Como Belén Esteban sigue vendiendo por quintales (cien mil ejemplares mientras escribo esto, puede que lleve ya ochenta millones cuando ustedes lo lean) y como el post que escribí al respecto ha sido muy citado (hasta Carlos Blázquez lo menciona en el último Punt de llibre de Ser Catalunya, presentado por mi queridérrima Pilar Argudo: en este podcast, a partir de 41’30”, cuando se pone muy apocalíptico), me he visto tentado varias veces de escribir una segunda parte. Me he reprimido hasta hoy, hasta que un comentario en la entrada me ha tocado el punto G y ya no he podido aguantar más el gemido. Lo firma elisa (en minúsculas, estará escrito en alguna lengua autonómica igualitarista que ha suprimido las mayúsculas de su ortografía para hacerla más democrática). Lean:

A lo mejor, por tener 40+20, no conozco tu obra, si la de Wallace…y no, no pienso leer a Belen E.pero ni su incultura,ni su vulgaridad son justificacion para tu post, por supuesto entretenido y bien escrito.
Solo preguntarte: De quien eres tu desciente? En que elegantes barrios viviste? Cuanto y donde estudiaste?
Naciste de ” buena cuna”  suerte la tuya! En ningun caso la prepotencia es una forma elegante de criticar y los marginales, son humanos, personas como tu…pero sin las  oportunidades, ni suerte que tu parece q has tenido.
No leere a B.E pero…a ti a lo mejor tampoco! Y ya se…te importa un bledo!

Mire, elisa, estoy hasta la punta de mi última cana del rollo chica de barrio. Ese estereotipo tan trabajado y tan machacón, cultivado no sólo por Belén Esteban, sino por toda la factoría Globomedia y por José Luis Moreno. Ese neocostumbrismo chabacanote que tanta audiencia tiene porque, según dicen, refleja el espíritu popular de las calles populares en su popularidad intrínseca. Un engrudo televisivo que ha convencido a todo un país de que un barrio es una especie de corral urbano donde se amanceban y fermentan tipejos asilvestrados y gritones cuya única forma de ingenio es la procacidad.

No, elisa (me dirijo a usted, señora minúscula, aunque sé que no me lee, la invoco en representación de todas las señoras minúsculas que escriben con muchas faltas de ortografía, demasiadas para alguien que presume de leer a Foster Wallace), no: yo no crecí en un barrio elegante. A mí me creció el vello púbico en un barrio de mierda. No le voy a hacer evocaciones largas ni descripciones, porque, si me pongo, me sale una novela postdickensiana, pero yo sí soy un chico de barrio. Ignoro si Belén Esteban lo es. Ignoro si los decorados de las series de Globomedia y de José Luis Moreno representan algún barrio. Yo sé que tuve uno, donde aún vive mi madre, y lo dejé para irme a estudiar, y ya no volví a vivir en él más que algunas temporadas muy muy breves.

elisa, yo soy desciente de un profesor de FP y de un ama de casa, que a su vez eran descientes de un dependiente de grandes almacenes y de una tendera de pueblo. Alguno de mis bisabuelos debió de ser agricultor. Mis tatarabuelos lo fueron, sin duda. Por lo que sé, Del Molino es un apellido literal: un antepasado mío (seguramente, de finales del siglo XV, que es cuando surgen estos apellidos menestrales en Castilla, para eliminar en los nombres cualquier sospecha de sangre judía) era el encargado de un molino. No su dueño, sino el que molía el grano que los campesinos llevaban a moler. El dueño del molino, claro, se llamaría Borbón Dos Sicilias o Alba o Medina Sidonia, o vaya usted a saber. No se vislumbran casas solariegas ni escudos de armas en mi árbol genealógico. Por lo que he podido indagar, sus ramas lo forman desgraciados que curraron mucho toda su vida y murieron más pobres que como nacieron.

Por parte de madre, fui la primera persona de la historia de la familia que se matriculó en una universidad (por parte de padre se me adelantaron unos pocos años dos primos mayores que yo, pero también pertenezco a la primera generación universitaria en esa rama). Y lo hice gracias a una de esas becas que concedía el ministerio de Educación y que cada vez quiere conceder menos. Mi hermano, que es ingeniero y mucho más listo de lo que seré yo nunca, también tuvo la suya. E, incluso con ellas, mi familia hizo un enorme esfuerzo para que pudiéramos estudiar. Enorme, de los que se pagan toda la vida.

Yo soy un chico de barrio, pero yo no hablo como Belén Esteban. Soy una persona educada. Digo por favor y gracias y termino los participios en ado. Aprecio a las personas que también son educadas, no me gustan los gritones ni los estridentes. Me asquea la gente como Belén Esteban. Me asquea la gente que confunde la grosería con la integridad. Vengo de un barrio de mierda, lastimoso, sindical y desarrollista, y no me he relacionado con ninguna aspirante a princesa de pueblo.

¿Quiere hablar de suerte y de oportunidades? En mi barrio de mierda, gracias a unos años en que España tuvo una educación pública mucho más que decente y un bachillerato basado en la excelencia académica, unos cuantos chavales vimos el camino expedito a la universidad. No había que tener suerte ni oportunidades. Bastaba con no ser un lerdo integral ni un vago. Incluso siendo un poco lerdo y un poco vago, podías llegar a la selectividad. En mi barrio de mierda, muchos de mis amigos, y yo mismo, no teníamos un clavel, pero eso no suponía un gran problema.

¿Quiere conocer a algunos y algunas chicos y chicas de barrio? Del mío, vaya, que no es tan distinto del San Blas de donde dicen que es Belén Esteban. Pues mire, sé que uno es físico teórico y se dedica a estudiar cosas tremebundas de la materia y sus secretos. A otro me lo encontré cuando fui a dar una charla a una institución, y estaba de baranda-organizador del sitio, lo que me hizo mucha ilusión. De otra sé que ha vivido muchos años por el extranjero y que volvió y que ha vuelto a irse, a trabajar en cosas de ciencia que no entiendo. Una chica que, aunque era del barrio de al lado (en muchos aspectos, un barrio más chungo que el mío), fue muy amiga, se hizo periodista, como yo (no fuimos los más listos escogiendo). No me extiendo más, aunque podría hacerlo varios párrafos. De vez en cuando, me encuentro con gente por el Facebook, que es donde se encuentra la gente hoy, y veo fotos de tipos de mi edad con niños guapos y sonrientes y con mensajes sin faltas de ortografía que transmiten vidas amables de gente amable y razonablemente feliz. Aún no ha aparecido ningún fascistilla gritón, como Belén Esteban.

Mi mundo era difícil y áspero, pero no soez. En mi barrio había gente con más o menos talento, más o menos lista, más o menos interesante, pero cuya meta en la vida no era follarse a un torero y hacerse rica dando berridos en la tele. En mi barrio había gente lerda, fascistona, inculta y también gentuza de la que convenía apartarse, pero yo sólo recuerdo a los buenos, que no eran pocos ni marginales. Yo recuerdo a personas sensibles, con las que me intercambiaba discos y libros, con las que aprendí a apasionarme por todas las cosas que me apasionan, con las que hablaba de amor y, a veces, también lo hacía, en ese sexo ingenuo y deslavazado del fondo del parque. Un amor trágico y adolescente, con un elevado sentido de la trascendencia y el suicidio, como corresponde a niñatos llenos de hormonas. Una cosa delicada y ridícula, sí, pero en absoluto grosera, en absoluto parecida a ese calentón perenne y chabacano en el que el neocostumbrismo nos dice que vive la gente de barrio, con una sexualidad más propia de bonobos que de humanos. Recuerdo a gente con ingenio y divertida.

Hoy me encuentro a señoras que vienen a mis firmas de libros a decirme, mientras les dedico un ejemplar, que su chico o chica, ese que fue conmigo al insti, ese que se fumaba los porros conmigo en la puerta de los recreativos, es muy feliz. Y, mientras pienso una dedicatoria a su altura, levanto la vista de la página para contemplar su mirada de madre orgullosa, para verle la sonrisa mientras me dice que el suyo es un chico estupendo y que ya le ha dado nietos y que me manda muchos recuerdos desde el Quinto Pino al que la vida le ha llevado con su carrera y sus amores.

¿Quieren hablar de chicos de barrio? Hablen de nosotros. No gritamos. Sabemos expresarnos con algo más que corrección. No somos la caricatura vergonzosa de la incultura y el casticismo. No somos la avanzadilla populista del neofascismo. No somos abanderados de ninguna esencia popular. No somos príncipes ni princesas de ningún pueblo acomplejado y bilioso.

No somos nada, como decía la canción de La Polla Records. Pero una nada razonable y aseadita. Una nada harta de que una gritona zafia e ignorante se apropie del cliché de chica de barrio, como si nosotros hubiéramos crecido en planetas extrasolares.

No, elisa, el chico de barrio soy yo.

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