Cuentan que las últimas palabras del emperador Vespasiano fueron estas que encabezan el post: Vae, puto deus fio. La traducción habitual es: «Ay de mí, creo que me estoy convirtiendo en un dios.» Los emperadores romanos eran deificados al morir, pero esta frase demuestra dos cosas: que Vespasiano debió de ser un tipo con gran sentido del humor y que los romanos nunca se tomaron demasiado en serio las cosas sagradas. Quizá no fueran del todo cínicos o nihilistas, pero vivían con el sosiego y la felicidad que dan no saberse trascendentes. Hic et nunc. A pesar de toda su grandeza y todos sus dioses mitológicos, conservaron unos ritos muy sencillos de honras a los antepasados, que más que un sentimiento religioso o una creencia sobrenatural se me ha antojado siempre una elegante y emotiva forma de nostalgia.

Vespasiano no creía que fuera a convertirse en un dios. Si lo hubiera creído, jamás habría bromeado con ello. La mayoría de nosotros tampoco nos creemos ninguna de las mandangas de estas fechas. Ni las que se cuentan en la misa del Gallo ni las que vienen de los anuncios de las ONG. No creemos ni en la lotería nacional, que ya es mucho descreer eso. Nos gusta el folclore del Gordo, pero no creemos en él.

Aquí les dejo, sin embargo, el texto de un creyente. Es mío. Lo publiqué el domingo pasado en mi columna semanal de Heraldo de Aragón, y lo traigo aquí porque es un testimonio de fe que ha de trascender el periódico en que apareció. Es una confesión, una oración dedicada a lo único en lo que he aprendido a creer: la fragilidad humana. Creo que el emperador Vespasiano compartiría conmigo esa fe en lo frágil. Su broma es propia de un creyente apasionado por la fragilidad, casi fanático.

Les cuelgo el artículo. Que pasen una feliz noche, si les dejan. Ojalá les dejen.

SATURNALIA

Aunque la Navidad que hoy conocemos es la confusión sincrética de un montón de tradiciones, los historiadores y antropólogos están más o menos de acuerdo en que, en lo fundamental, estas fiestas son la versión cristiana de los ritos romanos de Saturnalia. Cuando el cristianismo devino la religión oficial del Imperio Romano, en el siglo IV, la Iglesia estableció que la fecha de nacimiento de Jesucristo fue el 25 de diciembre, el día grande de las fiestas en honor a Saturno. Se pretendía, así, que los romanos se convirtieran en masa a la nueva religión oficial, adaptando el calendario al ya existente.

La Saturnalia era un momento importante en la vida pública de los romanos que, a su vez, se hundía en creencias y tradiciones muy antiguas, anteriores al Imperio. Con ellas se festejaba el solsticio de invierno y se pedía al poderoso dios Saturno, guardián de la agricultura, que el frío no arruinase las cosechas y que la primavera trajera prosperidad y buenos alimentos. Como todas las celebraciones del solsticio, estaba inspirada en el temor a las noches oscuras y heladas.

Les confieso que nunca he sido muy amigo de estas fiestas, pero, con los años, he aprendido a dejarme conmover por su aspecto más atávico y cavernoso: las luces. En mi casa, la decoración navideña es muy austera, casi insignificante. Pero, este año, mi pareja ha colocado unas pequeñas estrellitas sobre la estantería del salón. Por las noches, dan una luz de candelitas que nos invitan a agazaparnos como imagino que nuestros antepasados se acurrucaban contra las paredes de Altamira. Y en esas luces, que son herencia de una constante en la historia de la humanidad, me reconozco. Porque esas luces son una confesión de fragilidad, la admisión de nuestro miedo y la necesidad de superarlo en compañía de otros humanos.

Todas las tradiciones del solsticio de invierno incluyen luces. Las luces de Navidad han llegado por muchas tradiciones, romanas y bárbaras, y no le son ajenas las velas de Hánuka (en hebreo, ‘fiesta de las luces’). Muchas culturas se han empeñado en mantener unas luces encendidas durante toda la noche más larga, para decirle al sol que le echaremos de menos y para advertir a la oscuridad de que no nos dejaremos vencer por ella. Es un símbolo poderoso y tierno a la vez, de humanos miedosos y valientes al mismo tiempo. Son luces cuyos temblores y persistencia recogen la vibración de nuestras contradicciones.

Aunque celebramos la Navidad esta semana que empieza, el invierno entró en nuestras vidas ayer, a las 18.11. Quizá sintieron el temor mágico que sentían nuestros antepasados cuando el Sol se situaba en este punto de su eclíptica. Hemos superado la noche más larga y ya tenemos las luces encendidas, encarando un invierno más con la misma fragilidad, la misma angustia y el mismo sobrecogimiento. No hemos cambiado tanto.

Por eso, aunque en este domingo les deseo felices fiestas, permítanme que lo haga desde mi yo pagano, bajo las luces de mi salón. Al fin y al cabo, les escribo desde una vieja ciudad romana que celebraba la Saturnalia. 

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