala hierba, como la literatura, siempre gana. Quien quiere escribir, acaba siempre escribiendo, contra todo y contra todos. Contra el mismísimo sentido común. Porque la literatura se arraiga en las obsesiones. Exige un grado de insensatez y tenacidad que sólo está al alcance de los que venimos defectuosos de fábrica y padecemos algún tipo de trastorno mental.

La gente sana y cuerda no escribe. La gente sana y cuerda se hace rica con otras cosas (que incluyen la explotación de los locos que escribimos) y luego, una vez ricos, se compran un estudio de 94 metros cuadrados en el cuarto piso para escribir el libro que tienen en su cabeza. Ya les anticipo qué libro sale de ahí: una mierda. Porque esta gente tan ordenadita y tan New York Times sólo tiene mierda en la cabeza. Bien amueblada, pero mierda al fin.

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