Cada vez son más quienes constatan lo que había que constatar. Que quizá la normalidad sea esto, y no lo otro. Que no nos hemos apartado de ninguna senda de progreso, sino que cogimos un desvío durante un tiempo y volvemos ahora a lo de siempre, a las constantes históricas, a lo que somos o nos obligan a ser. El último en constatarlo ha sido Isaac Rosa, en un dubitativo texto titulado En 2014, freno de emergencia:

En el fondo, esta confianza optimista en el progreso supone seguir creyendo que la crisis es un paréntesis que se abrió en 2008 y se cerrará en algún momento de los próximos años, que los recortes y destrozos son una anomalía, una mala temporada que ahora no tocaba, y que pronto superaremos para seguir el camino que traíamos.

Hay una sospecha que cada vez se expresa con menos complejos. La que manifestó Ignacio Sotelo en El País hace unas semanas: que España no sólo no ha dejado de ser nunca franquista, sino que el franquismo existía desde mucho tiempo antes que Franco:

Si franquismo significa la conjunción del poder económico y el de la Iglesia, es obvio que se remonta a etapas anteriores a la República, que habría más bien que entender como el primer intento de poner coto a ambos. En esta nueva acepción el franquismo ha existido antes de la república, y desprendido de la tramoya —partido-movimiento, sindicatos verticales, nacional sindicalismo— persiste a la muerte del dictador. El poder del dinero, lejos de declinar, ha aumentado, y a pesar de una pérdida enorme de influencia social, la Iglesia mantiene sus privilegios.

Si llevamos estos argumentos a sus consecuencias lógicas, podemos deducir que la mansedumbre que han demostrado los españoles quizá no se deba a Sálvame Deluxe, a alguna polvorienta teoría de la alienación o a que estamos todos gilipollas, sino a una forma de sabiduría inconsciente. Los españoles, si han aprendido algo de la historia, es que los pobres, los demócratas y los modernos siempre pierden. Pero no pierden con la melancolía romántica y seductora de un Humphrey Bogart. En España, a los derrotados no les queda ni el consuelo de exhibir su derrota en gabardina. En España, a los derrotados se les descerraja un tiro y se les entierra en una cuneta.

La mansedumbre española es una mansedumbre escarmentada, la del que sabe que nada puede contra los de siempre. Las pocas veces que la gente jodida y quienes pensaban que podían hacer de este un país moderno y sensato se han enfrentado de verdad a los de siempre, los de siempre les han derrotado. Pero mucho. Muchísimo. Unas derrotas de espanto, con recochineo y crueldad. Habitamos un país cruel dominado por una cuadrilla de saqueadores. Es la moral del saqueador la que impera, y al saqueador no le importa la suerte de los saqueados. Son molestias a las que no le apena masacrar.

Los españoles son mansos porque recuerdan (quizá en sus genes, cansinos y cabizbajos) que nada se puede contra los señoritos. Nos educaron en la sumisión, en el miedo a todo. La llamada Transición fue un montón de susurros y miedos. No molesten al señorito. Sobre todo, que el señorito no se enfade.

Y el señorito no se enfada mientras al señorito le van bien las cosas. Mientras los miserables no le jodan con sus miserias, allá ellos (los miserables) con sus jueguecitos democráticos. Podemos jugar a demócratas y a tipos guays siempre que el señorito tenga algo que saquear y le dejemos saquear a sus anchas. Pero, cuando cuestionamos su saqueo o amenazamos con cortarle las manos para que no siga saqueando, se revuelve como una fiera herida y empieza a morder y a dar zarpazos hasta que no queda una sola cuneta sin fusilados.

Hemos aprendido a tenerles miedo. Somos mansos por precaución, porque sentimos que ya nos han matado mucho, y la estadística, como en el fútbol, juega en nuestra contra. No les hemos ganado ni un partido. Ni siquiera se lo hemos empatado. No hay razones para pensar que un nuevo desafío nos vaya a salir bien.

Creo que España funciona así desde Fernando VII. Puede que incluso antes, pero no de forma organizada. España es un equilibrio de poderes caciquiles, banqueros saqueadores y curas sin humor. Todo funciona con informalidad, las leyes y las instituciones son cáscaras huecas en las que nadie cree y que nadie acata. Sólo han cambiado los escenarios y la magnitud de la partida. En el siglo XIX, España era un casino de pueblo a la hora de la siesta. Hoy, las mismas fuerzas vivas juegan una partida un poco más sofisticada en el brunch del Palace o en el cóctel del Ritz. Se reparten, se quitan y se ponen, y quien quiera entrar en el juego, ya sabe a quién ha de cortejar y por qué puerta ha de salir.

La corrupción que tanto escandaliza en las horas de crisis, se celebra con putas y champán en las horas buenas. Esa es la normalidad de España. Lo raro es lo otro.

Dirán que en todas partes cuecen habas, y es cierto. Las oligarquías de otros países supuestamente más democráticos se desenvuelven con parecidos modales. Pero hay dominios y dominios, y les pondré un ejemplo. Hace unos días, El País sacaba un reportaje en el que varios funcionarios de alto rango se quejaban de que les habían puesto a hacer pasillos con el cambio de gobierno. Gente que cobra mucho dinero, muy preparada y muy válida, pasan sus jornadas laborales jugando al Angry Birds. Son los nuevos cesantes.

Estos cesantes existen porque los partidos prefieren colocar asesores y gentecilla suya, porque desconfían del funcionario profesional. No encuentro el link, pero leí hace un tiempo un repor en The New York Times que retrataba Francia como una monarquía republicana regida por una aristocracia académica. Todos los primeros ministros, presidentes, ministros y dirigentes de las grandes empresas han salido de las dos o tres Hautes Écoles de París, las muy elitistas Altas Escuelas de las que salen los cuadros dirigentes de la administración del Estado. El alumnado de esas escuelas procede de dos o tres distritos de París (el famoso XVI, entre ellos). La consecuencia es que unas pocas decenas de familias controlan el poder de Francia sin posibilidad de que ningún “intruso” irrumpa en el clan. Se casan entre sí, unos son padrinos de las bodas de los otros, se ayudan, se dan trabajo y se pasan secretitos en la Bolsa.

Es lo típico de un sistema nepotista y puede que cleptocrático. La diferencia con España está en ese reportaje de los cesantes de El País. Los poderosos en España no proceden de ninguna alta escuela. Los poderosos no forman una aristocracia con ínfulas académicas que cope los cargos de la administración. Dejan que sean otros los pringados que estudien y saquen las oposiciones. La oligarquía en España no se molesta en infiltrarse o en controlar los resortes de la administración porque le resulta más cómodo saquearla desde fuera. No le da ningún valor a ser funcionario. No necesita estar dentro del organigrama del Estado para saquearlo. Llega con sus amigotes, aparta a los funcionarios que le incomodan y empieza a tirarse pedos en los despachos y a poner los pies en las mesas. Así se comportan los señoritos españoles, como conquistadores de Cortés. No hay sutileza, no hay estrategia, no hay nada más que grosería y crueldad.

España es un país cruel. Lo sabemos los mansos, quienes llevamos en los genes la marca de su crueldad.

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