Hoy se cumplen cien años de la publicación de Du côté de chez Swann, la primera parte de À la recherche du temps perdu. Y yo me tomaría un armagnac para celebrar el aniversario. O un chocolate con pasteles como los que servía Mme Swann. Pero, en realidad, lo más acertado sería quedarse todo el día en la cama, débil, moribundo y quejoso.

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Hay muchas formas de leer a Proust y muchas formas de entenderlo, pero también hay muchas formas de concebir la escritura de Proust. No su prosa, no sus libros, sino su escritura física. Para mí, cien años después, desde esta Europa y desde mis ojos, que apenas me alcanzan para comprender nada de lo que pasa delante de ellos, la escritura de Proust es un acto de resistencia. Vendrán los listos a reírse de mi interpretación. Vendrán los cuñados de la literatura a corregirme y a aclararme el verdadero significado de la escritura de Proust, llamándome de paso bobo e ingenuo. Pero, para mí, la composición de À la recherche es, además de un supremo triunfo de la voluntad, una resistencia contra todo y contra todos.

Du côté de chez Swann se publicó menos de un año antes de la Gran Guerra. La mayor parte de los seis volúmenes restantes se escribió en medio del desastre. Europa se ahogaba en su propia estupidez, hundiéndose en letrinas con forma de trinchera. Nada importaba que no fuera la matanza. La gente seria, la gente responsable, se conmovía públicamente y firmaba textos llenos de soluciones y proclamas. Pero, en el centro de París, en un piso del bulevar Haussmann, noche tras noche, un señor asmático que tosía mucho y parecía que se iba a morir en el siguiente ataque, escribía y escribía y escribía recostado en su cama de enfermo. Escribía y corregía. Tachaba y apuntaba al margen. Reescribía y volvía a corregir. Obsesivamente, haciendo de su manuscrito un palimpsesto que sus herederos no iban a saber editar (su hermano Robert casi enloquece preparando la edición de los volúmenes que dejó póstumos). En Europa desaparecían países enteros, generaciones completas eran apioladas, la juventud se retorcía en estertores de gas mostaza y en Rusia estallaban revoluciones, pero Marcel Proust, noche tras noche, se entregaba a su novela autobiográfica de la aristocracia francesa, de sus saloncitos, sus adulterios, sus músicas deliciosas, sus pintores tristes y sus ciudades balneario atardeciendo sobre el océano de Normandía. Y, los pocos momentos en que no escribía y se sentía con ánimos para salir a dar un paseo, se iba un rato al hotel Ritz a ligar con los camareros suizos. Algunos pensaban que lo hacía porque era un señorito frívolo al que se la traían al pairo la guerra y el destino de la humanidad. Otros pensamos que lo hacía porque creía que, en una Europa tan fea y ruinosa, alguien tenía que seguir apreciando la belleza de un gentil mozo sosteniendo con gracia una cafetera.

Como diría cualquier cuñado o subsecretario ministerial, Europa no estaba para chorradas, con la que estaba cayendo. No estaban los tiempos para impertinencias de artistillas. Y, sin embargo, en cuanto llegó la paz y se pudo retomar la publicación de À la recherche, el propio André Gide pidió disculpas a Proust por haber rechazado el primer manuscrito, reconociendo que había sido un burro al no apreciar la grandeza de la novela. Le dieron el Goncourt. Francia entera le presentó sus respetos y le dijo: merci, M. Proust, vous aviez raison. Ahora que hemos vuelto, es bueno que nos recuerden quienes somos.

Hay muchas formas de entender la obstinación del enfermísimo Proust, así que déjenme soñarla así, como una forma de resistencia. Una resistencia artística que se impone contra todo y contra todos. Como los monjes medievales, quizá sin saberlo, aquel escritor enfermo preservaba en los papelotes de su cama lo mejor de una cultura que se hundía. Se negó a ser otra cosa, se negó a que el mundo le cambiara. Él, tan frágil y delgado, no se dejó arrastrar por la corriente y aguantó firme. Era escritor, qué diantres, y un escritor escribe. Escribe lo que ha de escribir, no lo que le dictan las circunstancias. No se compromete con nadie salvo consigo mismo. Iba a morirse, tenía que darse prisa. Si le sorprendía la muerte, que lo hiciera con el mayor número de correcciones y notas posibles.

Para mí, hay una enseñanza política aquí. Cuando se exige a los artistas que se comprometan y hablen de lo que importa, en realidad, se les está exigiendo que dejen de ser artistas. Qué mayor compromiso que un escritor que escribe lo que nadie le ha pedido que escriba. Qué mayor compromiso con la cultura y el arte que seguir fiel a la cultura y al arte.

Esto es lo que pienso. Ahora, los cuñados de la literatura pueden venir a darme lecciones y a iluminarme con sus verdades de pregunta larga de selectividad.

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