Entre premios y preparativos de viajes y otras cosas, se me ha alterado bastante la rutina. Y yo soy como un bebé, me descentro mucho si no me bañan a mi hora. Llevo unos días sin avanzar en mi libro, que iba como un tiro, sin aparecer por aquí y agobiado perdido preparando un seminario que imparto la semana que viene en Venezuela. Pero prometí volver a recomendar libros, así que busco un sitio para retomar tan sana costumbre en el blog. Porque recomendar libros es, para esta web, el equivalente a comer fruta y verdura.

Empiezo por Gonzalo Torné y su Divorcio en el aire, ya que me da pudor empezar por Marta Sanz, compañera ex aequo del Tigre Juan. No sé cuándo retomaré las recomendaciones, no me lo tomen a mal.

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Lo de Torné es tremendo por varias razones. Porque se oye el crujir de huesos del novelista mientras se lee. Es una escritura de forzudo, de atleta de la literatura que se levanta temprano para entrenar y lleva una dieta estricta. Sólo con mucha disciplina, voluntad y paciencia se escribe una novela como Divorcio en el aire. Pero, para que la novela, además de esforzada, suene interesante, hace falta talento. Torné combina ambos factores como pocos autores españoles.

Porque en España hay muchos escritores ocurrentes y con chispazos de genialidad, verdaderos ilusionistas verbales, pero muy vagos, incapaces de llenar cien páginas o de pasarse cinco horas seguidas machacando un teclado. Son brillantes en un nivel coloquial y lúdico. Son el perejil de las salsas, las guindas de las tartas y el twist de lima del gintonic, pero no tienen paciencia ni ánimo para aguantar una cocción a fuego lento o para pelar bien un kilo de patatas metafóricas. Por eso, pueden llegar a ser excelentes poetas, pero se derrumban en la novela, que es un género que exige currantes madrugadores. España es un país de poetas, Javier Cercas lo dejó dicho en algún artículo, pero no de novelistas. La novela es propia de gente productiva, de países donde hace un frío que pela y no apetece salir a la calle. Por eso tiene más mérito Gonzalo Torné siendo de Barcelona, una ciudad tan de cerveza Damm y minifalda de turista danesa.

La novela se parece al matrimonio porque su existencia está ligada a él. El poema es el polvo fugaz, el romance veraniego, esa cosita agradable e intensa que a veces huele a baño de discoteca y a veces a ginebra de garrafón. Densa en un momento etílico, pero volátil como todos los perfumes de los anuncios de la tele. La novela está ahí todas las mañanas, con la misma cara y nuevas arrugas. Hay quien no lo soporta. Hay quien no está hecho para la rutina y los cepillos de dientes de distinto color. Y está bien que así sea, pero Torné se ha dado cuenta de algo que los novelistas rusos ya sabían: que la novela duerme en un colchón de dos por dos. Y nunca duerme sola.

Escribe Torné una señora novela. Ambiciosa, sin capítulos, puro río de principio a fin. Trescientas y pico páginas en las que mantiene enganchado al lector a través de una poderosa primera persona y de una estructura a saltos, hecha de prolepsis y analepsis aparentemente casuales. También lo hace con un recurso que me recuerda un poco a Gógol, si es que alguien lee a Gógol hoy: la construcción de personajes secundarios a partir de una imagen de fondo. Como si los secundarios se destacasen del decorado en un momento, caminasen a primer plano un ratito y volvieran discretamente a su lugar.

Divorcio en el aire cuenta la historia de un matrimonio, el de Joan-Marc y Helen, que es la historia de una devastación. La que la propia vida nos impone. Cuando uno se pregunta por qué tantas novelas contemporáneas suenan tan insustanciales, la respuesta puede estar en que obvian el matrimonio. El matrimonio es el gran tema de la novela, casi su razón de ser. Es el catalizador que permite que exploten todos los grandes temas universales. En el caso de Torné, la muerte, la vejez, el amor (claro), la amistad y la paternidad. Como un Big Bang, el matrimonio expulsa por el universo constelaciones de misterios y sentimientos a los que la literatura lleva dando vueltas desde Homero. Si la novela de Torné suena tan robusta y coherente es, además de por su voz, su estilo y su estructura, porque sitúa al matrimonio en el botón del detonador.

Torné ha activado un mecanismo muy peligroso, que podría haberle estallado en la cara, como a muchos les estallan sus propios matrimonios, pero lo ha manejado bien, con precisión de artificiero. La novela apenas tiene tiempos muertos y no cae en el peor vicio de la narrativa actual, el cinismo. Se desliza por él, coquetea a ratos, pero Divorcio en el aire no es una novela cínica. Agria, quizá. Y sólo a ratos.

Comienza con una escena de violencia hotelera (no doméstica, porque ocurre en la habitación de un hotel) que resulta incomprensible o que da una imagen absolutamente distorsionada de lo que ocurre en realidad. En el intento de agresión del marido a la esposa hay una provocación. Obliga al lector a tomar partido, a situarse en el lado de los buenos, a compadecer a la mujer maltratada. Pero, conforme avanza la novela, entre el pasado y el futuro de esa escena, todo cambia. Las verdades absolutas se disuelven, la complejidad de las relaciones humanas queda expuesta mucho más allá de lo que una crónica de sucesos puede penetrar.

Me ha gustado, queda claro, por la audacia de la empresa, porque está escrita de frente y con valentía en un panorama literario tan lleno de cálculos y miradas de refilón. Porque Torné está seguro de su verbo y no teme exprimirlo para ver qué hay dentro de él, aunque no le guste lo que vea.

Pero, sobre todo, porque venir ahora con el matrimonio, la edad adulta y la conciencia de la vejez y de las flores del huerto de Ronsard suena tan poco postmoderno, tan refrescantemente ingenuo y tan alejado de cualquier moda que no puedo más que aplaudir. Porque eso es un escritor: alguien que escribe pensando en él, en sus temas, en sus arrugas, en su propia muerte. Por eso, a Torné, me lo creo. Yo, que no me creo casi nada.

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