Me acuerdo de la noche en la pollera, en cuya carta había whisky, pero era mentira. Me acuerdo del camarero que nos preguntó qué cerveza queríamos y, tras pedirle cuatro marcas y negar con la cabeza en todas, confesó que sólo tenía una, y estuvo sacándonos botellines hasta las cuatro de la mañana.

Me acuerdo de que, cada vez que me escapaba para curiosear libros o para tomarme un café con otro escritor venezolano, mi anfitriona (asignada por la feria), acababa encontrándome, sofocada y maternal, tras buscarme inquieta por todos los rincones del recinto. Me acuerdo de que siempre pensaba que me habían secuestrado. Me acuerdo de que no le gustaba que me escapase por mi cuenta. Me acuerdo de que a mí me encantaba escaparme.

Me acuerdo de las cuatro librerías de Caracas que recorrimos preguntando por novelas de José Balza [El hombre de aceite y Percusión], y de cómo no estaban en ninguna de ellas, y de cómo me volví a España sin Balza, el novelista que tanto me habían recomendado, el mejor novelista de Venezuela, decían, pero que no estaba en ninguna librería, porque las librerías de Venezuela tienen problemas para tener libros. Porque, en Venezuela, toda pequeña transacción es un problema. Una vaina. Un peo.

Me acuerdo del mangle enredado y reptiliano, escamado de hojas como un lagarto vegetal dormido sobre el agua. Me acuerdo de los cayos de Morrocoy, de sus corales afilados, de su arena blanquísima, de sus estrellas de mar rojas y gigantes, de los peces globo que comían de las manos de los vendedores de ostras y camarones en ceviche.

Me acuerdo del escritor Ednodio Quintero, dandy y frágil, asiático y consonántico.

Me acuerdo de la permanente sensación de paraíso perdido, de lugar perfecto roto por no sé qué oscura mierda, de país hermoso y herido, miedoso y chistoso, culto y famélico.

Me acuerdo de la voz de Carlos y de sus dedos rasgando el cuatro en el salón de Claudia Barroeta, la hija del poeta José Barroeta, y de cómo Pérez Zúñiga, Chirinos y yo nos pasamos unos papeles mecanografiados que Claudia dijo que eran de su padre, y eran poemas directos y homicidas que sonaban a revelación mesmérica a las tres de la madrugada. Me acuerdo de uno que estaba dedicado al cuerpo de una vieja. Me acuerdo de que me propuse no olvidarlo, pero sólo recuerdo que hablaba del cuerpo de una vieja.

Me acuerdo de que una vez no me repusieron el rollo de papel higiénico en la habitación, y cuando bajé a protestar, el recepcionista se encogió de hombros y dijo que no había. Los venezolanos no se pueden limpiar el culo. Esa mañana, otro venezolano me había pedido pasta de dientes. En las tiendas no había. El café lo tomé siempre solo, pues no había leche líquida.

Me acuerdo de que al día siguiente me pusieron un rollo, y me acuerdo de que pensé en guardarlo en la caja fuerte de la habitación.

Me acuerdo de que la expresión que más escuché en Venezuela fue “no hay”.

Me acuerdo de que una mujer recorrió un montón de kilómetros sólo para asistir a mi taller en la feria del libro, y me acuerdo de que me quedé con ganas de darle otro abrazo y de charlar un rato más con ella.

Me acuerdo de que una poeta llamada Edda quiso sacarme a bailar salsa y yo me negué, agarrado a mi silla y a mi copa de vino argentino y a mi conversación (¿política?) con Andrés Neuman, mi culo inmóvil de europeo culón y platicante.

Me acuerdo de la exposición de Vasco Szinetar en El Chacao de Caracas, que me enseñó él mismo, y de cómo me golpearon sus autorretratos en los que cuenta su exilio en Bogotá, prófugo del chavismo. Me acuerdo de que Vasco me fotografió frente al espejo del baño de mi habitación y sentado sobre mi cama deshecha, como si acabara de poseerme.

Me acuerdo de que todos los actos en los que participé estaban llenos de gente, y que el público hacía muchas preguntas, y que yo tenía la sensación de decir muchas tonterías que, en el fondo, no le importaban a nadie, porque lo que importaba ahí era que no había leche, ni papel higiénico, ni pasta para lavarse los dientes, ni dólares con los que huir a París y tirarse al Sena desde un puente.

Me acuerdo del pelo cano y enmarañado de Diómedes Cordero. Me acuerdo del nombre de Diómedes Cordero y cuánto me gustaría escribir una novela protagonizada por Diómedes Cordero que empezara con la frase Diómedes Cordero no quiso levantarse aquella mañana.

Me acuerdo de que me compré la poesía completa de José Barroeta, titulada Todos han muerto, y de que Diómedes Cordero buscó en el índice de mi ejemplar un poema, y abrió el libro por una página, y el poema se titulaba Diómedes.

Me acuerdo [y quizá no debería acordarme de estas cosas] de Juan Carlos Chirinos, a las mil de la madrugada, intentando colarse en una boda que se celebraba en un hotel y pidiendo a un invitado que le pasara una botella de whisky a través de la cancela.

Me acuerdo de un rascacielos a medio hacer en el centro de Caracas, muy cerca de la parte colonial, tomado por una banda de ex presos que suben por las rampas con sus motos hasta los pisos altos. Me acuerdo de que Caracas sabía a ciudad en descomposición, a punto de ser de nuevo tragada por la selva verde y brillante que siempre ha amenazado con cubrirla.

Me acuerdo de que no sabía calcular la diferencia horaria con España, porque Venezuela es uno de los poquísimos países con un huso horario de media hora. Venezuela es GMT -5,30, por capricho de Chávez.

Me acuerdo de que un borracho antichavista gritó en una tasca a otros borrachos chavistas: Chávez murió, supérenlo ya, vayan al psicólogo.

Me acuerdo de que había muchos policías y militares por la calle, y de que había gente que paseaba con pistolas en el cinturón, y de que todo el mundo tenía una pequeña o gran historia de violencia que contar a la cuarta cerveza o al segundo vino o al primer ron.

Me acuerdo de que comimos comida española en la casa del embajador español, y de que alguien hizo un chiste sobre el rey, y de que todos nos reímos, y de que el embajador y su mujer, diplomáticos y estatales, no se rieron.

Me acuerdo de que nos emborrachamos con ron Santa Teresa en la planta 14 del Gran Meliá, con las luces de Caracas a nuestros pies, y de que nos hicimos fotos con el chándal chavista que se compró Miguel Ángel Hernández por mil y pico bolívares en el centro comercial paredaño. Me acuerdo de que Miguel Ángel Hernández piensa ir al Primavera Sound con su chándal chavista, y confía en triunfar con él.

Me acuerdo de que ninguna de las ideas que tenía sobre Venezuela resistió el choque con el país. Me acuerdo de mi extrañeza y mi placer, mi pena y mi celebración. La pena por un país que se pinta a la vista como el paraíso. pero se vive como un pequeño, húmedo y hosco infierno.

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