Sabana Grande. No salgan por la noche. No caminen. No respiren fuerte. Es muy inseguro. En la ciudad de las verjas y los alambres de espino electrificados. En la ciudad donde los taxistas no paran en los semáforos de madrugada. En la ciudad sin coches aparcados en las calles. En la ciudad que nos hizo pasar por un detector de armas para entrar al bar de la música en directo. En la ciudad paranoica y voraz de los malandros motorizados. El coche se mete en dirección prohibida y tiene que recular. Al retroceder, golpea un pivote de piedra y revienta una rueda. En Sabana Grande, a medianoche. Un coche averiado y un tipo que se acerca. Unos europeos a quienes les han avisado de que no caminen por ahí de noche, que es muy inseguro, que en Sabana Grande te matan por un móvil o por unas Adidas. Un tipo flaco y sucio, un clochard, un malandro venido a menos. Se acerca, y los europeos se estremecen con el mismo temblor que agita a los caraqueños de las colinas, que tiemblan al ritmo que imponen los caraqueños de los cerros. Chirinos explica la diferencia entre un cerro y una colina de Caracas. Los ricos viven en colinas; los pobres, en cerros. Puede que una colina devenga cerro, pero es difícil que un cerro ascienda a colina. Los caraqueños de las colinas tiemblan y transmiten su hormigueo sísmico a los europeos con su pinta de europeos, que se dicen que no es para tanto, que los caraqueños de las colinas son paranoicos con complejo feudal, nobles medievales que añoran la barbacana y el foso del castillo y gustan de encerrarse tras cámaras de seguridad y guardias jurados con el seguro de la pistola quitado. Pero ahora los europeos están a la intemperie de la medianoche en Sabana Grande, y aunque la calle es una calle como cualquier otra calle de cualquier gran ciudad latinoamericana, de las que ya conocen, por las que ya han paseado, se ponen nerviosos cuando el clochard se acerca farfullando en caraqueño de los cerros, engullendo sílabas y consonantes en un dialecto que sólo los venezolanos del grupo entienden. El hombre se ofrece a cambiar la rueda y se aplica con una extraña habilidad, manipulando las ruedas con la memoria de un oficio que quizá un día aprendió y aún no ha olvidado del todo. Desatornilla, sube el gato hidráulico y farfulla y farfulla mientras los europeos vigilan las esquinas y las manos del malandro, no sea que transforme el destornillador en una pistola mal engrasada y se arranque uno de esos cuentos de terror que tanto les gusta contar a los caraqueños de las colinas cuando han comprobado que la verja está bien cerrada. Pero el malandro, atento a la inquietud de los europeos, dice, vocalizando bien, estén tranquilos, tranquilos, que esta es mi cuadra, aquí mando yo, no va a venir nadie, yo duermo allí mismo. No deja de trabajar, y en un momento ha cambiado la rueda. Le pagamos por el servicio, y el malandro se pone muy contento, dice que es un soñador. Que es El Soñador, y camina hasta el centro de la calle con los billetes alzados a modo de triunfo olímpico, como un Nadal cualquiera chorreando sudor sobre la pista de Roland Garros. Miren, miren, grita, ¿ven como no hace falta robar? Grita a la noche, a las otras esquinas, a los países limítrofes, a las faldas verticales y verdísimas del Ávila y quizá alguien le escuche, pero yo sólo veo semáforos que los taxistas se saltan. Nos despedimos del Soñador, que queda a nuestro servicio en esa cuadra. Para cuando se nos vuelva a reventar un neumático. Para lo que sea. Es nuestro Soñador malandro en su esquina. El Soñador de Sabana Grande, donde no se puede caminar de noche, donde la vida no vale ni unas zapatillas deportivas, donde los europeos se mueven entre cuentos y advertencias y leyendas urbanas de farola rota y coche sin luces, motor gripado y marcha lenta. El Soñador que no necesita robar nos ve doblar la esquina que él ha tomado como suya, pero nosotros ya no le vemos a él.

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