Escribir un post playero en octubre es insultante. Lo es también en agosto, pero en agosto adquiere un respetable aire democratizador o igualitario o sindical, de cuando los convenios colectivos incluían vacaciones, o incluso de cuando había convenios colectivos, que pronto ya nadie sabrá qué son, como las cornucopias o los sobretodos. Escribir de la playa en octubre es aristocrático, chic y hasta freak. Es como comer tarde. Los nobles de las novelas rusas siempre comen a las cinco. Los siervos comen al mediodía. Si comen. Escribir de la playa en octubre, ya lo sé, es un lujo que no puedo permitirme. Lo escribo a crédito.

La cosa es que mi hijo de un año ha descubierto la playa ahora. Ha sido un gusto adquirido, como el whisky o los anuncios de Activia, pero dos semanas de sufrimiento, asco y llanto trágico desembocaron en una semana de gozo. La playa y el niño, al final, eran uno. Costaba mucho despegarlos. El niño se agarraba a la playa y había que tirar muy fuerte de él para separarlo. Era inevitable arrancar trozos de playa. Un día, de lo fuerte que tiré, me llevé a media familia holandesa. El marido y el hijo gordo, por desgracia. Los devolví, claro, yo prefería a la madre.

Disfrutábamos Cris, Daniel y yo de ese nirvana playero duramente conseguido a base de salitre y lágrimas, y renunciamos ya a recorrer calitas y playas ignotas, que de calitas y playas ignotas se cansa uno pronto, y empezamos a ir todos los días a la misma playa, al mismo sitio, a la misma hora. Pronto, nos salieron vecinos estables. Nuestras sombrillas nómadas amenazaban con formar un asentamiento neolítico, el origen de una civilización antigua basada en la lycra y la crema de alta protección solar. Identificamos a la Familia Telerín, cuya portentosa cantidad de abuelos, nietos y cuñados (que no llegué a contar ni relacionar, me salían tres abuelos masculinos, siete femeninas, cuatro madres para dos hijos y medio y un señor con bisoñé que se sentaba cerca pero no parecía muy integrado) podía fundar una región autónoma en nuestra civilización. Identificamos a Lemmy Kilmister, de Motorhead, que se metía en el agua como quien jugaba a una tragaperras o como quien toca The Ace Of Spades, muy paternal, por cierto, con un niño al que no le gustaba bañarse. Identificamos a La Alemana de las Tetas Estupendas y Su Marido el Tío Bueno Rubio. Identificamos a la madre de mellizas con la mirada perdida (la madre, no las mellizas). Identificamos a La Novia Cadáver, un portento de anorexia y xilófono costillar. Identificamos al Nadador de Cheever. En fin, suficiente material humano para hacer germinar una nueva Babilonia.

Entre tanta estabilidad civilizada, entre tanta cara familiar, me relajé, con mi hijo tan enraizado y confundido en la playa, y jugué con él como si estuviera en casa. Así, un rato en que Cris se fue a dar un paseo por la playa a ver si descubría por dónde se entraba a no sé qué cala, le canté uno de los clásicos que le canto. Esa de Manolo Kabezabolo que dice:

Él sólo fumaba porros
y alguna raya de speed,
hasta que un día le invitaron
a jaco por la nariz,
y definitivamente,
aquello fue una pena,
porque la raya siguiente
se la metió por la vena.

Cuando llegué a aquello fue una pena empecé a notar las miradas de la Familia Telerín, y el verso se la metió por la vena lo entoné ya susurrando, apremiado por la repulsión social que nuestro pequeño mundo de sombrillas volcaba sobre mí. Daniel, por supuesto, bailaba moviendo la cabeza, como si nada.

Entendí el escándalo de la Familia Telerín. Entendí el de la Novia Cadáver y el del Nadador de Cheever. Incluso entendí la censura de La Alemana de las Tetas Estupendas y Su Marido el Tío Bueno Rubio, porque, aunque no comprendían la letra, su sentido de la decencia intuía que no era apropiada para unos oídos infantiles. Pero no le perdono a Lemmy Kilmister, de Motorhead, que me lanzase unos rayos X morales a través de sus gafas de sol, con los que me llamaba mal padre y corruptor de menores. Joder, Lemmy, ¿tú también?

Provoqué un cisma en la pequeña civilización playera. La Familia Telerín debatió en asamblea la conveniencia de retirarme la custodia a lo bestia e integrar a Daniel en su camada (que parecía compuesta por un número variable de niños que oscilaba de los tres y medio a los cuarenta y ocho). Dejé de ser digno de participar en esa epopeya bíblica. Mi canción de Manolo Kabezabolo había roto la armonía ñoña del Creciente Fértil playero. Cuando Cris volvió de su paseo sin haber descubierto cómo se llegaba a la cala (la puta cala, dijo, antes de que pudiera avisarla de que no convenía decir puta, que no estaba la playa para putas), la situación se había tensado mucho, había planes muy maduros para arrebatarme a Daniel. Yo me abrazaba muy fuerte a mi hijo, que se abrazaba, a su vez, muy fuerte a la playa.

Qué vergüenza, empecé a perorar, con el sol haciéndome un contraluz muy de cinemascope en Los diez mandamientos. Qué vergüenza. Nos hemos traído aquí, a nuestro Creciente Fértil, todas las constricciones y las mierdas moralistas de la civilización que decidimos abandonar cuando cogimos la sombrilla y las chanclas. A vosotros, Familia Telerín, ¿de qué os sirven las camisetas de baño del Decathlon, si en el fondo os comportáis como si fueran camisetas de las que no se pueden mojar? Tú, Lemmy Kilmister, de Motorhead, qué vergüenza que me juzgues tú. ¿Acaso no le cantas a tu hijo tu gran éxito Orgasmatron? ¿Quién eres tú para condenar mi kabezabolismo? ¿Y vosotros, La Alemana de las Tetas Estupendas y Su Marido el Tío Bueno Rubio? Vosotros, que venís del país de las ofertas del Lidl y de las chicas gordas bávaras que sirven jarrotes de cerveza de diez en diez, ¿con qué valor me reprobáis? Pedid perdón otra vez por Hitler y volved a enseñarme esas tetas tan ciertamente estupendas. Contigo, Novia Cadáver, no puedo discutir hasta que tu cerebro no obtenga unas pocas proteínas, y tú, Nadador de Cheever, reflexiona sobre tu paupérrimo estilo crol y el sentido existencial último de tu relato antes de salpicarme con la espuma de tu desprecio.

Mientras yo hablaba, Cris despegó a Daniel de la arena y se fue alejando marcha atrás. Cubrí su retirada apuntándoles con la silla plegable y echamos a correr a mi señal, perseguidos por los recién fundados servicios sociales del Creciente Fértil playero. Y no miramos atrás ni volvimos a la playa.

¿Qué mundo es este en el que un padre no puede cantarle canciones punk de ensalzamiento de la politoxicomanía a su hijo? ¿En qué nos hemos convertido?

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